Crecí en esa época donde las modelos eran supermodelos y bastaba con decir sólo sus nombres para saber de quién estábamos hablando: Cindy, Claudia, Naomi, Linda y Christy. Era un mundo sin blogs y sin YouTube así que todo lo que llegaba a mí venía en papel. Una época de mucho pelo escarmenado, delineador, cuerpos voluptuosos, accesorios y vestidos apretados. Era la época de Eva Herzigova y su escote insolente en la publicidad de Wonderbra con la lectura “mírame a los ojos”. Luego llegó Kate Moss en el anuncio de Calvin Klein y ella y su figura andrógina borraron todo ese mundo de un plumazo. 

Pero también era la época de dos mujeres que marcaban el ritmo de la moda sin ser modelos ni tener cabellera de amazona: Anna Piaggi e Isabella Blow. La primera, crítica de modas en Vogue Italia y la segunda, editora de modas para diversas publicaciones internacionales. Las dos excéntricas. Loquísimas. Y me encantaban por eso. 

Anna e Isabella tenían obsesión por los sombreros y los fascinators. Llegaban a los desfiles de modas armadas con sus libretitas de anotaciones, abrigo de piel y plumas en la cabeza. Yo buscaba en todas las revistas alguna imagen de ellas. Para mí Anna e Isabella eran de verdad ‘la moda’. Porque se salían del molde y no se ceñían a ninguna tendencia en particular y les importaba un bledo lo que opinaran de sus atuendos.

Siempre me he preguntado qué pasaría si de un día para otro nos dejara de importar la opinión del resto y diéramos rienda suelta a nuestros gustos. Creo que sería un espectáculo maravilloso. Yo llegaría a la oficina con sombreros ridículos, de eso no tengo duda.

Ahora miro a los personajes de la industria de la moda y no hay nadie que me parezca tan interesante como Anna e Isabella. Hay excéntricas, sí, pero son tan distintas. Anna dello Russo es una de ellas, pero su imagen me parece tan milimétricamente hecha para obtener una fotografía que pierde la gracia. Porque para mí lo entretenido y lo bonito de ese mundo es poder ver y encontrar lo diferente, lo que de verdad te hace girar la cabeza y sorprenderte.

Isabella Blow se suicidó en 2007 y Anna Piaggi murió en 2012. Dejaron una legión de seguidores y admiradores. Yo soy una. Recordarlas es volver a esos momentos de mi niñez y adolescencia en que leía con devoción revistas y me decía a mí misma: “algún día me pondré plumas en la cabeza”. Sí, algún día, ya llegará el momento. No pierdo la fe.