Lena Dunham, creadora y protagonista de la exitosa serie Girls, tiene nueva musa. Y no se trata de otra veinteañera hipster de Brooklyn, sino que de una mujer de 86 años, decana del área de compras personales en Bergdorf Goodman,la legendaria y lujosa tienda de Nueva York.

Es Betty Halbreich y, aunque su nombre es una referencia en el mundo de la moda, ahora está a un paso de la fama global.

Esta dupla femenina —las dos caras de la moneda cuando se trata de look— armarán sociedad para producir televisión. La actriz adapta las agitadas memorias de Halbreich: I’ll Drink to That. Telefilme que tendrá el toque de HBO. Es una biografía que aborda todo: desde ese padre que apenas conoció, su temprano amor por la ropa, un matrimonio roto, un acto de brujería en un manicomio, el cáncer de mama hasta su reinado victorioso en Bergdorf.

Desde 1976 ha vestido a clientas como Meryl Streep, Mia Farrow, Sarah Jessica Parker, Candice Bergen, Angela Lansbury y a su amiga Joan Rivers. A ellas las analiza y les busca los diseños que mejor las definen. Una relación de confianza que se nota en las páginas del libro, donde cuenta cómo Liza Minnelli sufrió un ataque de pánico en un probador y la forma en que retó a Lauren Bacall por ofender a su mamá en un evento.

Para Dunham la octogenaria tiene buenas palabras: “Es muy amable y bien educada. No obstante, la actriz debió —como lo han hecho otros con esta personal shopper— acercarse con precaución. Halbreich es mandona, rigurosa y alguien a la que no se debe desafiar.  

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Siempre se sienta detrás de un escritorio crema. Cuando llegamos para conversar con ella está allí: erguida, usando una impecable chaqueta ajustada de Jil Sander en color verde lima. Su gris cabellera, como siempre, corta y peinadísima. Tiene oficina en el tercer piso de Bergdorf, al final de un pasillo con dos probadores para sus compradoras vip.

La vemos justo antes de un evento que la revista New Yorker le organizó a ella y Dunham. La joven actriz aparece y saca de su bolso unas galletitas saladas. Betty no se demora en llamarle la atención:  “Lena, eso es inaceptable”. Después nos contó, con su acento neoyorquino, que la veinteañera lleva todo tipo de snacks.

Su reino de compras personalizadas se llama Solutions. Ahí comparte oficina con su asistente de 25 años Emily Novak, discípula y también una presencia protectora de esta ‘guarida’ de lujo. No faltan los momentos de tensión, especialmente, cuando los estilistas de películas no devuelven a tiempo la ropa o se demoran en pagar. Su mano derecha ha visto cómo su jefa hace llorar a esas personas, exponiendo su falta de oficio. “Betty puede decirte cosas muy crueles a la cara. Las buenas las comenta a otros. Es única”, revela la joven.

—¿Sus memorias tratan más que de ropa?

—Bueno, pude contar más (en relación a sus dos aventuras fuera de matrimonio). Pero tengo familia y debo ser muy cuidadosa. No quiero dañar a a nadie.

Sin embargo, sus hijos Kathy y John, ahora en sus sesenta y tantos años, igual parecen estar sorprendidos por lo que escribió.

Aunque ella es un icono de Manhattan, creció en Chicago. Hija única de una familia de clase media alta, fue mimadísima. Su padre Harry tenía una tienda de departamentos. “Me convirtieron en la princesa que nunca quise ser. Sólo recuerdo la soledad”, confiesa en sus memorias. 

Tenía cinco años cuando descubrió que Harry era su padrastro. Su padre biológico era una figura no muy clara en su memoria. “Mis padres lo trataban mal y lo retaban si me daba regalos. Mi padrastro le tenía un odio impactante”. Recuerda que una vez lo vio golpeándolo. 

A los 21 años se casó con Sonny, propietario de una empresa de ropa. La pareja se mudó a Nueva York. En 1947 vivían en un departamento de ocho habitaciones en Park Avenue. Su agenda era un torbellino social: comidas, almuerzos y viajes de compras. El matrimonio, sin embargo, se fue deteriorando. “El alcohol convirtió a mi encantador y guapo esposo en un sujeto mal hablado. Me rompió el corazón”, dice en el libro.

Terminaron cuando Betty tenía 40 años. En una oportunidad ella se cortó las muñecas “para llamar su atención. Quería ser salvada”, agrega.

Hoy Halbreich está soltera, después de una larga relación con un hombre de nombre Jim, quien murió de un infato en 2008. Faltaba chispa sexual. “Lo quería —detalla— como mi mejor amigo y confidente. Pero lo nuestro nunca fue una ‘historia de amor’ como la que tuve con Sonny”. Nunca se divorció de este último. Y lo amó hasta su muerte, en 2004.

La carrera de Halbreich partió a fines de los ’60, cuando comenzó a trabajar para diseñadores como Oscar de la Renta y Geoffrey Beene.

—¿Se sienten intimidados por usted? 

—No lo sé. La ola se abre cuando paso… Algunos me tienen miedo, otros están enamorados de mí. También están aquellos a los que no les gusto. La verdad, no voy por ahí para matar a alguien.

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Tanto el libro y el reciente documental sobre la tienda Scatter my Ashes at Bergdorf’s (disponible en Netflix) han hecho de Halbreich una estrella tardía de Nueva York.

—¿Ama la moda?

— (Se encoge de hombros) Está okey.

A Betty le gusta estar guapa, pero se arregla en diez minutos. “Me molestan los espejos. Me visto en la oscuridad. No analizo lo que me pongo. Siempre he dicho que estaría feliz con sólo llevar un uniforme blanco de vendedora. 

—¿Cuál es su traje favorito?

—El que ha sacado más halagos es un vestido de manga corta y estampado de flores que cuesta 59 dólares.

—¿Tiene alguna crítica a la moda actual?

—Es muy repetitiva. Los vestidos son demasiado cortos. Todas quieren verse jóvenes, delgadas y menudas. 

—¿Los diseñadores fomentan los trastornos alimentarios?

—No. Las modelos. No soporto a esas chicas caminando como si estuvieran saliendo de Auschwitz. No hacen nada bueno por la ropa. Esas pobres almas son ‘pura  extremidad’. Parecen famélicas”. (Su punto es extraño: las maniquíes son elegidas por los modistos.)

Isaac Mizrahi solía ser su creador favorito, pero hoy es Johnson Hartig de Libertine y me muestra esa ropa: un blazer cuesta 4.750 dólares. Nada sorprende a Halbreich en términos de lo que la gente gasta. En lo personal, nunca ha usado jeans (“¡Son claustrofóbicos”!).

—¿Cómo es vestir a famosas?

—No significan mucho para mí.

Aclara que rara vez las estrellas han sido problemáticas. A Sarah Jessica Parker, por ejemplo, la encuentra “muy divertida”. Una de sus favoritas es Candice Bergen: “Es todo un personaje, con un maravilloso humor y muy inteligente. No me gusta la gente tonta”. 

Sus lazos no se han limitado a Hollywood y la escena socialité de Nueva York. Esta legendaria personal shopper retó al presidente Gerald Ford por tirarse en el brazo un caro vestido para su mujer Betty.

A Lena Dunham la critican mucho por lo que usa.

—¿A quién le importa? ¿La pueden atacar por su estupidez? ¿Su éxito? No. Por eso se fijan en su ropa. 

¿Bergdorf es su vida? 

—Espero que no, pero está al borde de eso. Me encanta la estructura y las metas. No me gusta la alternativa: el aislamiento. Envejecería y me desvanecería. No soy lo suficientemente automotivada para salir y encontrar otras cosas que hacer. Vivo de la rutina.

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Halbreich tiene mucha vida social. Siempre se va de copas con su mejor amiga Claire. Sale todas las noches. “¿Cuál es la opción? ¿Sentarme a mirar por la ventana como una vieja?”.