Si hay algo que tengo claro es que la elegancia no se compra. Muchas personas erróneamente creen que llevando carteras de grandes firmas o vistiendo zapatos de diseñador lograrán ese sello de distinción que tanto escasea por este tiempo. La elegancia más que residir en una cartera, un vestido o un reloj, donde mejor puedes percibirla y en todo su esplendor es cuando la encuentras en las personas. De ahí que la frase “Aunque la mona se vista de seda, mona queda” me haga total sentido. La elegancia es sútil, delicada y encantadora.

Pero ¿se nace con la elegancia o se puede aprender en el transcurso de la vida?. Honestamente por ambos caminos se puede llegar al objetivo. No me cabe duda que hay mujeres que nacen con el don, algo así como una cualidad heredada, como es el caso de Grace Kelly, su hija Carolina de Mónaco y su nieta Charlotte Casiraghi todas íconos de estilo, buen gusto y sofisticación. Al parecer hay un factor hereditario evidente de esta cualidad y que nos lleva a pensar que es algo con lo que se nace. Es común ver a madres e hijas que conservan el mismo garbo, ese encanto innato que se despliega con total naturalidad y por supuesto si verse forzado.

No obstante, también creo que la elegancia puede aprenderse. Sería muy injusto decir que es sólo un atributo de algunos y que depende de la herencia o tradición. Un buen look puede ayudar mucho, no me cabe duda que todas nos sentimos de maravilla caminando sobre unos Louboutin, pero eso queda opacado si no hay una actitud y conducta que vayan en relación a él.

Todas tenemos la capacidad de reinventarnos y trabajar en aspectos de la personalidad que no nos agradan. La clave está en entender que la elegancia va más allá de una forma de vestir, sino que está ligada con la actitud y al comportamiento.

La elegancia es una actitud ante la vida y como toda actitud, podemos nacer con ella o aprenderla. Olvídate de las visiones más pesimistas y confía en que sólo tú tienes el poder de convertirte en esa persona que siempre quisiste ser.

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