Sábado, 14 de mayo de 2004. En el exterior de la catedral de Copenhague, la alfombra roja se despliega para dar la bienvenida a los invitados a la boda de Federico de Dinamarca y Mary Donaldson. Los fotógrafos esperan impacientes una llegada muy especial: la de Letizia Ortiz Rocasolano, la prometida del entonces príncipe Felipe.

La cita danesa es su presentación oficial en la corte europea y el arranque para su propio enlace, que se celebrará justo una semana después. La avispada periodista sabe que todos van a estar pendientes de ella y por ello se esmera en conseguir la aprobación. Solo así se explica su entrada triunfal, propia de una estrella del Hollywood dorado: paso firme, labios rojos, sonrisa deslumbrante, y un vestido de corte sirena, con escote drapeado y mangas superpuestas de gasa, de color rojo fuego. ¿Quién es el autor del vestido? Se preguntan los periodistas que deben mandar las crónicas en cuestión de minutos. La respuesta: Lorenzo Caprile. Un modista español emparentado con la Familia Real. El responsable del corpiño floreado de seda y la falda entallada, también de color rojo fuego, que Letizia lució en el Teatro Real la noche anterior. Y el mismo que la vestirá para su propia cena de gala en siete días.

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A lo largo de estos catorce años, hemos visto a Letizia con más diseños suyos, con prendas de grandes marcas y con atuendos muy impactantes, pero existe la opinión general de que aquel sigue siendo su mejor look hasta la fecha, y, sobre todo, de que no hay color que le siente mejor que el rojo Caprile. Porque Lorenzo Caprile (Madrid, 1967) puede presumir de contar con su propio tono carmín, una distinción que solo comparte con Valentino. Más tarde le preguntaremos qué sabe de este tono que otros diseñadores no conozcan: “No sé nada más. Lo único es que es un color muy español y que favorece en general a todas las mujeres. Sobre todo a la española por su tono de cabello y de piel”. Letizia llegó recomendada por sus cuñadas, las que son amigas de Caprile y clientas de toda la vida. Tras el éxito inicial, todos daban por hecho que se convertiría en su modista de cámara, pero finalmente fue Felipe Varela quien obtuvo el cargo. Dice la leyenda que la culpa fue del vestido plateado que lució el día antes de su boda. O mejor dicho, a causa de las dos transformaciones al que lo sometió posteriormente.

A la reina siempre le ha gustado reciclar sus trajes con aguja y tijera, pero podría ser que a su autor no le gustase la idea. El, sin embargo, lo endosa a una decisión de ella. Tendría sentido. Desde que palacio supo de los problemas del marido de la infanta, Letizia cortó todos los lazos con Cristina y puede que en el saco también entrara Lorenzo. El rechazo real, sin embargo, no ha afectado la carrera de Caprile, que sigue la estela de los grandes costureros españoles: Balenciaga, Pertegaz, Pedro Rodríguez o Elio Berhanyer. Pero a diferencia de estos, no crea colecciones ni organiza desfiles. Lo suyo son las pruebas a puerta cerrada en su taller del decimonónico barrio de Salamanca, donde nació, donde vive y de donde proceden muchas de sus clientas. Allí, en la primera planta de un edificio en el que su nombre no figura en ninguna parte, y cumpliendo con algunos clichés de la moda (homosexual declarado y medio italiano), se mantiene a sus 50 años fiel a sí mismo. Dedicado a las BBC’s (bodas, bautizos y comuniones), las alfombras de cine y a su estilo clasicón, como él mismo ha dicho, es capaz sin embargo de coser patrones más atrevidos, como el vestido cut-out (con cortes) de la actriz Nathalie Poza en los premios Goya de 2014.

El año pasado festejó los 25 al frente de su taller, mismo en el que alcanzó la fama pronto, ya que la apertura coincidió con el encargo del traje de novia de Carla Royo-Villanova para su boda con el príncipe Kubrat de Bulgaria, el aclamado vestido nupcial de la infanta Cristina, su contribución a la etapa de la infanta Elena como una de las mujeres más elegantes de España, el traje rojo de Letizia y el blanco de Margot Robbie para su boda con Leonardo DiCaprio en el filme The Wolf of Wall Street.

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MODISTA DE ALTO COPETE

Caprile ha vestido a toda la beauty people de España. Tanto a actrices –Aitana Sánchez Gijón, Cayetana Guillén Cuervo, Silvia Abascal, Belén Rueda y un largo etcétera– como a muchas novias, madres y madrinas de la alta sociedad. En los últimos años el foco mediático se ha desplazado hacia otros nombres, pero su consistencia en la profesión ha sido premiada recientemente con la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes. Y con un regalo sorpresa: volver a estar en boga tras formar parte de un jurado en un reality dedicado a la moda. El programa llegó a su fin hace unos días, de modo que cabría esperar a un Caprile ya más relajado. Pero a las 9.30 horas de un jueves con sabor a lunes no es el mejor momento para entrevistar al modista, que se muestra impaciente por despachar la agenda de esa mañana. Quizá sea porque con el primer día laboral de mayo comienza la temporada alta de las BBC’s. De hecho, cuando le preguntamos sus planes para los próximos 25 años lo reduce a: “Llegar sanos y salvos [a octubre], con las clientas satisfechas y con todo entregado a tiempo. Luego, ya veremos”. Las bodas de la flor y nata son las que mantienen el taller actualmente. “Esa clienta que te encarga un abriguito, un traje de chaqueta, un vestidito de algodón para ir a la playa… Eso ya está en los museos”, comenta mientras enciende un cigarro detrás de otro sentado en la silla de su escritorio. De hecho, su consejo para los jóvenes diseñadores es que cambien de profesión. “La industria de la moda es de las más duras y mezquinas. Al final todo son números. Y vales lo que vale tu última colección. Y si no que se lo digan a Galliano”.

Es por ello que nunca ha salido de su taller. “Hacer un desfile es relativamente fácil. Pero si quieres que tenga un recorrido, necesitas una infraestructura y un colchón económico enorme que yo no tengo porque nunca me ha gustado pedir favores ni tener socios”. Caprile procede de una familia de empresarios y si bien ha declarado que su padre no le prestó dinero, sí ha contado con una cierta ayuda indirecta: los viajes desde niño a Italia, estar en el lugar indicado y conocer a las personas adecuadas.

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¿Cuánto de tu éxito le debes al vestido de Carla Royo y al de la infanta Cristina?

A la boda de Carla le debo que hoy estemos aquí porque fue muy mediática. Además, en aquellos años no estaban patrocinadas y si la novia te elegía a ti, lo hacía porque confiaba en tu trabajo. Lo de doña Cristina fue una confirmación y el hacerte más popular. Pero no supuso un incremento espectacular en las ventas. Caprile conoce a las Infantas desde que eran jóvenes, ya que una hermana suya es amiga íntima de ellas. Con los años él también entró en el círculo. De hecho, acudió al juicio del caso Nóos para apoyar a Cristina. “Estar al lado de personas como ella en los momentos buenos es muy fácil. Pero cuando vienen las malas rachas no se puede desaparecer”, ha dicho al respecto.

Su fidelidad hacia ellas es máxima. Cuando le preguntamos qué le inspiró a diseñar el vestido goyesco de Elena para la boda de Victoria de Suecia –una auténtica pieza de Alta Costura–, nos responde: “Eso nunca lo contesto. Forma parte del secreto profesional”.

En cuanto a Letizia, la reina ha seguido luciendo diseños suyos incluso en las grandes ocasiones. El, por su parte siempre se ha mostrado a su disposición. Pero esta mañana no parece dispuesto a hablar de ella. Lo percatamos al preguntarle su opinión sobre las royals que siguen la moda, usando como ejemplo el total look en rojo de la soberana española en la última edición de Arco. “Si lo vas a enfocar en doña Letizia, prefiero…”, no termina la frase porque rápidamente ponemos otro ejemplo (Carolina y sus Chaneles en los bailes de Mónaco). Entonces sí responde: “Las mujeres de la realeza también son seres humanos y por tanto tienen derecho a experimentar y jugar con la moda”. Pese a su clasicismo, siempre se ha mostrado abierto y en contacto con la calle. Lo que sí lamenta es la pérdida de estilo. “Es muy paradójico que, ahora que hay incluso hasta un exceso y una intoxicación sobre moda, todos vistamos iguales”. Salva, temporalmente, a la mujer latinoamericana. “Creo que aún hay unos códigos muy concretos sobre lo que es masculino y femenino. Y cuando tiene una cena o un cóctel, todavía tiene la preocupación de arreglarse, cosa que en Europa se ha perdido”.

Diminuto y atiborrado de múltiples objetos, nos preguntamos qué conversaciones se habrán dado en esta habitación. Aquí es donde nace la magia con la clienta. “A veces todo sale maravillosamente bien y otras veces no hay química y es un desastre. Como en cualquier relación humana”.