En nuestra industria de la moda, no hay nadie que le llegue a los talones. Considerado el primer diseñador de Chile, su misteriosa partida fue el reflejo perfecto de una existencia alejada de los flashes. Él en sí mismo fue una fantasía que culminó abruptamente a los 49 años, producto del VIH.

El sueño de honrar el pasado y convertir el vestuario en un arte lo llevó a crear verdaderas piezas únicas que reflejaban ese espíritu transgresor que se convirtió en su sello. Cuando el mandato social era seguir los cánones europeos, él supo reinterpretar el legado de los pueblos originarios. Mucho antes de que el hippismo tiñera de colores y figuras la indumentaria global, Marco Correa ya experimentaba con la geometría indígena. Hijo de un coronel de Carabineros y una concertista en piano, estudió arte en la Universidad Católica de Chile y se especializó en la Escuela Superior de Artes Decorativas de París. Desde Moai, su primera colección, consiguió el beneplácito inmediato del mundo editorial.

Eran los tiempos en que su boutique Tai de la calle Merced comenzaba a llenarse de señoras de alta sociedad y esposas de diplomáticos. Con su moda autóctona marcó un cambio radical en la valoración de los símbolos ancestrales que hasta entonces no tenían figuración alguna en el diseño local. Es la abstracción que Correa hace de lo latinoamericano lo que lo catapulta a lo más alto de la escena mundial. Desde Yves Saint Laurent hasta Pierre Cardin, celebraron su propuesta e incluso la imitaron.

Por cerca de 16 años, el Museo de la Moda de Santiago trabajó en la producción de la muestra más ambiciosa del diseñador. Se trata de 20 vestidos que representan el legado de un artista imprescindible del siglo XX. En la exhibición que permanecerá abierta hasta diciembre, también se pueden apreciar objetos de la época y parte del patrimonio visual de la Escuela de Teatro de la Universidad Católica, donde sus creaciones brillaron en un sinfín de obras. Un lujo de diseñador.