Para la sesión de fotos de esta entrevista, Matías Hernán tardó más de 20 minutos en cambiarse de ropa. En la primera parte de la conversación llevaba una polera sin mangas, de colores y estampados simétricos —como le gustan—, jeans y chalas. Al salir de su pieza en su departamento —ubicado a pasos del cerro Santa Lucía—, su camisa abrochada hasta el último botón, el peinado, los jeans, los zapatos y los lentes ópticos lo retratan como un hombre seguro. Sabe que tiene buen gusto y sabe que su look es perfecto para la sesión de fotos. Sabe, también, que ha comenzado un camino que lo llevará a cumplir su sueño de tener una tienda de ropa en Nueva York y presentar sus diseños en París.

Hasta no hace mucho, cuando se juntaba con sus amigos de Quilpué y Viña del Mar para ver la versión estadounidense del programa Project Runway, Matías solía lanzar frases medio en serio medio en broma: “Si participo, obvio que gano”. Eran más bien una expresión de deseo. “No lo decía de soberbio. Aspiraba a esto. Sabía que estaba dentro de las cartas que se barajaban en ese minuto”, dice. Cuando sus amigos supieron que había sido seleccionado para el reality, no pararon de llamar a su celular para recordarle aquellas tardes frente al televisor cuando apostaba por su, en ese entonces, improbable triunfo. No lo podían creer; él ni se sorprendió.

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Lo que no estaba en sus cálculos era que el camino que le tocaría recorrer iba a ser vertiginoso. Aún estaba estudiando Diseño Gráfico en el Duoc. Por esos años, Matías Hernán se movía por Villa Alemana, Viña del Mar y Valparaíso; ya había dejado su natal Quilpué. Hubo un mes que fue decisivo. Hasta los domingos eran de trabajo para Matías y su amigo Aníbal Toro. Matías hizo tres vestidos negros y Aníbal tomó las fotos. Las chicas que modelaron los diseños eran amigas a las que había conocido durante su recorrido por la V Región. Todos fueron un equipo.

Cuenta, sentado sobre la mesa donde está la máquina de coser, en su taller, que su vida ha corrido rápido desde que cumplió los 18 años. Matías es como una montaña rusa: pura adrenalina. Se mudó varias veces de casa, estudió diseño gráfico y de vestuario al mismo tiempo, se cambió de universidad. Desde las primeras fotos en Quilpué con sus amigos ha hecho ya 7 colecciones. Alcanzó a vivir casi medio año en Santiago hasta que viajó con sus maletas a México a participar en el programa. Siempre ha sido inquieto e hiperactivo, desde que estaba en el colegio, desde que fabricaba su propia ropa en Quilpué, desde que se juntaba con sus amigos a ver el reality.

Sus vestidos comenzaron a aparecer en revistas, mezcló materiales, instaló su estilo simétrico, lineal, de blancos y negros, futurista en el mundo del diseño. En 2009 creó su propia marca. Dice que su nombre se hizo conocido porque otra de sus claves, además de la seguridad que irradia, es mostrar bien el trabajo que hace. Su sueño era convertirse en un rockstar del diseño independiente y esa es la carta que se baraja en este momento de su vida. Dice que quiere ser un crack. Quiere tener una tienda, pero en Estados Unidos. Quiere hacer desfiles, pero en Europa. Y para allá va.

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El muchacho “made in Quilpué” quiere lograr a los 28 años lo que un diseñador top logra a los 40. Es como un juego de póker. Quiere hacer grandes cosas en poco tiempo. Vivir la vida agitada que le ha tocado en suerte. Diseñar desde Santiago para el mundo. Moverse. Ya lo está haciendo. En poco tiempo debe participar en el Miami Fashion Week, que es parte del premio de Project Runway.

En el tercer capítulo del reality, Matías se sorprendió al ver a los demás competidores preocupados, nerviosos; lloraban. Recuerda que uno de ellos ni siquiera podía coser en la máquina pensando en que lo iban a echar del programa. Miró al otro participante, lo corrió de la mesa, enhebró la aguja, la cambió y cuando la máquina estaba lista, se la devolvió. “Ahora puedes seguir”, le dijo. Los demás se sorprendieron de su calma. Aprendió a trabajar bajo presión. La seguridad en su trabajo ha hecho el resto.

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Ya de niño esa confianza en sus medios era su compañera. Sufre estrabismo y astigmatismo en el mismo ojo. Desde que tiene recuerdos se ha visto usando anteojos ópticos. A estas alturas son parte de la puesta de escena y también tienen una cuota de responsabilidad en su trabajo. Aunque es casi ciego, ha tenido buen ojo para el diseño, para elegir los colores, las formas, las telas.  Y buen ojo también para establecer su nombre en el mercado del diseño editorial.

Cree que su personalidad obsesiva lo ha llevado a proponerse metas ambiciosas. Le pasó cuando estaba en el colegio: miraba a su hermana cantar y bailar y le daban ganas de hacer lo mismo. Incursionó en la danza, pero “era demasiado tieso”. Cuando vio que su hermana se dedicaba al arte, pensó que él también podía. Como le gustaba dibujar, entró a diseño. Cuando su nombre como diseñador fue conocido, cuando comenzó a sospechar que podía convertirse en una marca, supo que tenía que ser el mejor en el diseño de vestuario. Y en eso está.

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La primera vez que lo invitaron a un desfile viajó desde Quilpué con sus maletas a Santiago, pero lo hizo el mismo día de la presentación. Al llegar, se dio cuenta de que las modelos y otros diseñadores ya se iban. Se había quedado fuera del desfile. Matías volvía resignado a casa cuando una de las organizadoras le dijo que esperara, que volviera con sus vestidos, que había otra oportunidad. Su paso por el reality le ayudó a aprender que era preciso madurar. Ahora sabe que no llegará nunca más tarde a un desfile. Menos si quiere presentar en Estados Unidos y Europa.

A Matías le gusta la ciudad y si tuviera que ser una calle sería la más cara, elegante y concurrida del mundo, la Quinta Avenida, en Manhattan. También muere por el barrio de Williamsburg, en Brooklyn. Pero ahora está en Santiago, trabajando en nuevas colecciones para los próximos desfiles. Le encanta Santiago, aunque sus recuerdos lo remiten a Quilpué: a esas primeras juntas con sus amigos cuando agarró un par de tijeras para hacerse la ropa. Los sueños lo llevan lejos. Se imagina en un sofisticado departamento en Nueva York, caminando por Times Square, con las luces que lo iluminan.

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Por estos días, Santiago lo acoge. Su departamento es su taller. Ahí mezcla materiales, corta, cose, innova. Es casi ciego de un ojo, pero ahí está, encima del maniquí, haciendo los moldes que presentará, en mayo, en el Miami Fashion Week.

No es lo único. En marzo lanza una colección en Ripley. Y, como si no bastara, trabaja en la elaboración de un nuevo perfume que presentará en América Latina. Quiere ser el primer diseñador en lograrlo. Quiere ampliar su marca, que la gente la conozca. Quiere ser un rockstar.

Por eso, su vida se mueve a más de 100 kilómetros por hora. Se levanta temprano, va al gimnasio, tiene un asistente que lo ayuda. Mientras conversamos, aprovecha de preparar su desayuno-almuerzo: un plato de avena con fruta y un pan integral con queso. Da la sensación de que vive apurado, de que siempre corre para llegar a algún lado, como el conejo de Alicia en el País de las Maravillas. La diferencia es que Matías sí sabe hacia dónde va.