Noches interminables de flashes, música y champaña vuelven a su agenda. Acostumbrada a acaparar las miradas desde que era una preciosa y aristócrata adolescente, esta temporada Carolina Herrera es el centro de atención. La industria la celebra, y en grande.

Dos museos en Estados Unidos realizaron retrospectivas de sus diseños, este mes recibió saludos desde todas las coordenadas por su cumpleaños 78 y el neoyorquino Lincoln Center desplegó la alfombra roja para rendirle un homenaje por los 35 años de su marca. El legado de la venezolana es incuestionable: sus iniciales son sinónimo de feminidad en el mundo.

La curiosa María Carolina Josefina Pacanins y Niño que nació en Caracas se instaló pronto en esa tierra sin fronteras llamada jet set. A fines de los ’70 se movía en las escenas de la bohemia, moda, arte y poder. Ya instalada en Nueva York —y en un segundo matrimonio con Reinaldo Herrera— es la editora de Vogue Diana Vreeland quien la impulsa en 1981 a crear una colección con su nombre hispano en la etiqueta. No hubo vuelta atrás.

Hoy su única mirada al pasado es para hablar de su libro Carolina Herrera 35 Years of Fashion. La rubia caraqueña que convirtió a la camisa blanca en un indispensable busca más aventuras: a su imperio de perfumes suma Good Girl y reedita por este aniversario Carolina Herrera de 1988, asciende a presidenta de la compañía a Emilie Rubinfeld y anuncia su plan para tener tiendas en cada país del globo. Ambición lógica, pues ya une culturas con moda. Su único norte es que las mujeres se sientan lindas. Y ese sentimiento es universal.