Siendo el Futuro: 1889-1918 / 1989-2018, es el nombre de la nueva exposición del Museo de la Moda. Por eso, a la hora de elegir embajadoras, su director Jorge Yarur Bascuñán pensó en dos nombres: Daniela Vega, la actriz chilena que visibilizó la realidad de los transexuales en el país, y Kate Moss, la modelo inglesa que fue una verdadera adelantada a su tiempo. Esa que sacudió los estereotipos y enamoró al mundo con su metro sesenta y cuatro y sus facciones angulosas, en la época de las glamazonas con cuerpos esculpidos a mano. La misma que a pesar de tener cientos de portadas de revistas nunca elige hablar con los medios, porque alguna vez se sintió traicionada (especialmente al ver fotos de sus excesos en los principales diarios de Europa y Estados Unidos) y decidió cerrar la puerta de su intimidad.

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Kate llegó a Chile un miércoles en la mañana junto a su manager y las hijas adolescentes de ambas con un solo objetivo: disfrutar. Más allá de su compromiso con el Museo de la Moda, aprovechó sus seis días en nuestro país para recorrer, degustar la gastronomía chilena y perderse por las calles del barrio Lastarria. “Este sol es maravilloso, me recuerda la primavera londinense”, dijo mientras caminaba hacia la tienda Donde golpea el monito (la sombrerería más antigua de Santiago) con Ale del Sante (su maquilladora) y Tota Echenique (estilista) para comprarse un sombrero de huasa, que finalmente empacó en su caja original rumbo a Inglaterra. También eligió cinco ovillos de lana de alpaca para hacer una bufanda y contempló la tarde capitalina desde una mesa del restorán Liguria. Amó Zapallar y Valparaíso pero con lo que realmente alucinó fue con San Pedro de Atacama. Caminó por el Parque Arauco y le gustó el Boulevard.

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Resulta que la mujer más rebelde del mundo de la moda, el ícono viviente, la histórica ex de Johnny Deep, la reina de las fiestas con música, drogas y alcohol, la adicta recuperada, la ídola de generaciones, es en realidad una mujer de 44 años que solo quiere evitar llamar la atención. Por eso, pidió que su chofer fuera “cool y relajado” (se hizo un casting entre siete profesionales de la empresa Sixt Limousine) y cuando lo conoció le pidió por favor que se cambiara el uniforme por jeans y polera. Algo similar ocurrió con su estilismo. Se dejó maquillar sin mirarse, no pidió espejo ni hizo correcciones. ¿Hay algo más ondero que una auténtica diva con actitudes absolutamente normales? ¿O acaso eso es, precisamente lo que la convierte en un ser distinto?

 

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El día de la inauguración de la muestra en el Museo de la Moda Kate llegó temprano. Y el recorrido que debía durar media hora se extendió por más de 90 minutos. Mientras el extraño casting de invitados esperaba en los jardines (muchos con la nariz pegada al vidrio como si pudieran mágicamente desintegrarse y aparecer del otro lado), la modelo caminaba por las bodegas de conservación junto a su pequeña comitiva (manager e hijas) y a los anfitriones del lugar. Jorge Yarur fue el encargado de presentarle personalmente sus principales tesoros en los cinco subsuelos, mientras ella celebraba con gritos, suspiros y aplausos. Simplemente alucinó.

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What a dress! Dijo al recibir el diseño de terciopelo con plumas de avestruz de Javiera Jordán.

La exhibición confronta dos épocas: el fin del siglo XIX y principios del XX (1889-1918) con el fin del siglo XX hasta la actualidad (1989-2018). Ambos son periodos de cambio, en los que el hombre se para de cara al futuro con una mirada vanguardista para su época y vive con una visión adelantada, lo que se refleja en su estilo, en su forma de vestir y en la moda. La muestra es, de alguna forma, también un recorrido por la vida de Kate. El surgimiento del mito viviente.

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—¿Cuál fue su reacción cuando la convocaron para ser embajadora del Museo de la Moda?

—Fue algo totalmente inesperado, y maravilloso a la vez. Me siento especialmente honrada de haber sido convocada. Muchos de mis amigos sabían de la existencia de esta colección, yo no la conocía.

—¿Qué fue lo que más la sorprendió?

—La chaqueta de Kurt Cobain y el vestido de Amy Winehouse.

—¿Y lo que más le gustó?

—Todo lo que tiene que ver con el rock & roll, Jimmy Hendrix y Elizabeth Taylor… me cuesta elegir.

—¿Qué significa para usted ser un ícono en tiempos de influencers?

—No lo sé. Yo soy una persona trabajadora… Además soy simpática (ríe) y soy honesta. Siempre he sido fiel a mí misma, creo que eso puede tener algo que ver.

—La moda ha evolucionado mucho los últimos años. Ya no hay un único estereotipo de belleza. Las recientes portadas de Vogue UK son un ejemplo de esa transformación hacia la inclusión… ¿Qué opina de todos estos cambios?

—La moda siempre está en permanente estado de evolución, y a la vez siempre está tomando ideas del pasado. Es algo que se puede ver en exhibiciones como esta, donde ciertas siluetas que se usaron hace años ahora están de vuelta. O musas. Vivienne Westwood, por ejemplo.

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A diferencia de muchas de sus colegas Kate no usa redes sociales personales (solo las de su agencia Kate Moss Agency) y tampoco se ha mostrado públicamente en las campañas sobre los derechos de la mujer que tanto eco tuvieron en la moda. Ahora que todos hablan, la eterna rebelde prefiere evitar las controversias.

—Ciertas luchas femeninas se han vuelto un gran statement dentro del mundo de la moda, y muchas modelos se han manifestado al respecto. ¿Usted fue a alguna marcha?

—No, a ninguna. Tal vez lo haga, pero por el momento no sucedió. No lo sé.

—Es conocido su compromiso con los animales. ¿Por eso decidió donar su vestido a la fundación Tu amigo fiel?

—Siempre estoy dispuesta para eso. Me hubiera gustado hacer más cosas, pero no nos alcanzó el tiempo. También me quedé con ganas de conocer la Patagonia, y especialmente Isla de Pascua.

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—Habrá que volver entonces…

—¡Por supuesto!

Según el círculo cercano que la acompañó en esta visita, el regreso de la niña rebelde de la moda ya tiene fecha y forma: llegaría en noviembre, para presentar su colección de fotos.