“Monté un negocio con un director creativo sin nada de creatividad”. La frase es de Tamara Mellon y va dirigida a Jimmy Choo, la persona a la que pertenece el nombre de una de las marcas más icónicas del mundo. Suena a vendetta, a rencor, a taconazo limpio, pero es simplemente la versión de la fundadora de la firma de zapatos tras aguantar las embestidas de quien debería haber diseñado los divertidos, sexys y glamorosos stilettos.

Y lo hace ahora, que ha abandonado la firma, a través de una autobiografía, In her shoes (En sus zapatos). A lo largo de 276 páginas, Tamara confirma lo que los tabloides siempre han apuntado: la marca Jimmy Choo puede que pisara con fuerza en la calle pero por dentro se tambaleaba más que alguien que se calza por primera vez unos tacos de doce centímetros.

Sin tapujos, Tamara rebate al zapatero de origen malayo, quien durante años la acusó de haberle robado el nombre y no dejarle participar en las colecciones. Ella se defiende de manera contundente: “Jimmy era un zapatero sin interés en convertirse en diseñador”. Pero reconoce que la culpa es suya. “Estaba tan desesperada por encontrar una nueva dirección en mi vida”, que no vio las señales.

Jimmy Choo nació a partir de un despido en Vogue. De su destitución como editora de accesorios de la edición inglesa por llegar siempre tarde al trabajo debido a noches seguidas de fiesta, cocaína y vodka. Aquello ocurrió en 1995, a sus 28 años. Ese día fue a dormir a casa de sus padres. Las semanas siguientes las pasó “acurrucada en el sofá, debajo de la manta y comiendo guacamole y nachos”, cuenta en el libro.

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Así hasta que tuvo una idea: convertir su fetichismo por los zapatos en un negocio –de pequeña había obligado a las monjas del colegio a comprarle unas botas durante una excursión escolar. La clave estaba en fichar a Jimmy Choo, un humilde zapatero del entonces denostado este de Londres que se ganaba la vida realizando modelos por encargo para las revistas de moda y las mujeres de la alta sociedad, Lady Di incluida. El diseñaría, Tamara se encargaría del marketing y los zapatos se fabricarían en Italia.

Sólo que Jimmy no parecía tan entusiasmado con la idea. De hecho, sobre el día que fue a hacerle la propuesta, Mellon cuenta: “No sabía hasta qué punto estaba entendiendo lo que le estaba diciendo”, y califica el inglés del malayo de “terrible”.

Al final lo convenció, aunque todavía recuerda la cara de susto del zapatero un año más tarde mientras firmaban el contrato que lo convertía en el dueño de la mitad del negocio. Tamara y su padre –que puso el dinero y se asignó la presidencia– poseían la otra mitad.

Las cosas fueron mal desde el primer día. Según Mellon, Choo se dedicaba a continuar atendiendo a sus clientas, no mostraba interés en diseñar y cuando lo hizo el resultado no fue tan “excitante” como ella soñaba, así que de cara a su segunda colección decidió que ella aportaría las ideas y la sobrina de Choo, Sandra Choi, que trabajaba con su tío y actuaba como traductora, los dibujaría en papel.

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Mellon, además, tenía instinto empresarial. Fue de las primeras en plantarse en las Semanas de la Moda para presentar sus propuestas y en contactarse con los estilistas en la época que los medios empezaron a preguntar a las celebrities aquello de ‘¿quién te ha vestido?’.

4 de junio de 2000. Espere… Espere… Perdí mi Choo. Carrie Bradshaw, la protagonista de Sex & the city, se quedaba sin ferry de vuelta a Manhattan en el primer capítulo de la tercera temporada tras caérsele uno de sus zapatos. Ese tropiezo, sin embargo, hizo que en los próximos años todas las mujeres amantes de la moda, fueran jóvenes o mayores, ricas o pobres, de Oriente u Occidente, conocieran y veneraran el nombre de Jimmy Choo. El fenómeno había nacido.

A nivel interno, sin embargo, las cosas continuaban sin funcionar. Choo seguía sin colaborar. “Iba a la tienda todos los días pero lo único que hacía era beber té y vigilar a su sobrina”. Su única contribución era “quejarse de que estaba haciendo los tacones muy altos”. Tamara lo acusa, además, de llevarse a casa todo lo que podía en sus viajes: desde el papel higiénico de los hoteles hasta las bandejas de la comida de los aviones.

Pero lo peor fue la relación personal. La autora narra escenas de su padre echando al zapatero de la oficina tras increpar a su sobrina, o cuando ésta –que vivía con su tío– buscó refugió en casa de Tamara después de que Jimmy la echara. Mellon cuenta también que éste mandaba cartas a Sandra con la palabra traidora en el sobre. Intentaron comprarle su parte varias veces pero el malayo no accedió a marcharse hasta 2001, y, en todo caso, se negó a venderles su participación. Puesto que el nombre estaba registrado, el zapatero desapareció pero la marca Jimmy Choo sobrevivió.

La entrada de capitales de riesgo en la compañía supuso la gran expansión de la marca: más tiendas, oficinas más grandes y líneas de bolsos y fragancias. De las 150.000 libras que su padre invirtió en 1996, a los más de 500 millones que el actual fondo pagó en 2011. Pero la entrada de dinero ajeno supuso un choque de control y ego entre Mellon y algunos de los directivos. En esta segunda etapa de la empresa también se deterioró su relación con Sandra por falta de lealtad hacia Mellon, critica. Al día de hoy, Tamara la considera “mi mayor decepción” y dice que Choi –que todavía ocupa el cargo de directora creativa en la compañía– “se pone a llorar” cada vez que se encuentran por remordimientos.

En agosto de 2011, cansada de remar en contra, la fundadora decidió abandonar el barco. “Jimmy Choo lo había sido todo para mí, pero ahora era como un affaire en el que tu pareja te engaña, abusa de ti y te deja por otra mujer”.

Mellon se confiesa en In her shoes de manera sincera. Tanto, que hasta reconoce que ni siquiera es ella quien ha escrito el libro. Pero también se presenta como una víctima en serie a la que la vida la ha maltratado antes y después del éxito de Jimmy Choo. Algo que achaca a su rol en una familia disfuncional.

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Dedica muchas páginas del libro a hablar de la tortuosa relación con una madre “narcisista” y alcohólica que siempre se desquitó con ella. Habla de una infancia entre Londres y Beverly Hills sin juguetes en su habitación, sin nadie que se preocupara por sus notas y sin amigos. El éxito de la compañía y la muerte de su padre en 2004, empeoró la relación, enzarzándose en una dura batalla legal debido a un mal reparto de las acciones de Tamara en la herencia y la intención de la madre por obtener un trozo de torta más grande del que le correspondía. Durante el proceso, que se saldó con un acuerdo de última hora a favor de Mellon, su madre llegó a presentar a su hija como una mujer promiscua.

Su tercer eje del mal es su vida sentimental. En 1999 se casó con Matthew Mellon, un estadounidense de familia acaudalada en proceso de rehabilitación al igual que Tamara, que tras su despido en Vogue pasó por un centro de desintoxicación. La prensa los denominó “la pareja de oro”. Valentino quiso diseñar el vestido, Vogue mandó a un fotógrafo y Hugh Grant y Liz Hurley acudieron como invitados.

Pero nada era lo que parecía: con el sueldo tan bajo que tenía asignado en los inicios de Jimmy Choo no podía pagar el vestido, él se fue de fiesta la misma noche de bodas y ella se quedó llorando. Como Matthew era bipolar, cuando recayó en las drogas empezó a actuar de manera extraña. Se iba de la casa y aparecía en apartamentos donde se vendía crack o en hoteles a la otra parte del mundo, siendo Tamara la que debía pagar las facturas. La pareja llegó a tener una hija, Minty, pero en 2003 se separaron.

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Entonces buscó un poco de diversión con un ‘toy-boy’ de 22 años. Lo llama su ‘momento Demi Moore’. “ Luego llegó el actor Christian Slater, otro ex adicto. Los presentó una amiga común y la relación empezó con cenas románticas y flores, pero pronto descubrieron que pertenecían a mundos diferentes. “¿Hot dog? No para mí”, dice sobre lo mucho que le aburrían los partidos de béisbol que al actor tanto le gustan. Según ella, Slater la dejó después de una discusión en la que él criticó sus tácticas parentales y no la apoyó en sus problemas financieros.

Desde 2011 mantiene una relación con Michael Ovitz, fundador de la todopoderosa agencia de representación de actores CAA. “Es un alivio estar con un verdadero adulto”, dice en comparación a sus ex. A sus 46 años y tras un periodo sabático impuesto por la empresa, se dedica a disfrutar de su hija y su novio en su casa en los Hamptons. Pero por poco tiempo porque prepara nuevo negocio, la firma Tamara Mellon, con la que quiere vender todo tipo de prendas y, por supuesto, zapatos. Dice que por fin ha encontrado su voz, una con la que defenderse de los ataques que pueda recibir en el futuro. Y por lo que parece también, del pasado. Lo dicho, subida a sus zapatos, Tamara Mellon pisa por encima de todos.