“Antes de Google, antes de Facebook, antes de los mensajes de texto. Nuestro romance fue a la antigua”, dice Lauren cuando recuerda los días que conoció a Andrés Santo Domingo, el magnate colombiano que maneja los hilos de un poderoso grupo económico que también comparte con su sobrina Tatiana, ahora flamante princesa de Mónaco y mujer de Andrea Casiraghi.

En medio de esa escena palaciega, con veraneos interminables en Cartagena de Indias y la Costa Azul, Lauren Santo Domingo encarna, sin embargo, otra clase de mujer. Una que desafió a su padre, el fundador de la filial del Grupo Perrier en los Estados Unidos, para no estudiar negocios como era el deseo familiar. Cuando salió de su casa, en Conneticcut, estudió historia en California y luego pasó al trabajo editorial de la mano de Anna Wintour. Como fiel asistente de la zarina de la moda, Lauren brilló por cuenta propia. Afinó su ojo en la producción de páginas de Vogue y muy pronto aprendió el valor de una agenda internacional. Como ninguna sabe quién es quién en la industria y sus meetings son la sensación de la temporada.

Cuando hace un par de meses abrió su ‘hotel particulier’ en la Rive Gauche para presentar una colección del diseñador Peter Dundas, patentó una nueva forma de hacer las cosas. Logró invitar a personajes clave como Sofía Sánchez de Betak, Bianca y Coco Brandolini, Carine Roitfeld, Fabiola Beracasa, Lily Donaldson, Georgia May Jagger, entre un puñado de cisnes de la moda bajo el atento ojo de Stefano Tonchi, editor de W y otro amigo fiel. Ellos fueron los testigos de cómo incorporó los diseños de Dundas para ser comercializados por Moda Operandi, su propia plataforma que revoluciona el mercado del lujo. En esa ‘soirée’, ella se vistió de Rochas para ir a tono con la decoración de su casa francesa a cargo de François Catroux y un banquete preparado por el chef Maxime Bertrand.

En Manhattan o en Mónaco, Lauren es una monarca que proviene de lo más profundo de la sociedad estadounidense, la esperanza de una nueva Jacqueline Kennedy, una rubia aristócrata que parece traer de vuelta el garbo de Grace Kelly o Carolyn Bessette. Como si fuera una princesa sin corona, la favorita del couché combina solidaridad y cultura. Pero nadie olvida cuando en esa fiesta de cuatro días en Cartagena de Indias se casó con el hombre más rico de Sudamérica. Era el verano del 2008 y dos mil amigos llegaron en sus jets privados al Caribe. Todos querían verla cuando caminara bajo las palmeras con un vestido de Nina Ricci y dos mil perlas en el cuerpo.