Magdalena Carmen Frieda Kahlo y Calderón. Este fue el nombre con que fue inscrita al nacer. Hija de Wilhem Kahlo, inmigrante alemán y connotado fotógrafo nacionalizado mexicano a fines del siglo XIX y de Matilde Calderón, de sangre española e indígena, una mezcla que sin duda la definió. Aunque orgullosa de su raíz mexicana abrazó también su origen alemán adoptando el apellido paterno y una variación del nombre elegido por su padre: Frida.

Una exhibición sobre la vida de esta figura feminista convertida en ícono mundial se presenta hasta el 3 de Noviembre en el Victoria & Albert Museum de Londres. Frida Kahlo: Making Herself Up es un recorrido por su viaje personal para concebir su extraordinaria identidad. Vivió construyéndose a sí misma, empezando por reinventar su fecha de nacimiento. Nacida en 1907, decidió cambiar la fecha oficial a 1910, año en que comenzó la revolución mexicana. Como desafiando al destino que se empecinaba en verla postrada, vivió la vida con pasión a pesar de los dolores que la acompañaron desde muy joven. Inventó para sí misma una estética única, reflejada en su ropa, adornos, peinado, joyas y maquillaje. Pintó sobre los corsés que usaba para aliviar sus dolencias en la espalda, pintó flores y dibujó el símbolo del martillo y la hoz, testimonio de su fe comunista. Su ropa tenía el colorido vistoso de la región de Tijuana, su labial se llamaba “Everything Rose” y su esmalte de uñas llamado “Cuervo Rojo” era color sangre. Parecía no descuidar detalle Frida y aunque de sí misma solo le gustaban sus cejas unidas al centro y sus ojos profundamente negros, la apariencia la obsesionaba.

Salvo cortos intervalos, la pintora vivió toda su vida en la Casa Azul, en Coyoacán, en los suburbios de Ciudad de México, lugar que hoy alberga el Museo Frida Kahlo. El año 2004, fue abierta al público una habitación que su gran amor, el muralista Diego Rivera, había clausurado al morir Frida. Desconsolado, decidió que las pertenencias de su mujer quedaran bajo llave. Rivera murió tres años más tarde, pero sus deseos fueron órdenes para la celadora del fideicomiso, por lo que únicamente cuando ésta falleció, casi cincuenta años después, esta caja de Pandora fue abierta. Es el baño de Frida con los tesoros que hoy muestra el museo londinense y que por primera vez se presentan fuera de México.

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El viaje empieza bajo un fuerte letrero con su imagen, que irradia una luz tan azul como la casa en que nació y murió. Continúa con fotos en blanco y negro de la Frida niña, adolescente y luego joven, tomadas por su padre fotógrafo. Cuando tenía seis años, la poliomielitis la dejó con la pierna izquierda afectada, siendo este episodio sólo una preparación para aprender a convivir con el dolor, ya que cuando Frida tenía dieciocho años, el bus en que regresaba del colegio chocó con un tranvía, dejándola con graves lesiones y cicatrices. Es entonces que debió comenzar a usar corsés para sostener su débil espalda y todo esto allí está como rindiendo culto a su fuerza. Ahí están sus medicinas, la morfina y los calmantes y también la pierna ortopédica que necesitó al final de sus días, cuando le amputaron la mitad de la pierna izquierda un año antes de morir, a los cuarenta y siete años.

Es extraño el fenómeno de Frida, pues a pesar de las tragedias, no hay sentimiento de lástima al ir revisando su vida. Se le ve siempre intensa, en las fotos, en los retratos, su pasión traspasa lienzos y papel de gelatina. Allí la tenemos en Nueva York y en San Francisco en la época que ella llamó “la era de Gringolandia”, donde fue venerada como una diosa exótica. En París, se integró al circulo de Picasso y Cocteau, fue portada de la revista Vogue francesa y su autorretrato “El Marco” se convirtió en la primera obra de una artista latinoamericana adquirida por el museo de Louvre.

Su vida desfila ante nuestros ojos. Más de 6 mil fotografías fueron rescatadas al abrir la puerta de aquel baño en la Casa Azul. Algunas de sus primeras obras también están ahí. Comenzó a pintar su propia imagen desde muy joven, durante su primera larga temporada en cama justo después del accidente. Supo entonces que debía abandonar su sueño de estudiar medicina y buscó en el arte un camino que le hiciera más soportable el dolor crónico. En la última habitación hay una gran vitrina con veintidós de sus inconfundibles atuendos, rodeados de fotografías de Frida vistiendo estos modelos. Otros doscientos trajes esperan en México ser restaurados. Sin embargo, estos que vemos aquí y cuya reparación tomó más de dos años, nos dicen lo suficiente de esta mujer a la que nada logró amedrentar, que fue capaz de ganar una guerra recreando su imagen y que utilizó la ropa, así como su arte, para transformar su dolor en belleza.