Christian Louboutin (51) no sólo ocupa una oficina en París, tiene toda una calle. La mitad de los edificios en la Rue Jean-Jacques Rousseau le pertenecen. También la mayoría de los zapatos que caminan por esas cuadras llevan su marca registrada: la suela roja. Pero quienes piensan que sus cuarteles generales son tan refinados como sus creaciones, entrarían en shock: es un laberinto con una sala de reuniones que tiene un gran sofá de los años setenta y una mesa de centro de cristal con una panda de base.

Todo es inesperado en torno a este diseñador. Desde su partida: esta temporada se cumplen 23 años del día en que miró el prototipo de su primer zapato y supo que algo andaba mal.

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“Mi dibujo era mejor”, dice en retrospectiva. “No podía entender lo que no funcionaba en el modelo. Entonces me di cuenta de que su porcentaje de negro era mucho, pese a que en mi bosquejo no tenía ese color. En ese momento, mi asistente se pintaba las uñas, así que agarré su esmalte y pinté la suela de rojo. Y el modelo estalló. Se definió. Se iluminó el zapato”.

En pocas semanas, las mujeres le decían que sus tacones de base carmesí eran imanes de hombres. Si un zapato puede ser icónico, entonces los suyos con sus suelas en “rojos Louboutin” lo son. Objetos de deseo total. 

Y de allí las ironías. Desde que empezó con ese diseño, de todas las coordenadas del globo han tratado de imitarlo. Sin el obvio impacto. Y en la escala de aquellas soñadoras con pocos recursos, todavía hay mujeres que hasta toman un esmalte color sangre y tratan de replicar artesanalmente el efecto. Fatal. Está claro que el tono de la suela parece decir —y significar— más que cualquier logo. 

Con toda esa leyenda contenida en su génesis, era una extensión lógica para ese apellido legendario entrar en la industria cosmética. Este año hace su primera incursión en ese mundo con un barniz de uñas.

Si no tienes un Louboutin a tus pies, éste sí puede llegar a tus manos. El creador galo lanzó su propia gama de esmaltes, con 31 colores que incluyen ese escarlata deslumbrante. Un tono que podría (Dios nos libre) retocar nuestras suelas.

Luego de tres años de planificación, el parisino presentó este producto. Y, tal como sucedió con esos primeros imanes de hombres, el envase del esmalte atrapa las miradas: la tapa imita en miniatura al tacón Louboutin de 20 centímetros. Se aspira, tal como el zapato, a un objeto bello en sí mismo. Uno que quiera exhibirse en la estantería de los cuartos de baño.

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De padre carpintero y mamá dueña de casa, los consejos para lo que sería su carrera llegaron de cerca.“Mi papá me dijo que la madera tiene un cerebro. Me enseñó que si posees las habilidades y esculpes en el sentido de la veta, puedes hacer cosas hermosas. Si tallas contra la corriente, obtendrás astillas… Esas palabras las tomé como una visión general en la vida: tienes que ir con la corriente”.

Era el menor de la familia. Con cuatro hermanas que tenían entre 12 y 16 años de diferencia con él. Christian solía sentarse y escuchar las conversaciones de estas mujeres y se daba cuenta de cómo cambiaban cuando había hombres alrededor: “Ellas no me consideraban una presencia masculina, porque era demasiado chico. Hoy es muy curioso la gran cantidad de amigas que me dicen que se sienten completamente a gusto conmigo”.

¿Cuándo partió todo? Tenía 12 años. Y con sólo una imagen se dio cuenta de que deseaba ser un diseñador de zapatos: afuera del museo que estaba al lado de donde vivía había un afiche con el bosquejo de un stiletto. El se obsesionó, dibujándolo una y otra vez de manera compulsiva. Al año siguiente partió su etapa rebelde. A los 13 se fue de la casa y prácticamente dejó de ir al colegio.  Se la pasaba con amigos, de fiesta y visitando cabarets para ver a las coristas, cuyos zapatos y trajes le fascinaban. El Folies Bergère era su lugar favorito, porque las chicas se vestían de manera extravagante. El Moulin Rouge también estaba en su lista. 

¿Qué pensaban sus padres? “No se hacían gran problema porque yo seguía siendo un buen chico”, dice encogiéndose de hombros. “No era grosero ni contestatario con ellos, tampoco tomaba drogas. Era dulce”.

Una familia muy comprensiva, ya que hasta le pagaban las cuentas al hijo menor. “No trabajaba. Era muy mimado”, confiesa.

Finalmente, a los 18 años encontró un puesto en la compañía del diseñador de zapatos Charles Jourdan. De allí pasó a ser freelance para Chanel e Yves Saint Laurent, permaneciendo temporadas en fábricas de cuero en Nápoles y Florencia. Después de ese periplo regresó a París para ser el protegido de Roger Vivier, a quien le da crédito por enseñarle lo mucho que hoy sabe. 

Su influencia no fue menor. Cuando Vivier murió, Louboutin abandonó su ascendente carrera. Con 24 años decidió que ya no quería hacer zapatos ni trabajar para otros. En vez de seguir un camino afín, se lanzó a algo inesperado: se convirtió en diseñador de jardines. En retrospectiva, parece una jugarreta del destino, ya que Louis Benech, su pareja por 17 años, es paisajista…

Pronto se dio cuenta de que tenía un problema con la jardinería: descubrió que hay que ser paciente. Una cualidad que carecía entonces y, en menor medida, ahora. Además, extrañaba el mundo de los zapatos. Todos los días se pasaba horas dibujándolos. Tenía miles de diseños. La vida nuevamente lo puso en un escenario trágico que significó un cambio profesional. La muerte de su madre lo impulsó para que se independizara como creador de calzado. Eso y la insistencia de un amigo anticuario.

“El me dijo: ‘Lánzate’. Esa misma semana comí con dos de mis amigos más antiguos, Henri y Bruno, y se sumaron al proyecto. Mucho se afirma de que no hay que mezclar los negocios con el placer. Pero puedo señalar que, 23 años después, somos más cercanos que antes. Henri se casó con mi hermana y Bruno es el presidente de la compañía”.

En la actualidad hay 91 tiendas de Christian Louboutin en 55 países. Y sus sexy suelas rojas han estado a la vista de todo el mundo en los pasos de Cameron Diaz hasta Carla Bruni-Sarkozy, entre muchas otras celebridades. Para qué decir de la herencia Sex and the City, donde sus modelos también encontraron vitrina en los pies de Carrie y sus amigas.

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Fue Louboutin quien popularizó aquel diseño de taco altísimo con plataforma en nude. Tono favorito de la duquesa de Cambridge. “Tengo todo el respeto por lo que hace Kate Middleton”.

—¿Cree que ella podría usar un par de Louboutins, o son demasiado sexy para una integrante de la realeza?

—Sé que Victoria Beckham le ofreció un par de mis botines y se veía increíble en ellos. Ya ha sido fotografiada usándolas. Se veía fantástica.

Toda una revelación. Inesperada en todo nivel. Quién sabe, tal vez los usa en privado. Es intrigante.

El parisino admite que le encanta diseñar todo tipo de zapatos, excepto los zuecos (“Tienen que ser modelos femeninos”). Y su corazón está comprometido por una eternidad con los tacones aguja. Después de todo, se trata de un hombre que una vez trató de hacer un stiletto de cristal a lo Cenicienta, sin éxito por razones técnicas. “Siempre hay que probar”, señala.

Pero los cuentos de hadas no terminaron allí, ya que de sus bosquejos salió el modelo Malangeli que Angelina Jolie usó en la promoción de su cinta Maléfica. Y la propia actriz se sumó en esa creación.

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Quizá todavía no está el sistema para el taco aguja de cristal. Pero las fronteras son tentaciones que a Christian Louboutin le gusta cruzar. Cuando partió, un taco de 8 centímetros se consideraba imposible y algo atrevido. Hoy hace plataformas de 20 centímetros. Por eso recuerda aquel día en que lo que se consideraba alto, hoy es visto como de media altura. Un cambio de perspectiva de la que él es total responsable.