Todo empieza —cuenta— con hoteles de lujo, fiestas glamorosas, champán, zapatos carísimos, joyas, jets privados, hombres forrados, con no salir de la cama a menos que les ofrezcan de diez mil dólares y bebiendo tres litros de agua al día para conservar la línea… Así, al menos, es como nos imaginamos la vida de las modelos. Sí, conocemos las juergas y adicciones de Kate, las sentencias judiciales de Naomi y los ingresos siquiátricos de Karen Mulder, pero incluso así tendemos a pensar que tienen un pasar fabuloso. Y lo es, pero sólo en algunos casos, como deja claro Hart. El resto, “las de carne y hueso”, sólo vive penurias y humillaciones. Pero, claro, en una profesión donde el ego es tan sensible, nadie quiere admitirlo.

A sus 41 años, retirada hace seis, Hart quiere romper la imagen irreal de esta profesión para que los padres y las adolescentes sepan donde se meten realmente: un “mundo cruel” en el que desmayan de hambre, viven fuera de casa en residencias sucias donde reinan las bacanales y en el que les recuerdan sobre la base de insultos que no deben sonreír cuando salgan a la pasarela.
Hart tacha el oficio de peligroso.

“La fama, el dinero, el lujo, los hombres, son demonios constantes que se presentan tentándote”, apunta en su libro. Muchas llegan, además, “con ilusiones casi infantiles” y dispuestas a cualquier cosa para obtener éxito, lo que las empuja a “caer en agujeros que suelen convertirse en pesadilla”.
Christine aporta casos reales, como el de una modelo uruguaya a la que llama Amaya, que se desmayó en plena sesión de fotos tras descubrir varios preservativos en el interior de su cuerpo fruto de una noche de sexo y drogas con un fotógrafo. No recordaba nada más.
“Sólo las más fuertes e inteligentes pueden sacar provecho a esta carrera”, admite. En su caso le salvó, dice, haber empezado a los veinticinco años y tener una licenciatura en Derecho. Sólo así, asegura, pudo desarrollar dignamente una trayectoria como modelo comercial en la que, dedicada a lencería y similares, debió quitarse la camiseta habitualmente.

MÁS ESPEJISMOS: NO ES UNA PROFESIÓN TAN LUCRATIVA como parece. Sólo en Nueva York se gana dinero. A cambio, eso sí, de “sufrimiento, insultos y nervios”. Allí, además, únicamente sobreviven las más profesionales pues se trata de un mercado muy exigente. A ella misma la echaron de Ford Models cuando rechazó terminar sus vacaciones para realizar un trabajo, un lujo que sólo se puede permitir las Giseles, Mirandas Kerrs o Alessandras Ambrosios.
Y la precariedad laboral es tan grande que muchas aceptan las invitaciones a fiestas y comidas con desconocidos para llenar el estómago, pues aún trabajando con agencias de renombre, apenas cubren gastos. Y la preocupación crece a medida que pasan los años y ven que “no han amasado una pequeña fortuna o han pillado un buen partido”. Por ello, “cuando el cuento de hadas acaba, la droga e, incluso, a veces el suicidio, es la única salida”.

La industria de la moda, opina la autora, potencia la inseguridad en las modelos frágiles. Algo normal cuando “a los dieciséis años vendes productos para mujeres de 30, y a los 30 para mujeres de 50”. Ella misma se ha sentido “un vejestorio”, dice. Si encima no llegas a una meta en concreto, entonces ves “la desesperación, las envidias, los celos y, sobre todo, la angustia”.
También pueden desarrollar actitudes extrañas, incluso las supermodelos. Lo comprobó la autora cuando acompañó a Elle McPherson y Karen Mulder en un paseo en yate y una tarde de compras por Saint Tropez. La australiana se pasó todo el tiempo acurrucando un osito de peluche, y Mulder, que empezaba su etapa de declive, olvidaba en las tiendas la ropa que acababa de pagar. “Me chocó ver a mis íconos de la moda hacer idioteces. Parecían niñas”, escribe.

Gran parte de la culpa, apunta, es de las agencias. La ex modelo las acusa de ser responsables de que “cada gramo de más sea vivido como un drama”, de empujar a las figuras a que se operen a edades tempranas y de hacerles creer que su vida “termina a los 25”. Es su caso. La primera agencia a la que acudió, en Barcelona, le dijo que a su edad sólo podría anunciar tampones. Antes de rendirse, probó suerte en Milán, donde eran más flexibles con los años. Una semana después del rechazo español consiguió su primer trabajo a las órdenes del mítico fotógrafo Helmut Newton. Pero, aun así, agentes y bookers de todas partes “me llamaron abuela miles de veces”.

Hart, cuyo tono a ratos parece reflejar resentimiento, llega a cuestionar incluso a los directores de casting gay. “¿Qué sabrán ellos de lo que es sexy? Si en el fondo no les gustamos”.
La ex modelo —que no accedió a una entrevista— critica también el poco control de las agencias sobre las maniquíes. Las de su época, asegura, mandaban a las chicas a países lejanos sin tener en cuenta su nivel de inglés o si estaban preparadas sicológicamente. La Asociación de Modelos y Agencias Españolas (AMAE) no comparte estas generalizaciones. “Existen agencias que son poco profesionales y que no cuidan en absoluto de los intereses de sus representados. Pero también existen las que los cuidan con mucho mimo por ser su principal activo”, responde Juan Saula, secretario de la entidad. Y aunque no ha leído el libro, tampoco está de acuerdo con que las agencias machaquen a sus modelos: “Las agencias que yo conozco como trabajan pueden permitirse la seriedad de decir a las jóvenes que no reúnen los requisitos al 100 por ciento que no se dediquen a esta profesión. En consecuencia, lo de las operaciones me parece muy improbable, al menos en el ámbito de AMAE”.

HART ACUSA A FOTÓGRAFOS de aprovecharse de la juventud de las modelos para llevárselas a la cama; y a los célebres, de estar drogados en las sesiones. “Algo habitual”, apunta. Y luego están los divos que no dudan “en humillarte ante los demás” cuando no hay química. No fue el caso con Newton, con el que se muestra muy agradecida, pero reconoce que fue incómodo ver al fotógrafo excitado ante ella y su compañera desnudas.
Las fiestas son capítulo aparte, donde las modelos “sirven de decorado”. Las envían las agencias, “no cobras por ello, aunque sí comes gratis”. Asegura que nunca le han propuesto sexo a cambio de dinero, pero sospecha que son los empresarios quienes las eligen y pagan su traslado en jet privado a lugares como Cannes. “Podrían pagarse unas cuantas escorts, pero prefieren a chicas frescas, a menudo inocentes”. Prueba de ello es que a la mínima que éstas se emborrachan en la cena, “las manos de los más maduros empezaban a soltarse bajo las mesas”.

Y cuela dos nombres en estas fiestas: Flavio Briatore y George Clooney. Del primero confirma su fama de playboy, pero del segundo asegura que no participó en el juego. “Parecía desconectado… mi percepción es que estar allí era una parte de su trabajo”. El actor, por cierto, fue el único en preguntarle el nombre a una modelo después de tres días de fiestas.

 

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