Tres enormes carpas fueron instaladas en una de las salidas del museo de Louvre. Tropas de turistas japoneses se apostaban ahí para captar flashes a los invitados. Disparaban sin cesar, por si lograban inmortalizar a algún famoso, a alguna estrella.

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Los desfiles comenzaban a las 9 de la mañana y terminaban a medianoche. Se iban alternando de carpa en carpa, pero como siempre partieron atrasados, al final de día se atropellaban.

El espectáculo lo iniciaban los propios invitados. Elegantísimos algunos, cuidadosamente desarreglados otros, ya varias cuadras antes de llegar adquirían cierto aire de divos, cierta forma de caminar suave y distante.

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El que se llevó las palmas en cuanto a atrasos fue Galiano. Tanto tardaban en aparecer sus modelos que finalmente uno de sus fotógrafos, entre desesperado e insolente, gritó “¡lancen a las perras!”. Fue como un toque mágico: en ese mismo momento comenzó el desfile.

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Entrando a la moda misma, los colores vedettes fueron el dorado y el azul marino. Este último no fue el clásico acompañante, sino una verdadera primadonna para los diseñadores. El largo de los vestidos lo admitió todo: infinitesimales, hasta el suelo, a media pantorrilla, bajo la rodilla, a mitad del muslo. Algunos modistos incluso diseñaron el mismo vestido para distintos largos.

Y en cuanto a los accesorios, todos, pero todos, incluyeron sombreros, jockeys y gorros marineros. En los zapatos no hubo cambios: sigue ese taco trapezoidal que algunos consideran genial y otros, simplemente horroroso.

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Oscar de la Renta hizo su propio homenaje. A Latinoamérica. Pasaban y pasaban modelos con bananas en la cabeza y vestidos llenos de vuelos tropicales al mejor estilo calypso. Y su broche final lo puso Linda Evangelista vestida de dictador militar con un gorro también militar pero de lentejuelas.

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Tanto en las colecciones exhibidas en París como en Milán, la presencia de los años 80 se notó en las actitudes desgarbadas de las modelos al caminar por la pasarela; en la forma desarreglada que llevaban la ropa –con los chalecos puestos todos enredados–; en los diseños medio punk, con muchas rajaduras, una manga hasta el suelo y la otra deshilachada que terminaba en el hombro… En esta tendencia destacaron sobre todo Comme des Garçons y Vivienne Westwood.

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Thierry Mugler se lució con sus modelos: Ivana Trump, Rossi de Palma (la actriz narigona de Mujeres al borde de un ataque de nervios), el principal actor de películas porno gay y muchos travestis. Uno de éstos cerró el desfile gritando como enloquecido (a).

Michael Klein puso el toque perverso. Sus modelos aparecían elegantísimas, caminaban con pasos gatunos, y movían los brazos y las manos sin cesar, con un cierto aire tailandés. De pronto surgió una enana fea y elegantísima y que también daba pasos gatunos y ejecutaba sensuales movimientos de brazos. Fue impactante y dejó un gusto amargo.

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De los clásicos, los más destacados fueron Chloé, Christian Dior y Valentino. Este estuvo simplemente espectacular. A la hora de Chanel, fue tanta la expectación, que más de doscientos invitados quedaron sin poder entrar. Y los que estaban adentro a duras penas pudieron escuchar la fabulosa música.

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De los más jóvenes, Comme de Garçons mostró una ropa imponible, como siempre, pero que se veía muy bien hecha, con materiales nobles y excelentes terminaciones. Incluso fina. Definitivamente, los creadores de esta línea siguieron el consejo de la gran Cocó Chanel, quien comentaba que es distinto diseñar un vestuario que se usará todo el día que inventar ropas que atravesarán en cinco minutos una pasarela. Obviamente, éstas tienen que ser impactantes y eso, en general, se traduce en extravagancias. Geniales, pero imposibles de usar.