Son las 8:30 de la mañana del sábado 25 de agosto y Nelly Alarcón, a sus 83 años, luce radiante y al mismo tiempo un poco retraída. Anoche, confiesa, apenas pudo dormir. “Han sido demasiadas emociones juntas”, dice con sus ojos brillantes, mientras sube al ascensor del hotel Foresta, ubicado en el Barrio Bellas Artes, rumbo a tomar desayuno. Lleva tres días en Santiago, tras 10 años sin pisar la capital, invitada por la Fundación Artesanías de Chile en el marco de Chiloé Mítico, la muestra que durante cuatro días llevó lo mejor de la artesanía del archipiélago a Casacostanera. Nelly aterrizó el miércoles por la tarde, no alcanzó a descansar cuando ya estaba sentada dando una entrevista en radio, tras la cual partió a montar la muestra de sus piezas más emblemáticas que se exhibieron durante el evento. Esa noche llegó al hotel cerca de la 01:00 de la madrugada. Pero lejos de mostrarse exhausta, comentó: “Mis queridos, no hay cansancio cuando uno hace lo que la apasiona”. 

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A la mañana siguiente, en la inauguración, su trabajo fue destacado por la Primera Dama Cecilia Morel, quien, como presidenta del directorio de la fundación, lideró el evento. Durante esas horas, Nelly también se encontró con la hilandera chilota Adriana Tureuna, nieta de una de las artesanas que 30 años atrás la proveía de sabanilla, la tela tejida en kelwo —el telar chilote—, con el que las mujeres solían confeccionar frazadas y alfombras para abrigar sus casas, pero que Nelly reinventó con un sello único al utilizarla para diseñar abrigos y vestidos que causaron furor a principios de los años 70.

Crítica de la moda desechable, una de las frases que Nelly suele repetir es: “Mis prendas están pensadas para que duren por siempre”. Por eso un día después, el viernes 24 de agosto, pasó todo el día dictando el workshop. ¿Puede ser una prenda textil para toda la vida? Más allá de las tendencias y el consumo, también organizado por la fundación, en el Museo de Artes Visuales. Un taller donde asegura, todavía emocionada, “lo que se dio fue tan íntimo que para mí fue verdaderamente caer en trance. Y me dio la sensación de que ese trance fue colectivo”.

Por eso, la noche antes de esta entrevista apenas pudo dormir. “Lo que he vivido en estos tres días ha sido muy semejante a lo que viví durante el viaje a Europa”, dice recordando la gira que realizó el año 72 con revista Paula y donde logró llamar la atención incluso del diseñador Pierre Cardin, quien le ofreció ser parte de su atelier de alta costura (oferta que Nelly rechazó). “Han sido días donde he sentido emociones nuevas, sorprendentes. Impresiones tan fuertes que uno no les puede dar un nombre”, dice.

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Un ícono preocupado

La visita de Nelly Alarcón a Santiago no fue simple azar. De hecho, confiesa, si bien no le gusta mucho salir de Cucao, donde tiene su casa, ni viajar a la capital, esta vez aceptó tras escuchar la propuesta del equipo de la fundación que, en su cruzada por acercar la artesanía a los chilenos de manera simple y emotiva, consideraba que, con su modo de ser dulce y directo, Nelly ayudaría a instalar la urgencia por recuperar los oficios textiles chilotes, de los que es un referente indiscutible.

En la época en que comenzaste a diseñar en Chiloé había gran variedad de materia prima. ¿Cómo es hoy el panorama?

Muy distinto. Cuando empecé a diseñar (en 1969) había gran cantidad de artesanas: todas las mujeres del campo, casi sin excepción, tenían un telar chilote en sus casas. Todas hilaban porque tenían ovejas en sus casas, por lo tanto, había una gran cantidad de materia prima. Eran telas (la sabanilla) que ellas vendían como frazadas, que duraban una vida entera. Pero como yo hacía abrigos con ella que se vendían muy bien, se produjo un movimiento gigante, al punto que llegó un momento donde iba todos los meses a Castro a buscar telas. Traje hasta 100 sabanillas mensuales. Pero eso ha cambiado. Hace ocho años me operé de las caderas. En ese período le perdí la pista a mis artesanas. Y cuando quise empezar a trabajar de nuevo hace un año, me di cuenta de que no había hilanderas. Que se había perdido toda la historia del mundo textil de Chiloé. Quedé tan sorprendida y tan asustada… Que las autoridades hayan permitido que esto ocurriera es un pecado, porque era parte de la idiosincrasia chilota. 

¿Qué pasó con la sabanilla? ¿Desapareció?

Yo considero que la tela que uno compra ahora no se puede llamar sabanilla, porque ya no es el hilado fino que se hacía antes. Es una tela tejida en el telar chilote, hilado a mano, teñido con vegetales. Esa es la gracia que tiene. Pero ya no tiene la calidad de hace 20, 40 o 50 años.

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¿Cómo se podría revitalizar la artesanía textil de Chiloé y volver a conseguir esa sabanilla delgada con la que tú empezaste a trabajar?

Es un tema muy complejo, porque cualquier hilado parte de una buena lana de vellón. Y una buena lana de vellón parte de más atrás, nace de la oveja. Hace 50 años, cuando comencé a trabajar, la lana era de ovejas chilotas, que pueden haber tenido un nombre, una raza, no sé cómo llamarlo, pero su lana era larga y no costaba hilar, porque no se cortaba. En cambio, ahora las artesanas se quejan: “es que la lana, señora, es muy cortita”.

¿Qué explica que eso haya sucedido?

Lo que pasa es que, en algún instante, indudablemente con muy buena intención, las entidades que trabajan en el campo rural comenzaron a llevar a Chiloé ovejas para carne porque ayudaba a la economía, sin saber que fue reemplazando a la otra raza, hasta el punto que la oveja que se usaba antes para hacer un hilado bonito dejó de existir. Entonces las nuevas generaciones de artesanas lo único que encontraban era la lana corta, que no permite hacer un buen hilado. 

Con ese panorama, ¿cómo incentivar a que las artesanas textiles no abandonen su oficio?

A las artesanas que estuvieron en el encuentro (Chiloé Mítico) no me cansé de decirles que no pierdan la fe y que sigan tocando puertas. Y hay que tener cuero de chancho. Porque cuando uno habla de piezas artesanales la gente nos mira a huevo. Pero las artesanas jamás tienen que perder de vista el valor de su trabajo: tienen que estar conscientes de que lo que ellas hacen son piezas únicas. Tienen que hacerse valer.

¿Qué hace que te identifiques con las artesanas?

Para ser honesta, yo no me identifico como diseñadora. Lo que realmente a mí me identifica es ser artesana. Siento por ellas un cariño desde las entrañas. Las amo, aunque no las conozca a todas, porque amo su qué hacer. Amo donde viven, amo su sacrificio. Las admiro. Disfruto ver cómo trabajan la lana, cómo hilan, cómo tejen. Ellas han sido siempre mi incentivo, mi deseo de seguir adelante. Y mi lucha en este instante es ayudar a que se entusiasmen a mantener vivo su oficio.

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Te hiciste conocida a principios de los 70, una época marcada por el rescate de la identidad autóctona. ¿Qué pasa hoy? ¿Crees que se ha perdido la identidad chilota?

Lo que pasa es que se ha producido una confusión muy grande, porque hay entidades que han introducido telares como el de clavito que no tiene nada que ver con nosotros los chilotes y lo toman como algo natural. Entonces si me preguntas sobre la identidad en este momento de Chiloé, yo te respondo: la han ensuciado, quizás con la mejor intención, pero con gran equivocación y mucha ignorancia. Para todas las entidades que quieren trabajar con Chiloé mi mensaje es: por favor, únanse y estudien cuál fue el proceso textil de Chiloé y mantengan esa raíz. Alimenten esa identidad y no la deformen. 

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Chile es un país regatero. ¿Te cuesta cobrar por tus piezas? ¿Cómo hacer que las personas estén dispuestas a pagar lo que realmente vale la artesanía?

Mira, a mí me cuesta cobrar porque vender una de mis creaciones es como vender un hijo. Pero con el tiempo me acostumbré a ponerles precio y en este momento cobro no más, porque estoy consciente de lo que vale mi trabajo, algo que no todo el mundo ve, que es el sello que tiene cada prenda. Y como en este momento hay conciencia de mi personaje, en el nivel de personas que puede pagar, están acostumbrados a aceptar lo que cobro. Pero igual siempre hay un mirar en menos lo artesanal. Y eso es algo que abunda; la falta de identidad entre las personas que tienen poder adquisitivo para comprarle una pieza a una artesana. Eso me da pena, porque son las personas que más podrían ayudar a los artesanos a seguir existiendo. Finalmente, la artesanía hay que comprarla para que los artesanos puedan seguir con sus oficios.