La Rue Cambon en el centro de París, a metros de la Place Vendôme, de la Place de la Madelaine y del Jardín de las Tullerías,
 tiene vida propia y no descansa. Por allí pasean sin parar franceses y turistas atraídos por la historia de una mujer, de Gabrielle Coco Chanel. A veces da la impresión de ser casi un lugar de peregrinación, como si la sola mirada a las vitrinas o a los ventanales de lo que fueron su estudio de trabajo, su taller y su departamento, hiciera el milagro de capturar ese un aire de elegancia y allure de mademoiselle Coco.

En el segundo piso del Nº 31 de la rue Cambon el tiempo pareciera haberse detenido. Se sube por la icónica escalera de caracol, cubierta de una impecable alfombra color marfil, enmarcada por los enormes paneles de espejos art déco que acompañan el recorrido completo, casi en un viaje por el tiempo. Es posible imaginarse los momentos en que la diseñadora se sentaba discretamente en el quinto escalón —así de precisa, ni en el cuarto ni en el tercero, en el quinto, como en su Chanel 5— para ver bajar a sus modelos luciendo cada una de las creaciones para su exclusiva clientela.

Cruzar el umbral del departamento, de estilo barroco, es entrar directamente a la intimidad de mademoiselle. Al lugar donde ella socializaba y renovaba energías después de crear en su estudio, ubicado en el piso superior, y que es donde también hoy Karl Lagerfeld encuentra la inspiración esencial para seguir haciendo historia con las colecciones de la casa de moda.

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Hoy los recuerdos de las veladas en las que participaron desde Pablo Picasso a Elizabeth Taylor y una larga lista de nombres de amigos y personajes relevantes del mundo creativo y cultural, parecen flotar en el silencio de los tres salones que forman el departamento. Al entrar se aprecia el antiguo sillón blanco del siglo XVIII, fabricado por Claude Chevigny, que tras desaparecer por muchos años fue casualmente encontrado por Lagerfeld en una subasta en Monte Carlo en los ´80. ¡Sí! El mismo sillón de madera de nogal y tapizado en satén, en el que la diseñadora posaba a finales de los años treinta en una de sus más tradicionales imágenes, captada por uno de los primeros fotógrafos de moda, el alemán Horst Paul Albert Bohrmann —o simplemente “Horst”—.

En el hall de entrada los biombos orientales que tapizan las paredes, el sillón blanco, la silla en la que se sentaba para trabajar sus creaciones sobre el cuerpo de las modelos y el gran espejo frente al cual hay un enorme ramo de espigas —símbolo de la abundancia y de la prosperidad— creado para ella por su amigo orfebre Robert Goossens, son todos objetos que guardan algún secreto de este lugar donde nacieron muchas de las grandes ideas que revolucionaron la moda contemporánea.

En esa atmósfera única, todo es una referencia actual y vigente de la vida de la diseñadora. Tan apasionada por la literatura como lo era por la moda, la biblioteca ocupa un lugar central en su mundo personal. Los libros fueron las puertas y ventanas que llevaron a la francesa a viajar y abrirse a un mundo por el que siempre sintió curiosidad e interés. No por nada el francés Pierre Reverdy, fue uno de sus grandes amigos y quien, entre otros, la llevó por los caminos literarios.
Tanta fue la influencia de los libros en su vida que, por estos días, gran parte de la magnífica biblioteca que ha dejado en la Rue Cambon va a ser parte de la exhibición en el Palacio Ca’Pesaro de Venecia llamada “La mujer que lee” para retratar en más de 350 piezas una nueva perspectiva de Chanel y su relación con la literatura y varios de los autores más relevantes de la época, así como el impacto veneciano en su vida.

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No deja de sorprender esa pasión que Coco sentía por China y el estilo oriental, y sus biombos de Coromandel fueron su mejor solución para separar ambientes y tapar las puertas que detestaba. Estos biombos chinos, que tomaron su nombre del puerto indio desde donde eran despachados, son piezas lacadas que representan paisajes y dibujos tradicionales como las camelias y pájaros que pronto se convirtieron en algunos de los íconos de la casa y que hoy decoran incluso piezas de joyería fina como los relojes de la colección Mademoiselle Privé.

En el departamento están también sus símbolos, los mismos que dejó grabados en el alma de su marca. Allí están sus leones que recuerdan el signo zodiacal bajo el cual nació; las espigas que están como adornos en floreros, como bases de mesas laterales y cómo no reparar en esa sencilla y magnífica obra de una sola espiga en un fondo negro que su gran amigo Salvador Dalí pintó para ella.

Más adentro llama la atención la pareja de ciervos japoneses que le regaló su buena amiga, la pianista Misia Sert. Y cómo no reparar en la simpática rana que tiene en su boca un cristal que, según cuenta ya la historia, está ahí gracias al ligero accidente del impresionantemente guapo y alto diseñador Hubert de Givenchy. Al entrar al departamento su porte dio con la lámpara que ilumina el salón y cayó uno de los cristales; nervioso pidió disculpas, Coco Chanel no le dio importancia y le habría dicho sencillamente que desde ese momento quedaría muy bien en la boca de la rana —que estaba en una mesita lateral— y desde allí daría suerte, amor, dinero y salud. Ahí está todavía.

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En ese salón también está el gran sofá que ella misma diseñó pensando en lograr una pieza cómoda, en tiempos en que los tapices solían ser de seda, ella decidió tapizarlo en cuero beige. Sentarse allí y admirar la gran lámpara, también diseñada por ella, para descubrir sus “doble C enlazadas” y sus muy preciados “5” es un verdadero lujo. Lo mismo que mirar con atención las cajas que recibió del Duque de Westminster y que si bien son plateadas por fuera, al abrirlas lucen el oro del que están hechas. Una clave más para mirar los diseños de la casa de modas, que hasta hoy mantienen los bordados y detalles más finos en los forros de sus creaciones, simplemente porque el interior debe ser tanto o más bello que el exterior. Voilà!

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Al entrar al comedor donde recibía a sus amigos es imposible no impresionarse con los espejos de forma octogonal que trajo de Venecia y que recuerdan la tapa de la icónica fragancia Chanel 5, inspirada a su vez en la Place Vendôme. Según su costumbre, nunca había demasiadas personas a la vez y las preparaciones frías eran las preferidas pues no dejaban olor en el departamento.

El Hotel Ritz fue su habitación y desde allí caminaba hacia la Rue Cambon cada mañana hasta el día de su muerte, el 10 de enero de 1971. Ese día se detuvo el tiempo en el departamento del Nº 31. Hoy, tras ser declarado “monumento histórico” hace tres años, solo invitados especiales o VIP caminan por la escalera de caracol y cruzan el umbral de la intimidad de mademoiselle y de la misma maison, y tienen la experiencia de percibir lo que ha dejado en el ambiente la mujer que amó, diseño y vivió con pasión para revolucionar la estética del siglo XX.