“Y dónde está John?”, pregunta la periodista de una revista de modas ucraniana al terminar la entrevista que el diseñador ha concedido dentro del marco de un evento organizado por la Vogue británica. La primera que da luego de cuatro años alejado de las pistas de la moda debido al escándalo en que se vio envuelto por fuertes comentarios antisemitas. El exabrupto en el bar La Perle del parisino barrio Le Marais le costó su puesto como director creativo de Dior y la veleidosa industria fashion le dio la espalda hasta que en octubre pasado se anunció su nombramiento al frente de Maison Martin Margiela. Luego de un tiempo en rehabilitación por abuso de drogas y alcohol, más una corta colaboración con el fallecido Oscar de la Renta el 2013, este 2015 John Galliano volvió en gloria y majestad con su colección Haute Couture en Londres y luego con la Ready to Wear durante la Paris Fashion Week. El mundo fashion parece haberlo perdonado y así lo demostró la ovación con que fue recibido en este evento.

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Con un fuerte acento londinense pero en un tono tan suave que su voz tiende a perderse al final de cada oración, aparece un Galliano simpático y afable, casi humilde. De ahí la pregunta de la periodista ucraniana. Ha perdido la desfachatez y se ha convertido en un profesional maduro que ya no ve la moda como una vía para demostrar su rebeldía sino que ha decidido que el epicentro debe ser la ropa: “Ella es la protagonista. Parte del ADN de la casa Margiella es la invisibilidad del creador y me gusta”, dijo. Su imagen también ha cambiado. Viste un formal y elegante traje gris de pinstripes y una corbata plateada con pequeños lunares, un look desconocido en el excéntrico diseñador de hace un lustro. A los 53 años este británico nacido en Gibraltar parece querer dejar atrás parte de su turbulento pasado. 

—Usted fue de los primeros en hacer de sus desfiles un espectáculo. ¿Cuánto dramatismo cree que es esencial en los fashion shows hoy en día?

—Pienso que un poco de teatro aporta bastante, aunque años atrás estaba obsesionado. Les daba a mis modelos instrucciones y un guión para llevar esos trajes, así ellas los hacían cobrar vida. Esto no siempre ocurre con los shows en que caminan de ida y vuelta por la pasarela.        

—En esta era de Instagram, no se trata solo de la ropa sino del escenario, las fotos y las redes sociales. ¿Cómo adopta hoy esta nueva visión? 

—Cuando vi el video de mi última colección, no pude ver la ropa. Vi todos esos iPads y teléfonos grabando el desfile. No estaban ahí la última vez que había presentado mi colección hace cuatro años. Pero acojo esta nueva tendencia. Creo que es importante mantener un equilibrio.

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—¿Cómo se hace para tomar las riendas de una casa como Margiela?

—Por mucho tiempo estudié el trabajo de Martin. Quería saber qué significaba usar un Margiela hoy, cuál era el patrimonio de la marca. Es un proceso que avanza día a día. No ocurrirá en una temporada o dos.

—¿Y cómo será la Maison Margiela (se le quito el Martin) de Galliano?

—Desde el comienzo intenté encontrar su ADN, así como la hip jacket es el de Dior o la camelia el de Chanel. Y llegué a la conclusión de que eran los forros, el forro transformado en algo más. Eso lo mostré en el desfile Prêt à Porter. Espero que eso se instale en la siquis de la gente y reconozcan un Margiela a varios metros.

—¿Va todos los días al taller?

—Sí, son los comienzos. Me encanta estar ahí. La casa, que fue un convento primero y luego una escuela de diseño industrial, tiene un alma increíble. Me gusta explorar el patrimonio del Margiella original. Tuve la fortuna de conocer a Martin, me traspasó una energía enorme. A mí me gusta trabajar en una forma piramidal, paso tiempo con los artesanos, aquellos que harán la colección Haute Couture, que es como el Eau de Parfum de la marca y la que influirá a la línea ready to wear, que vendría a ser el Eau de Toilette y luego a los accesorios, los zapatos, todo. La colección de alta costura define el resto, por eso el trabajo con los artesanos es tan importante. 

—Usted trabajó con marcas cuyos fundadores eran rostros muy identificables. Ahora está en una casa cuya característica es tener detrás un rostro invisible. ¿Se siente cómodo con eso?  

—Mucho. Aunque es bueno respetar la herencia del diseñador y el ADN de la marca, no quiero ser esclavo de ellos, como me ocurrió con Dior e incluso con mi firma homónima. Esta vez puedo rectificar eso. Respetar el patrimonio pero continuar el camino. La gente desea ver cosas nuevas. 

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—¿Cómo equilibra la excentricidad del estilo británico con el minimalismo francés? 

—No hago esa división en realidad. Me gusta venir a Londres a reconectarme con mis raíces y a inspirarme con la energía de esta ciudad, aunque no puedo venir tanto como quisiera debido a los contratos y mi trabajo en París. Pero para diseñar solo escucho a mi corazón y espero que mis diseños hagan lucir a la mujer aún más bella.