Mientras en Manhattan las temperaturas eran bajo cero y azotaban gélidos vientos de nieve, al interior de la Semana de la Moda de Nueva York los termómetros alcanzaron su ápice cuando la chilena Lupe Gajardo sacó sus mejores armas. Los vestidos hechos de sacos industriales hicieron estallar las redes sociales y sus prendas con exóticas plumas, compradas en una tienda cerca de Times Square, parecían flotar sobre la pasarela del Lincoln Center. “El concepto que acuñé fue el de lujo austero”, explica Lupe. “Lo que me entretiene es inspirarme en la contingencia, en la calle, y, de esa manera, vincularme con la gente, con el público. Ante todo, me gusta el asfalto”, agrega.

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Los 18 minutos del desfile fueron alucinantes. Durante los primeros compases de su colección otoño-invierno 2015 De pájaros y mendigos, las chaquetas, pantalones y faldas de jeans reciclados crearon una atmósfera de riesgo y desinhibición con un dejo grunge. El atrevimiento de los retazos y patchworks, con una paleta de colores desde el azul marino hasta el celeste claro, acompañó a distinguidas piezas negras y blancas con toques mostaza. Su discurso pronto comenzó a discurrir por derroteros de extrema elegancia con un étnico ejército de túnicas, bodies y chales confeccionados con algodones orgánicos de Perú, lanas chilenas y sedas y tejidos de la India.

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Pero fueron sus sencillos y versátiles vestidos, chaquetas y abrigos fabricados de sacos de café de Brasil los que despertaron más pasiones entre los asistentes. Lupe apostó por el contraste entre la distinción clásica y la sustentabilidad y la reutilización de tejidos con sus rótulos y letras de fábrica aún estampadas. “Sueño con la chaqueta de saco”, tuiteó al instante la periodista Consuelo Saavedra presente entre los invitados. “Fue muy emocionante. No uso Twitter, pero me contaron que esa noche fui Trending Topic”, confiesa Lupe.

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Su idea germinal de hacer convivir lujo y austeridad brotó con fuerza un día de 2014 cuando caminando por la Quinta Avenida se encontró con un homeless justo afuera de la tienda Louis Vuitton. “Quizás era un veterano de guerra que quedó fuera de la sociedad, calificado como un `error del sistema´. Nunca lo supe, pero decidí rescatar ese choque, ese contraste y plasmarlo”, recuerda. “Hacer ropa netamente comercial es bien aburrido, por eso en mi colección, que es mi propuesta, prefiero lo auténtico, lo sin pretensiones. Me inspiro caminando por las calles, soy completamente urbana, de hecho, mi departamento-taller en Chile lo tengo en el Parque Bustamante esquina Santa Isabel”. 

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Los días previos al desfile fueron una locura total para esta diseñadora trabajólica. Durante el casting de modelos se mancharon algunas prendas con maquillaje y decidió llevárselas a su casa para lavarlas ella misma, pero al llegar al departamento en Manhattan a la una de la madrugada no pudo hacerlo por lo nerviosa que estaba: “Después de ese pequeño colapso, no pude comer, tenía la garganta cerrada. Antes del desfile, me puse a bailar como una hora en el departamento. Música muy pop, como de gimnasio, para relajarme”, comenta entre risas.

LA PATIPERRA

Lupe cuenta que sus inquietudes artísticas —toca piano desde niña y está incursionando en la pintura— las heredó de su familia hippie y patiperra de poetas y músicos de vocación. Su padre es un arquitecto autodidacta que construye casas de adobe autosustentables con paneles solares y su madre, una economista y orientadora familiar. Nació en Santiago y vivió sin electricidad en la Comunidad Ecológica de Peñalolén de principios de los noventa junto a cuatro hermanos. Luego todos se trasladaron a Calama, Iquique y Viña del Mar, donde estudió Diseño de Vestuario en Incacea

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En 2010, su peregrinaje continuó en Santiago, donde creó su marca Lupe Gajardo. Tres años después, fue la única chilena presente en el showroom de la Berlin Fashion Week, y, a principios del año pasado, se mudó a Nueva York para realizar una pasantía con el diseñador chileno Sebastián Errázuriz. Aún no sabía que en esa ciudad viviría el momento decisivo que hoy experimenta su corta, pero intensa trayectoria. 

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Ya de vuelta en Santiago, el 2 de octubre pasado la invitaron por mail a participar en Milk, plataforma para diseñadores emergentes paralela a la Semana de la Moda de Nueva York. En ese momento, su amigo y socio Raúl Molina tomó una arriesgada decisión por ella y, sin su permiso, la postuló a una instancia más importante, la del Mercedes Benz Fashion Week. En el proceso, que duró dos meses, tuvo que enviar su portafolio, biografía y cinco prendas físicas de colecciones anteriores, como un abrigo o un vestido de noche de algodón orgánico peruano. Finalmente, el 19 de diciembre obtuvo uno de los cupos para nuevos diseñadores que ofrece el influyente evento.

En la pasarela, la chilena tuvo que vérselas con más de 260 marcas y gigantes de la moda como Carolina Herrera. El 17 de febrero compartió jornada nada menos que con el estilo accesible y sin pretensiones de J Crew, un icono del retail estadounidense que cuenta entre sus admiradoras a Michelle Obama y Lena Dunham, guionista y protagonista de la serie Girls. En ese preciso lugar y día, el cierre estuvo a cargo de la colección de Lupe, la novena de su carrera. 

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Las proyecciones son insospechadas y a horas del desfile ya la estaban contactando compradores importantes. “Quiero crecer, vender en Chile y Latinoamérica, insertar mi marca en el mercado de EE.UU. y estar presente en la Semana de la Moda de Nueva York de septiembre”, remata mientras combate el frío extremo con una copa de vino en un restorán del Midtown y envuelta en uno de sus abrigos de lana chilena. De hecho, como le recomendó un sabio amigo, de ahora en adelante sólo vestirá sus propios diseños, esos que mezclan lujo y austeridad, plumas y mendigos.