Una aclaración. Antes de ser conocida como ‘la criatura’, Kate Moss llegó a ser el epítome de la estética waif (niño abandonado). La historia de la modelo británica que se convirtió en ícono de la cultura popular, parte en 1988 cuando a los 14 años fue descubierta en el aeropuerto JFK (Nueva York) por la fundadora de la agencia Storm, Sarah Doukas.

El gran salto llegó en 1990. Ese año ocupó la portada de la revista The Face, una especie de manifiesto grunge contra el glamour recargado de los ’80. Su cuerpo menudo y su cara fresca fueron captados por la fotógrafa Corinne Day en unas sesiones que —según declaraciones de la modelo a Vanity Fair— la hicieron llorar. Como muchas adolescentes, Kate odiaba sus pechugas, dice, y en esas imágenes abundaban. Pero, sobre todo, odiaba despedirse así de su niñez. Ese adiós definitivo vino en 1993 cuando firmó un contrato por ocho años con Calvin Klein y la acusaron de explotar el look heroin chic. Fue así como de niño salvaje, de waif, pasó a ser simplemente ‘la criatura’. Una que todos querían.

Sí, todos querían a la Moss. En 1993, el Vogue británico publicó unas fotos que revolucionaron al fashionismo. Su estilo desgarbado ya no estaba más reservado para revistas alternativas. Ese año, el mainstream de la moda editó una imagen en la que aparecía a cara lavada, vestida con una camiseta y ropa interior casual. Pero, paradoja, un mundo acostumbrado a modelos voluptuosas encontró en el retrato de esa niña desaliñada la quintaesencia del mal. Para ellos —anota Vanity Fair— allí estaba el porno, la droga, la anorexia y la pedofilia, todo junto. Al final, Kate ganó la partida. Versace, Chanel… todos la querían. También Johnny Deep. En efecto, el fin de la relación con el actor significó una nueva crisis para la modelo que se sentía desamparada y exigida. Pero otra vez salió a flote y en 2002 sorprendió con el embarazo de la que sería su única hija Lily Grace, fruto de la relación con el editor Jefferson Hack. Durante esos nueve meses posó para el pintor Lucian Freud y también inspiró obras de Banksy, Tracey Emin y del escultor Marc Quinn, entre otros. Así pasó de ser la criatura a un ícono de la cultura popular contemporánea.

Por supuesto, a ningún ícono pop le falta una dosis de escándalo: Kate vivió su época más conflictiva junto al músico Pete Doherty, con quien las peleas y reconciliaciones iban de la mano de juergas de alto calibre. El peak de esta espiral de autodestrucción llegó en 2005,  con la publicación de imágenes donde se la veía en un estudio de grabación consumiendo cocaína. Otra vez le llovían apodos (ahora era Cocaine Kate) y H&M, Chanel y otras marcas la despidieron. Pero como lo que distingue a toda criatura es su naturaleza elusiva y sus dotes de supervivencia, al mismo mundo que la había vampirizado le devolvió la mano. Así lo hizo la legendaria editora del Vogue de Estados Unidos, Anna Wintour, por ejemplo. Después de este espaldarazo, otro capítulo se abría en su carrera.

Esta etapa partió con nuevas portadas y ediciones de moda (W magazine se la jugó por ella) y siguió con el desarrollo de su talento como diseñadora. Entre 2007 y 2010 creó colecciones para la marca británica Topshop, donde impuso el look boho chic con jeans pitillo y vestidos con mini estampados. Miles la siguieron. Así, la chica que escandalizó al afirmar que “nada sabe mejor que estar flaca”, hoy figura casada con el rockero Jamie Hince, es la última portada de i-D, firma para Longchamp y factura 9 millones de dólares anuales (sólo la supera Gisele Bundchen). Tiene 39 años, pero todavía sigue vigente para ella la frase que en 1990 lanzó Linda Evangelista: ‘No se levanta por un cheque  que no tenga varios ceros’. Nada mal para tratarse sólo de ‘una criatura’.

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