Como una declaración de principios, el regreso a la esencia. Supersticiosa, amiga de creer en mundos paralelos y numeróloga de tiempo completo, Cocó hizo de perlas y cadenas un accesorio mágico para alejar vibraciones negativas. Además de usar tréboles de cuatro hojas, leones, coronas de espigas, o ranas croando como talismanes, la modista creía que todo en la vida era un ir y venir, donde la moda debía hacer un doble ejercicio permanente.

Por un lado volver a orígenes y, por otro, renovarse con arrojo y sacrificio. Karl Lagerfeld, el creativo de la maison, corona esta colección con el inmortal sombrero bowler hat plano en su parte superior y con pequeña ala regular por los costados. También conocido como gondolero, Cocó los sacó de su imaginario veneciano, la ciudad de los canales que nombró su segunda patria después de París. Los casquettes propios de la equitación aparecen en las cabezas de la próxima temporada.

El accesorio favorito de los meses que vienen, se renueva en formato XXL, con sujetadores de perlas que envuelven la cara y en constante diálogo con maquillaje ligero, rubor discreto y ojos dramáticos con sombras grises, negras y tornasoladas. La chaqueta de tweed provoca al denim y lo invita a interactuar con solemnes tejidos pied de poule, cuellos amplios e irregulares y detalles en repujado o matelassé, el tradicional acolchado del bolso bautizado boy bag.

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Con un hombro al descubierto, el atrevimiento, el guiño con la modernidad, aparece en los emojis que Lagerfeld incorpora en tramas, broches y artilugios fetichistas de una mujer que busca equilibrio y humor a la hora de enfundarse en una coraza vaporosa, pero siempre con remaches, hebillas y correas en cuero: sortilegios de poder y contención.

Los guantes rompen la monocromía y se incorporan como extensiones que hacen coincidir el ritmo y la métrica de los dedos con un maquillaje de cinco rayos sobre los ojos. El cinco otra vez como un número estelar y cercano a la mística de los arcanos del Tarot. En la pasarela, y en las sesiones de fotos, también se utilizaron emoticons como una enérgica trama de telón de fondo. Un trabajo de grabado de impronta más industrial que artesanal, para contrarrestar el look de las modelos oficiales de la colección: Sarah Brennan y la italiana Mariacarla Boscono.

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La campaña, a cargo del estilismo de Carine Roitfeld, la ex editora de Vogue Francia y emblemática periodista de moda, es un pacífico ajuste de cuentas con la más inolvidable y burguesa Cocó. Salvo por los emojis en serie que dieron la vuelta al mundo. “Yo quería tener un enfoque diferente para el anuncio, y para la imagen de Chanel”, dijo el káiser a la hora de explicar este nuevo universo paralelo para perlas y camelias, lazos para el cuello, gabardinas en beige y negro, además de puntos infinitos para chaquetas y abrigos. Las polleras se mueven con gracia en forma de tulipas acampanadas, al igual que el traje de dos piezas que suma bolsillos, aplicaciones de pasamanería y nobles deshilachados en cadena.

Los cuellos son volumétricos e insolentes, al límite que se transforman en pesadas bufandas que dan dos y más vueltas. Versátiles y juguetones también adquieren la forma de enormes rosetones para llevar un día a un costado y el otro coquetamente sobre la espalda.

Las mangas de los vestidos apenas se asoman sobre los codos, una forma discreta de dejar espacio para guantes, pulseras y accesorios. Las perlas nuevamente hacen su juego en distintos frentes, sobre un suéter de seda y cachemira; en su versión de collares largos le otorgan feminidad a faldas de cuero brillante con detalles esmaltados.

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Pero donde suman más entusiasmo es sobre el cuello y el torso desnudo, apenas cubierto por muselinas o camisas de encaje. El tul de seda cae sobre el vestido de noche y se recoge en la cintura, mientras que el abrigo es de amplias dimensiones, como una gran capa negra con entramado dorado.

La silueta adquiere entonces un aire misterioso, que sólo cambia su destino con botas que se ríen de los nuevos azules, polainas de aire tirolés y vestidos con estampados y puntillismo que fueron la gloria de Chanel hasta en las desaparecidas cortes rusas. No había otra opción, lejos de atmósferas de supermercados o aeropuertos, era el momento de volver a Rue Cambon, a la estética de ese taller que cada vez guarda más inmortalidad que ambición.