Hace unas semanas estaba con una amiga en un café en una conocida calle muy chic de nuestro querido Santiago, cuando mis ojos se encandilaron con una linda cartera. Ya lo saben, es una de mis tantas debilidades. Ahora que, al parecer, paso por mi “período verde” del pantone de colores, no dejó de llamarme la atención, además del modelo, el color verde “especial” que algo me recordaba.

Con toda discreción la miraba, probablemente con ojitos de deseo, hasta que al pasar camino a las “casitas” me di cuenta del nombre … Chléo. Mi reacción fue “¡No! Seguro que es mi triste realidad de estar cada vez más corta de vista y no tengo mis lentes puestos”.

De vuelta en mi mesa y atorada por la curiosidad, naturalmente busqué mis lentes. Un cappuccino más tarde y caminando con toda lentitud, vino la segunda vuelta… ¡como en la cueca! Horror de horrores, mis ojos no me habían engañado, el bolso decía, efectivamente, Chléo. Y ese verde raro, es uno que suele tener Chloé… en la versión original de las creaciones de la casa parisina.
Recordé mis años en Seúl donde solía reírme con mi amiga Ruth de las “original copies”, que con tanto entusiasmo nos ofrecían los vendedores al caminar por las calles de Itaewon. Allí aprendí que las copias también tienen sus categorías.

Creo que todos hemos visto los Dion, Cucci, Dolse&Banana o Channel, entre otras tantas ridiculeces. Yo hasta he visto los “BALFNCIAGA”, en la punta más lujosa del tema o los “M&H” cuando llegamos a marcas más masivas. Ahí ya no sabes si reír o llorar del absurdo de la falsificación.

Bien sabido es que los plagios y falsificaciones han ido en aumento y se transformaron en un negocio global de millones de dólares. Eso me ha llevado a pensar sobre esa difusa línea que separa la inspiración de la falsificación. Ciertamente cuando el nombre viene tergiversado uno está ante una falsificación clara. Mucho menos obvias son las creaciones que “se parecen” a los diseños que han pasado por las más distinguidas pasarelas del mundo, convirtiéndose en “tendencias”, que luego se popularizan.

Los conflictos del tema se pueden tomar desde muchísimos ángulos y ni los conozco en profundidad ni tengo el espacio aquí para exponerlo. Lo que sí me da qué pensar es el por qué de ese afán consumista de adquirir productos falsificados, si finalmente lo que hacemos es mentirnos a nosotros mismos mientras intentamos dar una imagen también distorsionada a nuestro entorno.
Personalmente prefiero los artículos sin marca, pero de buena factura. He tenido la suerte de ver el trabajo de esas pequeñas manos que trabajan en talleres de grandes casas de moda francesas e italianas y he visto también el trabajo esmerado y delicado de diseñadores chilenos. Eso hace que me moleste más aún ver a la gente que se pasea con copias.

Es muy cierto que el precio de esas prendas únicas y soñadas es alto, pero he visto que comprar de segunda mano es una alternativa que deja a todos contentos, y con algo legal y más económico.
Recuerdo haberle preguntado a Nicolas Beau, el Director Internacional de Relojería de Chanel, qué opinaba de la copia de sus modelos y me sorprendió la seguridad con la que me dijo que hasta le podía llegar a halagar porque nada que no fuera valioso sería objeto de copia, y porque el savoir-faire de la casa parisina era sencillamente inigualable. Muy cierto.

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