“Mi cariño por los zapatos parte desde que tengo memoria”, dice Cristián Aninat (30 años) mientras toma un café cortado en una terraza de Providencia, su nuevo barrio en Santiago después de vivir cuatro años en España. “Recuerdo que siempre tuve una atracción por lo estético, me interesaban las revistas, lo que pasaba en la calle, las formas de vestir de la gente como si se tratara de una expresión social”. Lo cuenta sin ánimo de explicarse, sino con el único afán de responder a cómo, de un momento a otro, se transformó en referente de buen gusto entre las nuevas generaciones. Hijo del abogado Cristián Aninat y la periodista Ana María Gálmez, pudo llamar la atención de que un miembro de una familia conservadora pudiera dedicarse a la moda. “Tampoco es tan como suena. Si bien hay muchos abogados y arquitectos, todos son de mente abierta. En mi casa hay opiniones diversas en lo político y también en lo religioso. Entre los Aninat, hay de todo”.

Trabajó durante tres años para buscar las primeras líneas de su colección para hombres. Pero antes estudió publicidad y relaciones públicas en la Universidad Complutense de Madrid, además de fotografía en el Instituto Villanueva. “Siempre pensé que sería arquitecto, pero también me llamaban la atención otras cosas. Por eso busqué en la publicidad una carrera que me brindara amplitud. Mis papás notaron que me gustaba lo artístico y nunca tuvieron un pero al respecto”. Todo partió como un proceso, paso a paso, tal como ahora sigue trabajando sus colecciones después de un fuerte trabajo de observación por grandes ciudades del mundo.

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—¿El chileno ha sido capaz de salir del clásico zapato negro con cordones?

—Ha sido lento. A veces pienso que cuando un hombre anda con zapatos bonitos es muy posible que se los haya regalado una mujer. Al chileno le cuesta romper esquemas, pero se está dando la oportunidad de cambiar. 

—¿Cuál es un zapato ideal?

—Formal y sport a la vez. Que quede perfecto con jeans y una camisa blanca. Pero lo más importante es usar el zapato correcto de acuerdo a la ocasión. He visto gente capaz de llegar con zapatillas de trotar a un almuerzo. Es muy simple: si alguien te recibe con una mesa linda, hay que estar a la altura. La intención de vestirse bien tiene que ver con eso, más allá de ponerse lo primero que cae del clóset.

—¿Un zapato te delata?

—Puedes leer a alguien por el tipo de zapato que usa. Es una forma muy tangible y concreta de conocer a una persona

—Al momento de diseñar, ¿tienes referentes o favoritos?

—Sigo pensando que el modelo Derby de una marca como Church’s es un básico de gran elegancia. Y de los nuevos me gustan los de Casabia y Del Toro, porque logran un gran cruce con lo contemporáneo. Hay marcas de lujo que también hacen cosas entretenidas como Prada o Giuseppe Zanotti, aunque la manufactura y terminaciones del británico John Lobb no tienen competencia.

—¿Cuál es el marrón de la temporada?

—El camel sigue manteniendo su sitial. Nunca pasa de moda. Como se trata de un café más claro es ideal para los días luminosos, además queda bien en hombres y mujeres.

—¿Por qué te concentraste en el público masculino?

—Pienso que partí por lo que yo más necesitaba y obviamente por donde iba mi ojo. Posiblemente suene superfluo, pero viví varios años fuera de Chile y cuando llegué me di cuenta de que no había mucho. Fue un bajón gigante que me dio fuerza para hacer cosas nuevas.

—Cuando seleccionas un cuero, ¿en qué te fijas?

—Siempre los cueros vienen en paños, que son casi la mitad de una vaca. Tienen que estar lisos, sin ninguna marca, nervio, cicatriz ni huella. Es un momento muy importante del proceso.

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—¿Has pensado en llegar al público femenino?

—Siento que tengo una deuda con eso y, por ahora, solo puedo decir que estoy pensando en una colección cápsula. Pero es algo que no tiene fecha.

—Si tuvieras que definir el estilo de MR&MS

—Son zapatos clásicos, atemporales, con guiños modernos y más actuales. Si bien en un principio quería hacer algo más radical y rupturista, me di cuenta rápidamente de que no es fácil convencer al chileno. En ese sentido, pienso que recién se están cambiando los hábitos y hay más intención a la forma de vestirse.

—Una de las líneas de tu colección se llama In Translation, ¿por qué?

—Tiene ese nombre porque está pensada para gente que se mueve mucho. Que vive en un mundo globalizado y rápido. Permite que un mismo zapato se pueda usar con traje o tal vez con jeans. Tal vez sirva para una reunión y por qué no para el fin de semana. Un modelo con prestancia, que puede ser un botín de media con plantas de color. La otra línea es Be spoke: que tiene que ver con esa expresión británica de ‘ser visto’ o ‘estar en el habla’. Son diseños de buenos materiales, cocidos a mano y barnizados. Un zapato de lujo.

—También traes diseño noruego…

—Sí, específicamente la marca Swims. Me gustan porque son una mezcla exacta de tecnología y diseño. Son zapatos repelentes al agua, ideales para mojarlos en invierno. Y en verano, los puedes meter al agua sin problemas. Conocí a los diseñadores a cargo: Johan Rigdal y Catherine Meuter, a quien sigo desde hace mucho tiempo. Ella es la misma que diseñaba para Armani. Una vez conversamos por largas horas y nos dimos cuenta de que teníamos muchos puntos en común.

—Para cerrar, ¿trabajas solo?

—Desde el punto de vista creativo trabajo solo, pero en la sociedad de MR&MS está mi cuñado Francisco Larraín y mi mamá, Ana María Gálmez. Ellos están más atentos al plan de negocios. Ese modelo para mí era necesario, por un tema de libertad creativa, además ellos también son un cable a tierra.