Resulta que ya no basta con ser una buena mamá, en el sentido clásico del término. Ahora hay que ser una mamá cool, chora, con onda. Todo el rato.

No hace mucho escribí en estas mismas líneas sobre la maternidad hot; esas mujeres que sólo aumentan los kilos del crío durante el embarazo y que, tras parir, suben a Instagram fotos todas regias y con mensajes odiosos del estilo “Si yo puedo, tú también puedes ‘gordita’”. Y, cómo no, las muy desgraciadas mantienen una vida sexual de película porque por una extraña mutación genética sus guaguas no lloran ni piden leche cada tres o cuatro horas y, en consecuencia, no andan a patadas con las ojeras como la mayoría de las mortales para quienes el mejor orgasmo es una buena siesta. Además, tienen un marido que las desea incluso durante la olvidada cuarentena (¿existe hoy todavía esa etapa del posparto?), esa pausa de la que hablaban nuestras abuelas y donde había que mantenerse como sea alejada de los deseos de la carne supuestamente en conflicto con los deberes de la maternidad.

Bueno, como las cosas pueden siempre complicarse todavía más, resulta que hoy la tendencia en Estados Unidos —y que ya tiene pimpollos en nuestro país— es el de la mamá cool. Como la Beyoncé o como la Kardashian. Mujeres que no sólo exhiben sus cuerpos curvilíneos y una cara con ganas de pecar eterna, sino que también muestran a su descendencia casi como un accesorio. No les importa exponerlos al escarnio público (la primogénita de la Kardashian fue objeto de burlas en el programa Fashion police: no cumplía el año y la mandaron a depilar), vestidos con pieles, piercing y cuanta choreza tengan a mano, porque en el mundo de estas súper procreadoras lo que manda es el número de likes.

Esta exhibición tan poco realista de hormonas y glamour, tuvo como consecuencia que muchos seguidores comenzaran a llamarlas mom en las redes sociales, algo así como mamá, pero más ambiguo, más slang; una mezcla entre ‘mamita’, ‘mamacita’ y ‘madre mía’. Autoridad y erotismo; deber y placer. “Mom!”, escribió una fan cuando la Kardashian apareció en la revista Paper con su trasero acondicionado como bandeja para una copa de champaña.

Como suele ocurrir en EE.UU., los expertos comenzaron a buscar explicaciones antropológicas a un fenómeno que, en mi humilde opinión, no es sino otra muestra más del aburrimiento y decadencia de Occidente. Fue así como concluyeron que en el siglo XXI ser madre ya no es sinónimo de ser nerd (en ese país si algo es aburrido se dice ‘bluejeans de mamá’), sino que es el último grito de lo cool. El mejor piropo que una mujer puede recibir.

“¡Quiero que seas mi mamá!”, anotan las seguidoras en las redes sociales cuando aparece una celebridad regia guiando de la mano a sus hijos por los caminos de la fama digital. “¿Serías mi mamá?”, escribe otra alma extraviada ante la foto de Taylor Swift en la web. ¿Pero no es que la reina del pop no tiene hijos? No importa. Ella es una autoridad, alguien a quien imitar y aunque no haya pasado por las pellejerías de las estrías y de las noches insomnes, igual se ganó el apelativo de ‘mamá’, simplemente porque es ondera. Y esto también incluye a veteranas choras como Ruth Bader Ginsburg (84), la jueza de la Corte Suprema de Estados Unidos a la que le dio lo mismo ningunear y tratar a Donald Trump de plumífero mal teñido.

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Pero lo que para los gringos es una novedad, por estas latitudes no lo es tanto. Todos sabemos que los argentinos dicen ‘Somos tu papá’, cuando quieren dejar claro que son los mejores en algo, sobre todo en el fútbol. Y eso de usar ‘mamita’ o ‘mamacita’ como sinónimo de ‘mina rica’ es más viejo que el hilo negro. Si hasta en el Diccionario de Americanismos se acepta como adjetivo para una mujer “físicamente hermosa y atractiva”. En el clásico Conversación en la Catedral, el Nobel Vargas Llosa escribe muy suelto de pluma y cuerpo: “La silbaban, decían rica, mamacita, hacían muecas obscenas”. Porque con la mano en el corazón, hay algo de pervertido, retorcido, poco santo y, en consecuencia, entretenido, en eso de llamar ‘mamá’ a alguien que ni te crió ni menos te parió. Freud haría un festín con esa rupestre costumbre del trabajador de la construcción de invocar a quien le dio la vida cuando ve pasar a una mujer.

Por ser literalmente la madre de todas las cosas, esta palabra puede usarse ampliamente. ‘Salirse de madre’, ‘desmadre’ , ‘lengua madre’, ‘madreperla’, ‘madre del cordero’ ‘CTM’, etc., son algunos ejemplos. Por eso me llama la atención que en el Primer Mundo recién estén comprendiendo lo extenso de su simbolismo y partieran asociándolo a lo cool.

Como sea, esta nueva moda me inquieta e incomoda. Me acongoja incluso.
Hoy, aparte de todos los deberes que implica criar como una mujer decente —digna de comercial de lavalozas— hay que vestirse de forma aparatosa, tener un cuerpo escultural y una cara de mala conducta.
Para eso prefiero que me llamen abuelita y tener una vida cero cool, pero virtuosa.