“Tengo tantas cirugías plásticas que, cuando muera, donaré mi cuerpo a Tupperware”, dijo una vez Joan Rivers, como anunciando que apenas dejara este mundo sería carne de bromas despiadadas.

 Y, bueno, hace ya dos años que dijo adiós y su profecía se cumplió sólo en parte. Luego de una malograda operación de rutina, su modificada humanidad no fue a parar a una fábrica de contenedores plásticos: había mucho veneno todavía circulando como para servir de recipiente de comida, dijeron algunos.

Lo que sí ocurrió es que su vida comenzó a ser diseccionada como la de un animal de sangre fría y lengua viperina que no tuvo compasión en destripar a cuanto famoso y famosillo se le pusiera por delante.

Es el caso de su última biografía publicada en Estados Unidos por Leslie Bennetts Last Girl Before Freeway, título que retoma una frase de la propia actriz; esa chica de clase media que nunca se resignó —como ella dijo— a ser la narigona de opaca melena color ratón.

Bennetts aborda la historia de la anfitriona de Fashion Police como otra versión del sueño americano. Uno que se cumple a punta de agua oxigenada y de bisturí, pero sobre todo a costa de burlarse de otras mujeres. Famosa fue su obsesión con el peso de Elizabeth Taylor y también el bullying contra la hija de Kim Kardashian de apenas seis meses, o esa vez que dijo de la reina del pop Madonna está taaan peluda que cuando levantó el brazo pensé que tenía a Tina Turner debajo”.

Last Girl Before Freeway es la biografía de una chica nacida como Joan Alexandra Molinsky y que supo levantarse una y otra vez de fracasos profesionales y pérdidas personales, como ocurrió tras el suicidio de su marido, el productor Edgard Rosenberg.

Algunos creen que a Rivers simplemente le faltó real talento y encontró al final un espacio como una hater, una troll, incluso antes de que existiera Twitter. Eso se llamaba ‘malas artes’ o ambición o frialdad, y en el libro no faltan testimonios de quienes piensan que ella se sintió hasta liberada cuando quedó viuda de un esposo que no le servía demasiado.

Sí, es cierto que también se reía de sí misma y se consideraba feminista, aunque su lengua fuera más virulenta que la de un dragón de Komodo si se trataba de criticar a sus congéneres sin depilar o con kilos de más.

En fin… quizás era la única rebelión que le quedaba a una mujer que se metió en el machista negocio del humor en los tiempos en que Tupperware era casi ciencia ficción.