La directora creativa de Vogue, quien acaba de publicar sus memorias, habla de ‘ese sentido’ del estilo que ha dado forma a la moda por décadas, de razas, anorexia, gatos y peleas.

Paredes blancas y un silencio que sólo se rompe por el sonido de los tacos en el piso, los cuarteles generales de la revista Vogue en Estados Unidos parece un edificio a punto de estallar. A través de unas pesadas puertas de cristal, por un pasillo estrecho, en una oficina con aroma a rosas, adornos de gatos y una ventana hacia Times Square se encuentra el mundo de la segunda persona más influyente de la moda: Grace Coddington.
“Si Anna Wintour es el Papa, Coddington es Miguel Angel tratando de pintar una nueva versión de la Capilla Sixtina doce veces al año”, escribió la revista Time. Ellas comenzaron a trabajar la misma mañana de 1988, Wintour como editora y Coddington como directora creativa. Karl Lagerfeld la llamó un genio. Wintour está de acuerdo. Como responsable de la identidad visual de Vogue, en lugar de limitarse a reflejar la belleza, ella la crea.

Gracias a su trabajo con los grandes fotógrafos del mundo (de Helmut Newton a Mario Testino, Annie Leibovitz y Lord Snowdon) esta mujer hace mucho rato que elevó la vara en la forma como se muestra la moda moderna. Pero fue en 2009, con el documental de RJ Cutler The September Issue, que el resto del mundo conoció su rostro. La película aborda el juego de poder entre Wintour y Coddington, transformando a esta última en heroína de la moda. Primero, porque lucha contra la comercialización en su búsqueda por la belleza. Y segundo, es la única persona que le contesta a Anna.
Grace me hace señas con una mano sin accesorios. Con la otra agarra su teléfono. Disculpándose, me dice que es un mal día. Coddington está en la línea con el hospital donde Didier Malige, su novio por 30 años (y pareja tras dos matrimonios fallidos), amenaza con irse del servicio de urgencias.

Ella maneja la situación con la calma de quien está acostumbrada a tratar con peleas de cocodrilos. Cuando su atención aterriza en mí, provoca algo físico. A los 71, Grace Coddington se ve imponente, en una nube de pelo rojo que contrasta con su piel blanca, y con aquel ojo somnoliento resultado de un accidente cuando tenía 26 años.
Algunos la describen como intimidante, otros como suave, maternal, nice. Todos coinciden en que es increíblemente inteligente.
“Es un narradora de historias”, explica Sarah Mower, una de las editoras de Vogue. “Y he concluido, al revisar su trabajo, que el relato es acerca de Grace. A ella realmente le importa cómo se ve la ropa, pero le es más relevante ‘sentir’ a la chica de la foto: su carácter, escapadas, humor. A menudo, trasciende la moda: les pide a diseñadores que le hagan vestidos especiales para sus fotos de fantasía, en lugar de documentar las colecciones du jour”.
“No soy un artista”, señala Coddington dos veces. Le pasa el teléfono a su asistente. Y continúa: “Soy una persona creativa, pero también parte de un equipo de gente que ayuda al fotógrafo. Hay diferencia entre el arte y la fotografía de moda. A veces esa línea se difumina, pero creo que siempre hay que tener en la cabeza que lo más importante es el vestido”.
Susannah Frankel, de la revista Grazia, apunta: “Su estética es reconociblemente británica. Muy romántica gracias a (Cecil) Beaton y esa idea de clase, patrimonio e historia”.
Después de décadas en Estados Unidos,
¿Coddington se ve como inglesa? “Soy británica”, dice firme. Coddington nació en Anglesey, Gales, en 1941. “Aunque era un lugar desolador, había belleza en aquello”, recuerda. Creció en el hotel de sus padres a orillas del mar. Tenían un escudo de familia: un dragón que escupe fuego con el lema Nunca desesperes.
En su nuevo libro, Grace: a Memoir (recibió 1.2 millón de dólares), escribe sobre su infancia como si fuera una historia de fantasmas, con su constante temor a la oscuridad y ansiedad a las multitudes. Pero con su cambio a una escuela de modelos en Londres el tono se aclara. Su vida se acelera.

En 1959 ganó un concurso de modelos Vogue, a pesar de que la famosa agente Eileen Ford le dijo que estaba gorda. Para Coddington los ’60 fueron de apertura. “Ella era una gran celebridad en ese mundo, de una belleza increíble. Me intimidaba”, confiesa Wintour.
Grace andaba con Vidal Sassoon y David Bailey, y un novio jet set llamado James Gilbert. Un día, al volante él le gritaba: Esto es demasiado entretenido, mientras aceleraba. “Yo iba con la cara aterrorizada y deformada por la velocidad”. Conduciendo por Londres una noche lluviosa, él cruzó una luz roja y chocó su auto contra una camioneta. El párpado izquierdo de la pelirroja se cortó. “Por suerte —ironiza— encontraron mis pestañas”.
“De todos modos nunca fui considerada hermosa. Era un personaje, no una linda rubia de ojos azules. La belleza no es perfección, prefiero las imperfecciones, son más interesantes…”. Hace una pausa. “La perfección es aburrida”.
Después de cinco operaciones, comenzó a modelar de nuevo —aunque con anteojos de sol— viajando entre París y Londres, en discotecas con los Beatles y besando a Mick Jagger. “Después de una noche salvaje —relata en el libro—, acepté que me llevara Roman Polanski. El se detuvo en su casa y trató de arrastrarme adentro. Escapé y tuve que volver caminando”.
Sus anécdotas son a menudo teñidas de ironía, pero también es franca. Es el caso de la tarde en que una turba de aficionados del Chelsea volcó su Mini. Era una veinteañera con siete meses de embarazo. Un hijo que esperaba con su entonces novio Albert Koski. Perdió a la criatura. “Esa fue la única vez en mi vida en que pude concebir”, escribe.
La siguiente historia es sobre cómo descubrió a su prometido en una aventura con la hermana de Catherine Deneuve. “Estaba en la cama con Albert cuando recibió la llamada en que le decían que ella había muerto. Así que no sólo la perdió a ella… También me perdió a mí”.
El arma más eficaz de Coddington parece ser el silencio. Una de las escenas más memorables en The September Issue es cuando Coddington y Wintour comparten un largo e incómodo viaje juntas en el ascensor para visitar a Jean Paul Gaultier. Enojadas, ninguna dice una palabra. Su reacción al anuncio de Wintour de que iban a ser filmadas fue de horror. “Mi opinión es que la gente debe concentrarse en su trabajo y no en toda esta porquería de: quiero ser una celebridad”, explica.
Desde el estreno del documental Coddington se convirtió, sin  darse cuenta, en una de las celebridades que tanto desprecia. Hordas se le acercan. La ven como el lado dulce frente al amargo de Wintour. Una isla de calma en un mar picado.
—¿Le importa agradarle a la gente?
—Sí (Se avergüenza de decirlo en voz alta). Me incomoda si a alguien no le caigo bien, aunque sea el lechero. Por supuesto que quiero agradar. Soy humana.
—¿Eso quiere decir que Wintour es… menos humana?
—No iría tan lejos. Pero ella no deja que eso influya en sus decisiones. ¿Mi trabajo sería más poderoso si no me importara caer bien? Mmm… Es posible. Pero tengo maneras de conseguir lo que quiero. Pregúntale a Anna.
Hay un dejo de pícara maldad en su risa.
—Entonces, ¿cuál es el secreto para suavizar a Anna? ¿Una abrazo?
—La aburro. Ella no respondería a un abrazo. Hay que presentarse fuerte. Si estás en lo correcto podrás convencerla.
La historia de Anna y Grace es irresistible: la ejecutiva corazón de piedra luchando contra la artista romántica. Una ‘pelea de alta costura’. Mientras Wintour está pintada como una aterradora reina de hielo que se levanta a las cinco de la mañana para ir a la peluquería antes de trabajar, Coddington nunca se maquilla, ríe y es amiga de sus asistentes. ¿Es la anti-Anna? Coddington se burla: “Esa representación es un poco estúpida. No soy la ‘anti-Anna’. La gente inteligente ve que no es una lucha. Es la forma en que trabajamos juntas. Ella no puede decir sí a todo. Ciertamente yo tampoco. Sólo tengo una forma diferente de decir que no. La jerarquía es absolutamente irrelevante para mí. Todos son iguales, de Anna a mí, a mi asistente Stella”.

Es reacia a tomar todo el crédito por su trabajo, incluso por historias innovadoras como su viaje de 1975 a Rusia —la primera vez que en la Guerra Fría se permitió a una revista fotografiar allí— donde Grace reimaginó a Jerry Hall como un monumento soviético.
Ella sólo tiene respeto por los fotógrafos, incluyendo a Helmut Newton, quien —como cuenta— hacía llorar a las modelos. Coddington es famosa por ser amable con ellas, después de haber tenido esa misma profesión.
Wintour es frecuentemente atacada por su amor por las pieles. ¿Qué opina Coddington sobre el tema? “No estoy contenta al fotografiar pieles porque adoro a mis gatos, y no puedo separar a animales y decir: Está bien matar a aquellos y a éstos no. No me opongo por conciencia, pero si puedo, las evito”.
Grace está cansada de estas preguntas, pero tengo una más. Quiero saber qué siente de la preferencia de su industria por la gente blanca. Ella da un suspiro profundo. “Hay chicas negras que me parecen muy bonitas y otras que no. Lo mismo con las niñas blancas, algunas son horribles. No se trata de colores, para mí es acerca de belleza, diversión y personalidad… Hay quienes se sienten muy culpables por trabajar con chicas demasiado delgadas, sólo porque la cámara hace que la gente se vea más gorda. Algunas muchachas de 16 años van demasiado lejos y es peligroso. Pero otras por naturaleza no tienen forma y, odio decirlo, la ropa cae bien en ellas”.

CODDINGTON TIENE UNA IDEA MUY CONCRETA DE LO QUE ES BELLO. “Siempre he pensado que no es casual que muchas de las modelos favoritas de Grace sean pelirrojas: “Maggie Rizer, Lily Cole y Karen Elson —especialmente Karen— son chicas a las que les encanta fotografiar. Tal vez se pone ella en la imagen. En su interior ella no es mayor de 25 años”, dice Sarah Mower.
Al analizar las políticas de la moda Grace no se disculpa. Por lo tanto, paso a los gatos. Coddington los ama. Ha ilustrado un libro sobre ellos publicado por Karl Lagerfeld. También diseñó una colección de accesorios para Balenciaga decorada con felinos y les dedica un capítulo de sus memorias. Cutler está en conversaciones con ella para dirigir una película animada: Cats.
“Me gustan. Me encanta su vulnerabilidad y la forma de mirar. Son muy independientes”. El amor por los gatos es visto como una flecha hacia la soledad e incapacidad de mantener relaciones. Pero con Coddington es tomado como parte de su sed por la belleza indomable. Hasta que habla del síquico de su gato Pumpkin… “Me aconsejaron dejara fuera del libro el tema porque todo el mundo iba a pensar que estaba chiflada”, ríe.
Tras una pausa, admite que añora jubilarse. Y le creo. ¿Cómo será la moda cuando parta? Sueña para futuras sesiones de fotos con lugares inexplorados: “¿La luna, tal vez?”.