Sencilla y espontánea, cuesta creer que esta mujer de 1.70 metro de altura, cejas espesas, ojos negros profundos y risa contagiosa sea la actriz chilena más exitosa de Hollywood. Hace unos días estuvo en nuestro país acompañando a la mexicana Patricia Riggen, la directora de la película Los 33 (basada en la dramática experiencia de los mineros de Atacama) para presentarle a ellos en exclusiva el filme ya terminado, que cuenta con Antonio Banderas y Juliette Binoche como protagonistas, y en el que María José de Pablo (35) tendrá el rol de Jessica Vega, la mujer del minero atrapado Alex Vega (Mario Casas), quien se hizo cargo de organizar el campamento Esperanza sobre tierra. También Cote será la voz de la canción Gracias a la vida que acompañará la producción; un tributo a Violeta Parra.

“Fue muy emotivo”, dice sobre la reunión con los 27 mineros que finalmente llegaron al encuentro. “Ellos no habían visto la película terminada, estaban nerviosos, no sabían con lo que se encontrarían. Significaba además revivir esa experiencia tan fuerte en lo físico y espiritual. Muchos se emocionaron, otros se paraban y salían; estaban también los que se contenían. Recuerda que son hombres muy machos…”, cuenta la actriz sobre esta experiencia con Los 33 que no sólo en lo profesional la acerca por primera vez a Chile, también es una oportunidad para abrirse paso en el cine hollywoodense tras ocho años de una exitosa carrera en la televisión norteamericana como la agente israelí Ziva David de la serie NCIS. Esta es seguida por una veintena de millones de televidentes cada semana, y cuyo personaje no sólo la hizo millonaria (terminó ganando 120 mil dólares por capítulo), sino que la catapultó a la fama, llegando a convertirse en 2011 en la segunda actriz más popular de la TV según un estudio de Q Score. Ese mismo año obtuvo, además, el premio Alma en la categoría “actriz favorita” en un papel dramático.

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Un final brillante para una historia marcada por el esfuerzo y constancia, que comenzó a los 10 años cuando Cote partió a vivir a Miami con sus padres, el empresario Francisco de Pablo; la presentadora del Festival de Viña, María Olga Fernández —que más tarde se separaron— , y sus hermanos menores, Pancho (Dj) y Andrea (diseñadora), quienes viven en Miami y Los Angeles. 

Para Cote fue un cambio de país, pero también de vida; un saltar de un entorno conservador y católico como era el Villa María para terminar en el colegio New World, con una educación muy similar al de la serie Fama, con actores, músicos, bailarines, ¡súper hippie!, donde no sólo abandonó prejuicios, límites e intolerancias, también dio rienda suelta a su lado artístico para dar paso a la mujer que es hoy: libre, frontal, desinhibida y  apasionada. “Ese fue el primer encuentro con mi tribu, con gente que hablaba mi lenguaje”, recuerda la actriz que siguió allí un taller de actuación para luego perfeccionarse en la universidad de las Artes Carnegie Mellon, graduándose en Teatro y Teatro Musical. 

A los 18, con un programa de TV en el cuerpo partió a probar suerte a Nueva York. Se instaló en Brooklyn, en un departamento ínfimo de un barrio modesto. Mientras esperaba su gran oportunidad, trabajó por años como mesera en restoranes indios e italianos, grabó comerciales, participó en las series The Jury y el musical Los reyes del Mambo, para terminar tocando el cielo con NCIS. Como Ziva David alcanzó todos los galardones, fama y dinero que un actor podría soñar… Sin embargo, después de ocho años, el 2013 decidió poner fin a su participación en la serie, dejando a millones de televidentes impactados por su partida que fue sin mayores explicaciones, y que recién ahora Cote se dispone a aclarar. “Sí, fue un sueño que viví durante ocho años; lo logré, alcancé ciertas metas y lugares… Pero en algún minuto debes preguntarte, ‘¿esto me hace feliz?’ La felicidad no va atada sólo a lo económico; es más amplia, relacionada a procesos emocionales fuertes que debes vivir para crecer. Se me juntaron varias cosas, muchas personales. Era lo que tenía que pasar; en el último minuto de la negociación se me hizo todo muy claro, y fue fácil dejar la TV”.

—¿Qué respuesta encontró al preguntarse si era feliz?

—Que me faltaban cosas por vivir. Pasé ocho años en un set, de doce a diecisiete horas diarias, de lunes a viernes. No había tiempo de procesar la vida, de entender qué pasaba con mi pareja, si era feliz, por qué extrañaba tanto a mis padres y por qué después de grabar una escena me sentía bajoneada, con vacíos. En el mundo del éxito, cuando estás en la cima se puede desbalancear todo, pero muchos se dan cuenta tarde, cuando los costos son altos. Para mí, era fundamental mi salud, la familia, mi estabilidad emocional. Fue un minuto de cuestionamientos y decisiones, de preguntarme si estaba dispuesta a trabajar dos años más ganando todo lo que podía. Lo más importante era quedar contenta con la determinación que tomara…

—¿No se equivocó?

—No me arrepiento. Lo primero fue preguntarme qué regalo me haría, y lo primero fue viajar. Partí al Amazonas (Ecuador), me metí a los ríos, hablé con los indios, me reconecté con la naturaleza. ¡Me sentí como en Avatar!, puros árboles verdes maravillosos. A mi regreso a Nueva York donde todo era gris, me dediqué a reflexionar, a preguntarme qué pasaba con mi vida, qué quería mi corazón. Justo el 1 de enero del 2014 me llegó la oferta para trabajar en Los 33. Fue especial porque cuatro meses antes había escrito varias veces: ‘quiero trabajar en una película en el exterior, en un papel secundario, con gente que admire; pasar un verano en Chile y asistir al cumpleaños de mi abuelo’. Lo más increíble que terminamos de grabar el 13 de marzo, un día antes de su cumpleaños, no lo podía creer, ¡todo calzó!

—¿Qué ha ganado con esta nueva vida?

—Tiempo… El alma habla. Es muy importante dejar de lado esa vocesita que es la lógica, que siempre te llevará a la ambición, a pensar: ‘¿cómo no lo vas a tomar?, estas oportunidades no se dan dos veces’. Es el cerebro pensando, porque un niño que es más corazón siempre dirá: ‘no quiero hacer esto porque quiero jugar’ Mi niño interno no estaba contento con esa parte lógica, y yo puedo ser muy racional, sin embargo, sentía que ya había pagado mi deuda, ¡tenía que hacer al niño feliz! Quería viajar, jugar, atreverme, y esta película en Chile tuvo mucho de eso, de reencontrarme con la risa, con actores, conocer gente nueva, establecer conexiones afectivas fuertes. Dos meses en el desierto con Gabriel (Byrne), Juliette (Binoche), Rodrigo (Santoro), Kate (del Castillo), Patricia (Riggen) nos llevaron a todos a espacios de reflexiones profundas. Y muchos de estos procesos emocionales se pueden palpar en la película.

—¿Por qué cree que la llamaron para Los 33?

—No sé, sigo pensando que esto lo manejan desde “arriba”. Son cosas del destino, de estar en un lugar para que se den ciertas conexiones y calcen las piezas. Tenía que estar en Chile, ser parte de este elenco. Y me tiré a la piscina sin saber que el personaje crecería. Tuve que confiar, y en eso tuvo mucho que ver Patricia Riggen. Estaba en Costa Rica cuando me llamó para invitarme a participar, con una conexión telefónica pésima; al final fue un monólogo de su parte para contarme que estaba trabajando con los mineros en Colombia y convencerme de que participara. Ella aún no pensaba en la segunda parte de la película que era la superficie, con las mujeres y las familias.

—¿Cómo es su papel de Jessica Vega?

—Mi personaje reúne la historia de dos o tres mujeres de mineros, muchas de las cuales conocimos y actuaron como extras. Ellas estaban siempre alrededor, eran un referente, una pauta emocional muy fuerte de quienes sacamos lecciones. En lo profesional y emocional, fue muy bueno acercarme y compartir con ellas. Venía de un mundo de hombres, fue rico encontrarme con pares. Nosotras nos conectamos de una manera distinta, en lo emocional nos entendemos de inmediato. Todas rieron, lloraron, contaron sus experiencias. Me llamó la atención su dulzura, siempre sonrientes. A pesar del calor insoportable del desierto, nunca una queja; eran aperradas, entregadas, muy de piel. Yo también soy muy de tocar, de sentir, lo que en Estados Unidos es extraño. 

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Aunque se siente una ciudadana del mundo, María José aún tiene bastante de chilena.”Sigo manteniendo una estructura conservadora en cuanto a mis relaciones amorosas. También soy de amigas, de acogerlas y sentarme a conversar. En todo lo demás, ¡soy libre! Siempre lo he dicho: yo soy el sueño americano. Llegué a Estados Unidos a los 10 años con grandes ideales, nunca me cerré las puertas, y aunque dudé en un minuto, mis padres y la familia siempre me apoyaron. Nunca me dijeron: “¡No, ese mundo no!”; al contrario, ‘¡Cote, dream big!, sueña en grande, que todo se puede lograr’.

—No le pusieron un techo.

—Nunca. En Estados Unidos puedes lograr lo que quieres. Allá no entré por la puerta grande, ni porque un tío llamó al dueño del estudio. Como una inmigrante más, no tenía lazos ni conexiones, y conseguir un lugar sola, te da libertad y un poder increíble. Como nadie te conoce, te puedes reinventar 500 mil veces, ¡y da lo mismo! Es una maravilla y una realidad que lo puedes hacer en cualquier parte, pero debe partir por uno. Yo podría haber cargado con montones de cosas que traía de Chile.

—¿Qué fue lo más difícil?

—Lo que pensé era lo más difícil, hoy la recuerdo como la etapa más maravillosa. En el minuto que no trabajaba, vivía en un estudio, en uno de los peores barrios de Brooklyn, me despertaba, hacía yoga, iba a audiciones, trabajé de mesera y no en lo que yo quería. Después llegó el golpe de suerte, y en diez años no paré, diez años que se me fueron. Ahora que pienso ¿cuándo fui súper feliz?, cuando vivía en Brooklyn, en ese departamento pequeño y tenía tiempo para hacer yoga. Nadie era dueño de mí ni de mi tiempo.

Cote asegura que en su éxito influyó que desde niña fue muy metódica y disciplinada. “Si tenía alguna presentación o algo, me despertaba una hora y media antes estresada, ansiosa, no actuaba como una niña normal”, recuerda.

Recién soltera tras varios años de relación con el actor ecuatoriano Diego Serrano (ha participado en novelas norteamericanas y en la película ,The 24 Hour Woman) con quien incluso llegó a compartir una residencia en Los Angeles, la actriz cada vez que puede viaja a Chile y se refugia en la casa que su familia tiene en Zapallar, aunque hoy sólo su madre vive aquí. Cuenta que de a poco comenzó a desprenderse de los prejuicios tan propios de nuestra idiosincrasia, para alcanzar esa libertad de la que hoy habla. “Cuando te das cuenta de que cargas con mochilas que no te pertenecen, vas soltando. Para eso debes tener conciencia de ello. Uno de los prejuicios típicos nuestros es ‘el qué dirán’. Tengo una familia grande, conservadora, pero ellos saben que soy más liberal y nos queremos igual, pese a las diferencias”. 

—¿Cómo ve a Chile cuando viene?

—Hay ciertas cosas y gente que no cambian, y uno las quiere como son. Se mantiene lo familiar que me encanta, los almuerzos de domingos que no se ven en EE.UU. donde llevo una vida más solitaria; eso es lo que extraño. Me llama la atención también cómo ha crecido Santiago, la cantidad de edificios y construcciones por sobre esas casas maravillosas de barrios como Providencia, ¡horrible! 

—¿Cómo hace familia con sus padres y hermanos repartidos por el mundo?

—Difícil, ahora nos vamos todos a un viaje a Italia. Arrendamos una casa preciosa. Hacemos vida familiar en la medida que se pueda.

—Y la sociedad, ¿está muy distinta?

—Sí, más libre, menos prejuiciosa al hablar su verdad. Sobre todo los jóvenes, y es porque hoy están abiertos a otras cosas.

—¿Le ha dolido el ego ser tan exitosa afuera y tan poco reconocida en su país?

—No, y lo entiendo. Estaba muy concentrada en mi trabajo, no tenía espacio para venir, ni siquiera ir a fiestas, no podía dejar mi pega. Mi único tiempo libre eran dos semanas en diciembre, llegaba y partía a nuestra casa en la playa. Me gustaba que aquí no me conocieran, podía salir tranquila, aunque no te niego que me encanta que alguien se me acerque y me diga: ‘tú eres la actriz que está haciendo cosas en Hollywood, mis hijos son fanáticos de tu serie’,  ¡eso me enorgullece! Es diferente que te lo diga un americano a alguien de Santiago. En Estados Unidos también llevaba una vida tranquila, casera, si me podía saltar las fiestas y las alfombras rojas, ¡me las saltaba! Estaba cansada, con un horario duro. Me entregué a la pega, no había espacio para nada más.

—Ahora con Los 33, ¿pretende abrirse paso en el cine hollywoodense?

—Tengo hartos sueños, y estoy dispuesta a aceptar lo que venga en teatro, cine, tv. Me motiva lo creativo, algún personaje que me remezca. Aunque después de un contrato tan largo de televisión, te confieso que me atrae mucho el cine, porque son historias contadas con máxima intensidad pero en corto tiempo. Y eso a estas alturas, es muy atractivo.

—¿Le interesaría el cine chileno?

—Siempre he dicho que las puertas están abiertas para cualquier mercado cuando el trabajo sea de creatividad y con una historia seductora. En este momento el cine chileno va para arriba, con personas reconocidas internacionalmente. Aquí hay mucho talento, es cosa de que se abra un poco más para que esta industria se dispare.

—¿Con qué chilenos le gustaría trabajar?

—Hay mucha gente entretenida, con Pablo Larraín sería fantástico, Matías Bice, Matías Lira que acaba de estrenar Karadima, ¡lo único que quiero es verla! Estoy conectada con lo que pasa en la industria nacional, observando quiénes están haciendo cosas buenas. Soy curiosa.

—¿A qué estaría dispuesta por conseguir un papel?

—¿Si me operaría o algo así dices tú?

—¿Por ejemplo?

—¡Estás loca!, noo, me gusta como soy.

—¿Cuáles son sus límites?

—Jamás me operaría para llegar a un papel, si no me lo dan por talento, no me interesa. Y no conozco a nadie de mi universidad, amistades y círculo que hagan ese tipo de cosas. Transformarse en cuanto a subir y bajar de peso, sí, está dentro de lo que tenemos que hacer. De hecho en Los 33 estoy con peso de más, ¿pero intervenirme por un personaje? Muchos lo hacen; no lo entiendo.

—La televisión chilena al menos es muy exigente con las mujeres, se les demanda mantenerse jóvenes y estupendas.

—En temas de alteraciones físicas, cirugías, es muy importante que la mujer aprenda a decir no. Tenemos el poder de cambiar la percepción hacia nosotras. Y si no hay animadoras de edad en la televisión, ¡sería un crimen!, porque esta debe reflejar el mundo que es más diverso que mujeres entre 25 y 40. Si existe una Barbara Walters, ¿por qué las grandes periodistas o conductoras tienen que venir empaquetadas en un cuerpo de 30? Es injusto. En Norteamérica y otros países, las figuras de TV destacan por lo que hacen, no por cómo se ven. Además, hoy el ser humano vive más años, ¡¿cómo no se refleja eso en la pantalla?! En EE.UU. ves campañas de belleza con Diane Keaton y otras de 60, 70 años, y es porque se dieron cuenta de que hay un mercado con gran poder adquisitivo. No verlas, no significa que dejarán de existir. Y los encargados de programas y teleseries deben tener esta presencia femenina fuerte porque estamos viviendo mucho más tiempo, cada vez mejor y más regias. Si estamos conscientes de esto y tomamos la decisión, podemos transformar las conciencias y generar grandes cambios.

—Por lo visto el tema le apasiona.

—Soy optimista, e insisto, nosotras tenemos el poder de cambiar el mundo. Hay muchas mujeres que tomamos decisiones basadas en que si no hay trato por igual, ¡no me interesa! Estas grandes diferencias hacia nosotras que se da en el mundo árabe o africano, por ejemplo, se puede cambiar en una generación. ¿Cómo?, las madres deben transformar su manera de pensar, y criar a sus hijos de tal forma que nos respeten y miren como su igual. Ellas tienen ese poder increíble a la hora de criar.

—¿Y para usted es tema ser madre?

—Los hijos llegarán cuando tengan que llegar. Es un proyecto pendiente. Sé lo que es pertenecer a una familia, pero se tienen que presentar las piezas y la persona correcta. Entonces, yo mientras espero. Como te decía, hay cosas que son del destino, en que se juntan ciertas energías y calzan las piezas.