“Ser un dandi es una revolución extraña para los ojos de cualquiera. Suave y misteriosa como cuando hueles una rosa. Una enfermedad, compulsiva que te lleva a ser así, aunque nadie te esté mirando”, comenta Michael Atters Attree, mientras se arregla los bigotes en su departamento de Brighton, en Inglaterra.

Rodeado de banderas, vitrolas, estatuas de seres desconocidos y libros de Baudeliere y Oscar Wilde, este Dorian Grey moderno es hoy el retrato vivo de un grupo de hombres que han vuelto a alborotar las calles de sus ciudades con una ley, que para algunos puede ser difícil de entender: mantenerse siempre, sin importar la condición, en extremo elegante.

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“Vivo realmente en una burbuja sicodélica y dandi, donde nadie más puede entrar, como los cachetes suaves y lindos de una mujer. Por eso me encierro y me rodeo de cosas bellas. Ese es el mundo donde me gusta vivir”, cuenta.

Atters Atree representa un movimiento que ha sobrevivido más de 300 años de historia y que nació en el siglo XVIII en las calles de Inglaterra y París. Sus seguidores desde distintas partes del mundo siguen apostando por lo que llaman un estilo de vida, que va más allá del uso de trajes elegantes y diseñados por sastres de moda.

“A los dandis del mundo, les digo que no teman, corazones queridos, hay algo en el aire. ¿Lo pueden oler? Es el aroma de la bergamota, cuero viejo y Cavendish. El olor de la revolución de los tweeds. El sitio al que estás a punto de entrar contiene palabras e imágenes que pueden inducir a una languidez excesiva y aumentar tu brillo y autoestima. Sumérgete en tu sillón de cuero más profundo, y con un gin y tonic, prende un cigarro, y prepárate para el mundo sofisticado de The Chap”.  Es parte de una invitación que para algunos puede sonar rimbombante del sitio de The Chap Magazine, una biblia, dandi que desde Inglaterra dicta los cánones del dandinismo al mundo entero y al que sólo se accede con una invitación exclusiva por mail.

“Un dandi siempre debe usar tweed, nunca debe no fumar, ser cortés con las señoritas, nunca no sacarse el sombrero para saludar y jamás desabotonarse el último botón de la camisa. Siempre debe hablar de manera adecuada y mantener un vello facial que sea interesante para mirar”, son parte de los diez mandamientos del Chap Manifesto, inspirados en el look de Enrique IX.  

Tiene más de 50.000 seguidores en Twitter y cada domingo se repleta de posteos, que desde todos los rincones del planeta, suben sus fotos sobre cómo van vestidos o de los últimos accesorios adquiridos para terminar en una muy buena pinta. 

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De esta fantasía, viven hoy cientos de boutiques europeas, de Tokio y Nueva York que encuentran en el “dandinismo” una nueva manera de fashion y que para algunos ha cambiado la manera en que hoy compran los hombres. “Lo que antes se veía eran las parejas comprando. Hoy son ellos mismos los que salen al mall, y en ocasiones pueden gastar hasta un 25 por ciento más que ellas”, comentaron hace poco al The Telegraph los vendedores de Alexander McQueen, una casa de moda asociada al mundo dandi, y que tiene entre sus principales seguidores a Beckham.

“Todo este escenario se hace necesario entender como un fenómeno que trasciende a la moda”, sostiene Rose Callahan, una fotógrafa de Nueva York, que salió por el mundo a cazar a los dandis modernos.

Desde Londres, París y Nueva York se trajo los retratos de hombres que viven de la extrema elegancia como un estilo. Los conoció, conversó con ellos por horas, los siguió en su vida diaria y en sus fiestas. Desde ahí llegó a una decena de conclusiones, que desmitifica en su libro I’m a Dandy, publicado en Alemania, y que hoy se ha vuelto un éxito de ventas en Amazon y en su sitio web. La historia de Atters Attree, Dandy Wellingtong y Massimiliano Mocchia Di Coggio en París. Son por nombrar algunas de las que salieron de la caza de Rose.

“Es algo anticuado pensar que para ser dandi necesitas ser rico. Recuerdo un personaje de Brooklyn que nunca me confesó en qué trabajaba, y que vestía trajes increíbles, de hace cuarenta años”, comenta a CARAS.

Lo suyo llegó lejos, y se obsesionó por años. Durante su búsqueda encontró abogados, médicos, veterinarios, periodistas y arquitectos. “Los dandis de hoy no pueden considerarse una subcultura. No todos son gay, ni de las mismas tendencias políticas, ni de las mismas edades. Sólo son personas muy preocupadas de cómo se ven. No sólo les inquieta su ropa, sino que también sus casas y sus autos”.

Recuerda el caso de Michael Atters Attree, el excéntrico de Brighton, quien la obligó a retratarlo en un rincón de su casa, rodeado de figuras, estatuas y libros. Estuvo cuatro horas, y no pudo conocer otro lugar más que ese rincón. “La excentricidad de Michael era tan espectacular, que poco me llegaba a molestar”, confiesa.

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“Lo que me gusta de ellos es que al conocerlos quedas impresionada. Son personajes entretenidos, que no sólo atraen por su ropa, sino que por su estilo, por sus casas y por las cosas que hablan”, cuenta.

Otro de los que llamó la atención fue el Dandy Wellington. Un hombre negro, líder de una banda de jazz. “Parecía un verdadero lord y después de algunas horas, me confesó que el fedora amarillo que me tenía deslumbrada, lo habría comprado por e-bay”, cuenta. Después de un rato, supo que había pasado días buscándolo.

“De esto se trata la filosofía dandi. De hacerlo todo bien. Bailas bien, escribes lindos poemas, hablas de cosas lindas y tienes la mejor ropa”, comenta este descendiente de Botswana y que desde su jardín de flores, dicta los cánones del dandinismo. “Lo primero que tienes que hacer como un verdadero dandi es olvidarte de los bluejeanes. Jamás me verás vestido de polera o buzo, ni siquiera cuando arreglo la cañería. Esa es la filosofía dandi, hacerlo todo bien siempre”, concluye, mientras por su calcetín se asoma un tatuaje de cebra.