Cuando Juliana Awada (42) entró por primera vez a la residencia de Olivos no pudo sino respingar su linda nariz. El lugar donde Cristina Kirchner vivió sus últimos días como presidenta le pareció oscuro y deprimente. Una pocilga. Pero sobre todo, un espacio de muy mal gusto.

Su mohín no sorprendió a quienes la conocen. Desde que era una niña Juliana entendió que debía pulir su sentido estético si lo que quería era fundar un imperio de la moda sofisticado y elegante. Algo muy distinto al taller textil familiar y a su casa en Villa Ballester.

Fiel a su impronta, una de las primeras órdenes que dio antes de mudarse a la quinta presidencial fue cambiar el color terracota de las paredes elegido por la ex mandataria. Ahora en Olivos reinaría un blanco puro y perfecto, muy en la línea monocromática del vestuario que la esposa del presidente Mauricio Macri (57) luce cuando lo acompaña en actos oficiales.

El episodio del respingo aparece en la biografía no autorizada que escribió el periodista Franco Lindner titulada simplemente Juliana (Editorial Planeta). Se trata de una anécdota muy bien escogida, ya que la fijación estética de esta hija de inmigrantes libaneses y sirios musulmanes es clave para entender cómo se convirtió en un referente del estilo chic sin esfuerzo celebrado por Vogue y otras revistas de moda que la comparan con Jackie Kennedy. Pero más importante todavía, ese desprecio por lo mediocre le abrió el camino para ser una mujer tras el poder.

La prensa afín no se cansa de aplaudir la lealtad de Juliana con un look relajado donde dominan los colores neutros como el negro, blanco, azul y gris; las líneas sobrias y en varias ocasiones los jeans rasgados. También le agradecen su fidelidad con las marcas de diseñadores argentinos como El Camarín, Menage a Trois o Jazmín Chebar. Sin embargo, esta constancia, esta lealtad, es sólo un espejismo, ya que si hay algo que define a Juliana es el arte de la transformación: lo único que permanece intacto en su historia es esa sonrisa angelical que conquistó a Macri mientras ejercitaban en un exclusivo club y sus miradas se cruzaron.

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Fue el propio presidente quien la llamó su ‘hechicera’. En el taller textil de sus padres Awada dio sus primeros pasos de princesa en medio de una sobriedad forzada. En los 90 vino el desquite cuando se casó con su primer marido, el menemista Gustavo Capello, y usó un vestido que era puro exceso: mucha tela y ríos de pedrería. Fue una época frívola a la que siguió ropa sexy, con escotes profundos y tajos que destacaban su porte. Si hasta aparece por ahí una pareja que se suponía conde, pero que de real tenía sólo la billetera.

Ya vuelta a casar, esta vez con Macri, y convertida en primera dama, la prensa destacó su naturalidad, pero sobre todo su estilo tan hogareño que llevó a la revista Noticias a dedicarle un artículo de portada titulado El Regreso de la Mujer Decorativa. Allí Juliana confiesa: “Me encargo de la comida, de la casa, de la obra de Olivos”. 

Por supuesto que esto de ser calificada como una primera dama ‘florero’ no le cayó nada bien, pero los asesores tras la imagen de los Macri vieron en esta ‘ofensa’ una oportunidad. Fue así como antes de cumplir un año de su aterrizaje en la Casa Rosada ya la sometieron a una serie de focus group y encuestas para potenciarla como la cara social y amable del gobierno. Los genios del marketing concluyeron que, al revés de Cristina K., la esposa del presidente no transmitía ambición política. Eso de la mujer del mandatario en ‘modo’ futura candidata que masculinizó a la ex jefa de gobierno. Por el contrario, Awada “convertía al Presidente en una mejor persona” gracias a sus atributos ultrafemeninos y a su papel de madre devota.

Por eso, después de debutar en la localidad de Santiago del Estero visitando sin Macri una fundación dedicada a familias vulnerables, hoy es común que un día figure con niños en un comedor de Catamarca y al siguiente en clubes para abuelos. Siempre con un estilo relajado, tapados oversize de su propia marca de ropa, maquillaje neutro y pelo natural; nada de joyas salvo un reloj ultragrande. Eso sí, no transa sus botines o stilettos italianos ni siquiera en la Argentina más profunda.