Lanvin tenía un nombre y era el de una mujer, Jeanne. Es a ella a quien se descubre, conoce y admira en la merecida retrospectiva que el Palais Galliera, museo municipal de la moda de París, le dedica hasta agosto.

Detrás de la muestra están el actual director creativo de la marca, Alber Elbaz, y el director del museo Olivier Saillard. Este último, para explicar por qué exhibir la obra de Lanvin, contó que mientras estudiaba las colecciones del museo constató que había archivos más importantes que otros: “Cada vez que veía un vestido muy bello, muy bordado, de los años 20 o 30, miraba la marca y era Jeanne Lanvin. A tal punto que después de 250 bellos modelos, me dije ‘esto hace una exposición’”. Así se le unió Elbaz, quien trabajó también en la puesta en escena.

Al entrar a este verdadero palacio, la luz es tamizada, los vestidos deben ser cuidados luego de años guardados. Entre piezas, vestidos y espejos, surge un recorrido fascinante sobre la vida y obra de esta mujer. Jeanne tuvo una infancia precaria, lo que la llevó a trabajar desde muy joven, primero como repartidora, luego como sombrerera y mientras producía en distintos talleres, hacía gorros para muñecas que le traían dinero extra. Así esta emprendedora abrió el primer atelier-boutique Lanvin en 1889. Vivió comienzos difíciles, pero perseveró hasta que descubrió un local en la célebre rue du Faubourg-Saint-Honoré, desde donde se extendió su imperio. Lanvin es la casa de moda más antigua de Francia aún en actividad.

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Vestido con detalle de bordado descentrado como los prefería Lanvin, junto a la pintura de su dueña.

A través de su hija Marguerite, nacida en 1897, descubrió el placer de dar forma a prendas para niñas. En 1909, luego de haber construido su reputación gracias a los sombreros y a la moda infantil, Jeanne Lanvin es oficialmente modista. Corta, junta, pega, reinterpreta elementos de épocas diversas para concebir sus vestidos de garden-party, que conocen su esplendor en la marca en 1920. Una falda muy ancha, siempre larga a pesar de las corrientes de la moda, esa silueta de talle fino, con corsé ajustable se oponía radicalmente a aquella tubular de los veinte. “El nombre de Lanvin estaba ligado al recuerdo de las jóvenes en robes de style, con las cuales yo había bailado mis primeros fox-trots, charlestons y shimmys. En los bailes, ellas eran siempre las mejor vestidas”, escribió más tarde Christian Dior. Hay quienes piensan que el robe de style fue lo que habría inspirado al diseñador para crear su célebre primera colección New Look.

La exposición del Galliera está montada de tal forma que se puede apreciar de cerca el trabajo complejo de cada vestido. Juegos de cristales y espejos muestran la artesanía y belleza de las prendas, en un diálogo entre los códigos de la diseñadora: detalles del siglo XVIII, la línea tubo de estilo art déco, los estampados geométricos, los bordados de lujo.

De un modelo siglo XVIII con guardainfante, o de una miriñaque del XIX, surge una versión actual, refinada y ligera, a la vez depurada y adornada. Según Olivier Saillard, lo que define Lanvin es un estilo que está realmente al servicio de la mujer a la que se dirige: “Las prendas son muy ligeras. Siempre hay una forma cónica, una forma de base, una especie de columna sobre la cual Jeanne Lanvin le gustaba trabajar los hombros y las mangas. En toda la exposición, particularmente en los años 30, las formas son muy voluptuosas, sensuales sobre el busto y las piernas y todo el trabajo se concentra sobre los esfuerzos de volumen de bordados en las mangas y en los hombros”.

Sus prendas permiten entender el éxito que tuvo, en especial en los años 1920, la década de su esplendor, cuando llegó a tener más de 1.200 empleados, tres tiendas en París y siete sucursales. Además, era dueña de talleres de bordados, lo que le permitía desarrollar piezas llenas de exotismo y geometría. Los motivos se desplegaban en impresionantes decoraciones naturalistas o figurativas, como en el vestido “bel oiseau” en diagonal y con una asimetría que la diseñadora apreciaba. Esto quizá la llevó a crear trajes de noche cubiertos de perlas, cristales, láminas de oro y plata, llamados los “vestidos joya”, verdaderas obras de arte.

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Scintillante, 1939. Vestido en tul con crespón de bordados de lentejuelas.

Muy rica, la exposición recuerda la gran modernidad de su visión. De su pequeña empresa inaugurada en 1885, Jeanne Lanvin fue una de las primeras en pensar su nombre como una marca, a proponer un arte de vivir más allá de la ropa. A partir de 1925, cuando la moda de robe de style comienza a decaer, ella se dirigió hacia lo deportivo. El año siguiente, lanzó una línea para hombres. Por último los perfumes se sucedieron, siendo el más famoso Arpège, lanzado en 1927.

La diversificación, modernidad y belleza de la obra de esta mujer de principios del siglo XX se contradice con lo poco que se recuerda su nombre habitualmente. Sin duda, la gran discreción de la diseñadora tiene que ver. En la exposición ella casi desaparece detrás de su obra. Siempre escapó a los reflectores, prefería que se viera su trabajo, no su rostro. Cuando murió, en 1946, su hija retomó la empresa y en 1996 fue comprada por L’Oréal, para luego ser cedida en 2011 a un grupo de inversionistas que se esforzaron para volver a darle vida.

Casi olvidada por un tiempo, Lanvin vuelve a encontrar hoy en día el impulso de sus orígenes y su nombre es nuevamente apreciado por todos lados y durante cada desfile. Alber Elbaz es uno de los instigadores de esta renovación, luego de su llegada en 2001.

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El vestido bijoux Lesbos de 1925 fue bordado en perlas de vidrio y de tubos plateados.

Este hombre casi tan discreto como su antecesora ha vuelto a poner de moda el espíritu de la marca, aquel imaginado y querido por su creadora, encontrando su feminidad, jugando con la elegancia, la modernidad y la sensualidad.

Resultado que ha dado sus frutos, ya que el día de la inauguración de la exposición Elbaz recibió a la crème de la moda internacional que vino a descubrir o redescubrir a esta visionaria. Desde Mario Testino, Anna Wintour o Diane von Furstenberg hasta Jared Leto o Anna Dello Russo llegaron a rendirle un merecido homenaje a Lanvin.