Conocimos a Michelle Bachelet en el año 2000 cuando fue elegida por el Presidente Ricardo Lagos como ministra de Salud. Veinticuatro meses más tarde llegaría a Defensa. Más de una década en la cual sólo la vimos usando aburridos trajes de dos piezas, alternando pantalones con faldas. Siempre, como si la política estableciera como obligación el terno para hombres, y su equivalente en las mujeres.

El uso de colores fuertes y telas llamativas eran su máxima osadía. Y ni tanto. Fue en 2005 cuando el ministro de Hacienda de entonces, Nicolás Eyzaguirre, en plena campaña presidencial se refirió a la candidata Bachelet como “la gordi”, y la frase explotó como una bomba de pintura, tiñiendo para siempre su manera de vestir. Fue como si esa sentencia le hubiera arrebatado su feminidad. Ese momento es radical a la hora de hablar de la imagen física de la Presidenta electa. Da lo mismo si es doctora, cocinera o maestra rural. Para cualquier mujer el tema del peso y la imagen es delicado, y esa nefasta declaración puso en la palestra su imagen física por primera vez.

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Desde ese entonces y hasta el final de su mandato presidencial en el año 2010 Bachelet no hizo cambios radicales a su estilo. Siempre con el mismo corte de pelo, los trajes de dos piezas en colores fuertes, aros y collares de perlas. Ni los marcos de sus lentes han tenido cambios.

Fue cuando dejó Chile y se fue a trabajar a la sede de Naciones Unidas en Nueva York que comenzó a aparecer —de manera absolutamente esporádica—, como una mujer distinta. En palabras de las expertas en moda, Michelle Bachelet lucía hippie. Una nueva imagen para algunos, pero que es la que lleva en la sangre: “Sin duda su mejor momento fue justo el prepolítico, su época universitaria, previa a la vida pública que la hizo desgastarse y formalizarse más de lo necesario. Es como si hubiera asumido el traje de dos piezas como una especie de deber moral y físico, porque el cuerpo le cambió profundamente con el paso del tiempo y tal vez pensó que era la solución más apropiada para llevar adelante sus nuevas responsabilidades, años, kilos y cargos”, opina la productora de moda Francisca Germain.

Quién viste a Bachelet es ahora la pregunta del millón. Las redes sociales estallan hablando de sus túnicas y batones, pero la persona detrás de esas tenidas es un secreto mejor guardado que los nombres de su gabinete. Cuando salió elegida presidenta por primera vez ya muchos se preguntaban quién era responsable de la imagen de la mandataria.

Se hablaba de un diseñador que le hacía trajes a la medida y de un sastre que le cosía los vestidos para las actividades más protocolares. Y cuando algún periodista trataba de preguntar entre su círculo más cercano el tema era casi tabú, y el mutismo absoluto.

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Después de su silenciosa llegada desde Nueva York para empezar la campaña política de 2013 apareció una Michelle Bachelet con un evidente aumento de peso, pero mucho más conforme y descontracturada. Se había amigado con su estilo hippie. Incluso hay quienes dijeron, cuando pasó a la segunda vuelta, que le estaba “copiando” el look a Sfeir, como una manera de captar más votos. Frente a eso sólo hay que revisar el pasado de Bachelet, con fotos que evidencian que ella siempre ha vestido así y que fue su trabajo, y no su gusto por la moda, lo que la alejó de ese estilo. En esa ocasión optó por una prenda de cuello mao en tonos brillantes y bordados en dorado.

Eso era lo que se veía en cámara… pero nadie reparó en los zapatos, negros y con el taco adecuado y cómodo, como a ella le gusta. ¿De retail? No, eran unos Salvatore Ferragamo, un pequeño toque de elegancia que pasó inadvertido para la mayoría y que habla del acercamiento a un look más elegante, o a un hippie más chic.

Cercanos cuentan que le gustan las telas de colores alegres, con brillos como la seda o el shantung (otro tipo de seda pero más rígida), los conjuntos de collar y aros iguales, zapatos cómodos, chaquetas cuello Mao y los pantalones rectos, sueltos y anchos.

Romina Meier, diseñadora de vestuario y productora de moda, creó dos de los trajes que usó Bachelet en los debates que enfrentaron a los nueve candidatos: “El nuevo look habla de un empoderamiento de su imagen, finalmente tomó la decisión de sentirse ella misma, algo muy bueno para el rol que debe asumir nuevamente”, dice.

Michelle no camina sola por la red carpet de la política mundial. Angela Merkel y Dilma Rousseff tienen un estilo similar al que usó la mandataria chilena en su primer gobierno. La diferencia, hilando fino, es que Merkel es más minimal y quizás un poco masculina. Dilma, en tanto, cuida mucho su pelo y su maquillaje y tiene un look más femenino. “Seguramente ninguna quisiera ser como Cristina Kirchner, quien ha arrastrado distintas críticas que nada tienen que ver con su labor sino más bien con su gusto por diseñadores caros, y la frivolidad que eso supone dentro del contexto político”, opina Francisca Germain.

El pasado domingo 15 de diciembre, cuando salió a dar su discurso vencedor, Bachelet vestía un traje de pantalón y blusa con aires de la India con buena caída y un pañuelo que se movía con el viento. Quizá con esa imagen la veremos los próximos cuatro años. Definitivamente hippie, un estilo que muchos van a juzgar pero que es el mismo que elige la gran mayoría de las chilenas. Sería un acierto, y más aún si quien la asesora logra encausar su hippismo y transformarlo en algo un poco más chic, donde la mandataria no se sienta incómoda, y pueda abandonar finalmente ese gestito —casi tic— que tiene cuando la blusa o chaqueta le quedan apretadas.