Bangkok es una ciudad de contrastes. Enormes rascacielos que conviven con construcciones del siglo XVII; autos de alta gama que avanzan al costado de embarcaciones populares, donde la gente se traslada como ganado; templos que invitan a viajar a través del tiempo a pocos metros de donde funciona el Pat Pong, uno de los principales mercados nocturnos de artículos falsos… Bangkok es una ciudad fascinante y oscura a la vez.

En Pat Pong, a la vista de todos, además de cinturones, zapatillas y joyas apócrifas de primeras marcas, cualquier turista mayor de edad puede entrar a mirar adolescentes semidesnudas bailando sobre un escenario como si se tratara de una escena de la película Taken. Esa en la que Liam Neeson buscaba desesperadamente a su hija secuestrada. Por todas partes –templos, mercados, edificios públicos y privados– hay fotos del rey Maha Vajiralongkorn. Cuentan que esa imagen no lo muestra tal cual es ahora, sino absolutamente rejuvenecido. Pero nadie se atreve a confirmarlo. Ni siquiera a dar una opinión sobre política. Se supone que a fin de año habrá elecciones, pero todo eso es tabú.

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La fama de playboy del rey es un secreto a voces, algo imposible de chequear durante el viaje. Cultura ancestral, gastronomía y la mejor y más variada oferta de masajes a prueba de cualquier nivel de estrés. Así es la ciudad que nos recibe con una humedad insoportable y una invasión de mosquitos que de noche atacan sin piedad. Y así es también la ciudad que acoge la mayor cantidad de fábricas de joyas del mundo. El polo industrial, al Este de Bangkok, se llama Gemopolis y más de cien fábricas se han instalado ahí en los últimos años. Para llegar a Gemopolis hay que levantarse al alba y así evitar el caos de tránsito.

Entre los millones de autos, motos y TukTuk (una especie de taximotocicleta con capacidad para cuatro pasajeros sin cinturones de seguridad) el viaje se convierte en odisea. Después de una hora aparece este parque industrial, que no es muy distinto de lo que uno podría imaginar. Al borde del camino proliferan las fábricas y en el centro hay un gran outlet al que llegan compradores mayoristas de todas partes del mundo, como también turistas bien dateados. Se puede comprar por unidad y los precios de aros, anillos, piedras y todos los insumos para el rubro son insólitos. Justo rodeando este gran mall está la fábrica de Pandora, la más grande, donde se producen 117 millones de unidades al año, todas a mano. La empresa danesa nació en Copenhague en 1982 y cuando comenzó a crecer, sus dueños –Per y Winnie Enevoldsen– entendieron que para responder a la creciente demanda debían dar un gran salto.

Se instalaron en Gemopolis en 2003, enamorados de la manufactura tailandesa, y desde entonces el crecimiento ha sido abismal. Aquí conviven 17 edificios de la compañía (los principales son de producción e investigación), que emplea a 13 mil personas (51% mujeres) a las que pasan a buscar en autobuses privados por sus casas, todas las mañanas. “El transporte es un gran problema para nuestros trabajadores y el amor es un pilar fundamental de nuestra empresa. No solo cuidamos el producto y el medioambiente, sino que también nos preocupamos del bienestar de las personas que forman parte de nuestra familia”, explica Nils Helander, SVP Manufacturng and Managing Director. Seguramente por eso el índice de rotación de empleados no supera el 4 por ciento.

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Una vez que entran, se quedan hasta jubilar. La responsabilidad medioambiental no es tema menor para Pandora. De hecho, es la única joyería que cuenta con la certificación LEED (reciclan agua, basura, materias primas y reducen el consumo de electricidad, entre otros factores). Este es uno de los motivos que explica el crecimiento exponencial de la marca en el mundo y su increíble expansión en Latinoamérica. Así como la industria de la moda se ha rebelado contra el uso de pieles y ciertos procesos de producción y de comercio, lo mismo está sucediendo con las joyas. Hoy se valora más un producto que tenga detrás una historia de responsabilidad social empresarial más que un simple logo, por muy conocida y lujosa que sea la marca. El affordable jewelry combina todos esos factores. Anillos, pulseras, aros y los mundialmente famosos charms (“dijes” en español) se producen aquí. Los empleados visten todos igual, uniformados de la cabeza a los pies. Algunos usan barbijo y otros no, pero todos se mueven con precisión de cirujano. Adentro de la fábrica no vuela una mosca. Todo es impoluto, como una sala de operaciones. Cada pieza pasa por varias manos antes de ser etiquetada y aprobada para la venta. Uno pule, otro engarza, otro perfecciona, más allá clasifican. Todo funciona de manera cronometrada, mientras enormes monitores dan cuenta de la evolución del trabajo de equipo.

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“Todas las mujeres tienen una historia y todas esas historias pueden ser relatadas a través de nuestros productos”, explica Martín Pereyra Rozas, argentino que ha vivido por todo el mundo y hoy lidera desde Panamá la operación de Pandora en Latinoamérica (incluidos México y Brasil). Tal vez ahí radique realmente el éxito de la marca. En romper con la moda de la producción en serie y proponer productos realmente customizados, pero desde el alma de cada clienta. “La gente no dice ‘qué linda la pulsera’, sino ‘qué linda tu pulsera’. Porque ninguna es igual a la otra. Cada mujer le agrega los charms que desea según la historia que quiere recordar”, explica Pereyra Rozas.

Cae la tarde en Gemopolis y hay que huir antes de la hora peak. La vuelta a Bangkok no es más expedita que la ida y la noche nos sorprende en Khao San Road, otro mercado nocturno donde abunda el alcohol, las brochetas de escorpión y los masajes en plena calle. Elegimos esta última opción. Media hora del mejor foot massage por unos dos mil pesos chilenos. Los turistas bailan desaforados, los locales caminan con parrillas de brasas ardientes ofreciendo comida indescifrable, y yo cierro los ojos para concentrarme en el masaje Thai, aunque el olor nauseabundo me distraiga. Así es Bangkok. Única, como un charm.