Con celular y sus filtros fotográficos como principal herramienta miles de coolhunters, trendhunters y todo tipo de ‘hunters’ circulan en todo tipo de escenas tratando de captar en el aire la vanguardia antes de que aterrice. Amorosos. Aspiran a una titularidad con seis décadas de atraso respecto del líder en ese ‘olfato del futuro’: un hombre octogenario, de pelo cano y con fotofobia, que con lápices de colores y un cuadernito de recortes visualiza lo que viene. Karl Lagerfeld (84) no sólo es el diseñador viviente más importante, también un faro en la industria de la moda con sus veleidosas necesidades.

Director creativo de la casa italiana Fendi desde 1965 y la parisina Chanel (en la que debutó con una colección en 1983), además de su propia marca, el alemán reitera una y otra vez cual es su máxima regla: “Mirar hacia adelante”.

“Es un error decir La elegancia no es lo que era (antes). Las nociones y conceptos cambian”, explicó en el documental Lagerfeld Confidential. Y así lo tuvo claro desde un inicio, cuando saltó del haute couture de la década del 50 –cuando partía de manera estelar con Balmain y Jean Patou– a Chloé y su apuesta por el ready to wear que posicionaba a la marca en los revolucionarios años 60.

También estuvo abierto a los personajes que se perfilaban como protagonistas de su época. Así nació su amistad con Carolina de Mónaco, cuando era la estrella de los años ochenta en Europa y él asumía Chanel. Mientras que en los días que partía la tormenta millennial convirtió en su mejor aliada a la princesa de Instagram Cara Delevingne. En la actualidad estrecha su lazo con la Primera Dama de Francia Brigitte Macron.

“El diseñador tiene que ser un oportunista. Si hay algo en el aire hay que tomarlo”, declaraba a la CNN. La cadena entrevistó con curiosidad al ‘Kaiser’ (“rey” en alemán y uno de sus apodos más populares), luego de que hace una década éste convirtiera a la Muralla China en una pasarela para su colección de Fendi.

Se adelantó a todos en dejar su marca en el gigante asiático. Así como también cuando el año pasado organizó un carnaval en La Habana con la línea crucero de Chanel. No pasaba un mes de la histórica visita de Barack Obama a Cuba y nuevamente el diseñador imponía el foco y convertía a la isla en el lugar más cool del planeta.

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Por décadas han tratado de disectar su personalidad y método para llegar a esa fórmula que lo deja siempre parado varios pasos adelante del resto. Tanto sus colaboradores como los observadores en el mundo de la moda coinciden en que a su natural talento hay que sumarle una cultura superior, la que no para de enriquecer. Sus casas increíblemente decoradas (donde predomina su conocida pasión por la estética del siglo XVIII) están atiborradas de libros. Lagerfeld apenas tiene espacio para levantarse de la cama (como se ve en los especiales en los que ha abierto su hogar), ya que en el piso siempre están apilados nuevos títulos que revisar.

De ahí a que su inquieta personalidad se mueva desde la moda a la fotografía, edición de libros (incluido uno de su dieta), dirección de películas y a la creación de un sinfín de productos con su nombre.

“No soy una persona de marketing. En el trabajo, no organizo reuniones”, le recordó a la escritora y periodista Justine Picardie en una conversación especial para The Telegraph. De las pocas privilegiadas con acceso para entrevistarlo en distintas ocasiones, la biógrafa ha sido testigo de su lucha por la libertad y su éxito para imponerse al control corporativo. “Tengo contrato de por vida. Mi compromiso con Fendi termina en 2045…”, le confesó el año pasado tras el inolvidable desfile sobre la Fontana di Trevi.

La autora le preguntó si en esos papeles queda establecido que él puede hacer lo que se le plazca, y Lagerfeld le respondió con una palabra: “Exactamente”. “De lo contrario, me aburriría… No quiero personas que interfieran o gente de marketing que haga las cosas difíciles. No discuto nada con ellos”.

Y con esa condición llegó a Chanel.

Pero en el caso de la casa de moda francesa había que tomar otra actitud. El “Kaiser” aterrizaba a revivir a una marca. Y llegó a revolucionar a los nostálgicos de Coco con su primer desfile en enero de 1983. El gran quiebre con su sello fue en 1987, cuando reinventó con minifalda al clásico traje de Chanel y dio en el clavo marcando un “antes” y el ansiado “después”. Hasta recibió el premio a la mejor colección del año, algo anecdótico si se piensa que la fundadora de la firma odiaba que se mostrara las rodillas.

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“Hay un proverbio alemán que dice: No puedes pedirle prestado a tu pasado. Cada colección es la primera y, afortunadamente para mí, no la última. Puedo corregir los errores en la próxima. Me encanta el aspecto ‘futurístico’ del trabajo”, detalla el modisto y ‘cazador de tendencias’ real.

Y en el caso de la casa parisina, cumplió con esa visión privilegiada. “La tomé cuando era una Bella Durmiente; más bien una mujer muerta. Me llamaron para resucitarla”, dijo en Lagerfeld Confidential con su conocida lengua ácida.

Cada cierto tiempo sus palabras incorrectas lo ubican al centro de la polémica. Entre sus controversias más recientes están sus declaraciones sobre Adele y que era “pasadita de peso”, el consejo a Pippa Middleton para que se mostrara “sólo de espalda…”, la aseveración de una Meryl Streep que quería que le pagaran por usar Chanel en la última gala del Oscar (ella lo desmintió y acusó de difamación) y su opinión sobre la ostentación pública de riqueza de Kim Kardashian (tras el robo a mano armada del que la estrella reality fue víctima en París). Sin duda, un personaje.

Aunque Karl Lagerfeld sea un defensor de la libertad creativa no puede negar su olfato natural para los negocios (hay que recordar que tiene el ADN de un exitoso padre empresario que no perdió estatus ni riqueza en plena II Guerra Mundial). Y demuestra su agudo radar en la escena del lujo. 

“Hay muchísimos más clientes de couture que en el pasado. A la mayoría no los encuentras en desfiles porque no van a París o Roma. Ordenan que les envíen las colecciones directamente a sus casas al otro lado del mundo, de China a Japón, a Corea y Medio Oriente. Esas son las nuevas fortunas y hacen que los antiguos ricos se vean pobres. Antes cuando una norteamericana compraba cinco vestidos era una buena clienta, ahora compran veinte en cinco minutos”, explicó a Justine Picardie.

En su vocación por estar en todos los campos, el alemán adicto a la Coca Cola dietética también se sube a la moda masiva. Al acceso democrático del diseño. En 2004 marcó un hito en su biografía cuando debutó con una colección cápsula para el gigante sueco H&M (que voló de los colgadores en un par de días). Hace un mes salió su colección de zapatillas para Vans, con seis modelos a los que suma polera, mochila y chaqueta (en precios abordables que van desde los 40 a 300 dólares). Y ahora llega, literalmente, al fin del mundo con productos de su marca vía las estanterías de Falabella.

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Esa omnipresencia de sus iniciales KL en aquello en que fija la vista también llegó a la decoración con todos sus públicos. Así diseñó dos suites de ultra lujo para el Hotel Crillon y también presentó una línea de ropa de cama (sábanas, cubreplumones, fundas de cojines) en colaboración con una multitienda inglesa. Estos últimos productos bordean entre los $ 25 mil y $ 130 mil. Allí están sus textiles con temas florales y hasta con una imagen de Choupette, su famoso gato que gana millones por cuenta propia como modelo.

Y si convirtió en una estrella a un simple felino, imaginen lo que puede planear para Melania Trump. Porque mientras un batallón de diseñadores le dio la espalda cuando su marido Donald Trump salió electo Presidente de Estados Unidos, el canoso modisto se puso en primera línea para vestir a la espigada Primera Dama. Obvio, si Lagerfeld siempre repite: “En la moda no hay lugar para lamentos”.