Lo más seguro es que quizá nunca existimos para ella. Pero la pena de muchos por estos lados —literalmente el fin del mundo—  fue real. “¿Qué va a pasar ahora con Fashion Police? No tiene razón de ser sin ella”, era el comentario que se repetía en todos los idiomas. Y esa era Joan Rivers: encontró un espacio y lo hizo suyo. De nadie más. Para el público internacional —que no tuvo acceso a su larga carrera como comediante—, el rincón que ella se tomó e hizo global fue la alfombra roja. Ese paseo eterno de preguntas sosas logró por fin el ‘picante’ con esta mujer al micrófono. Y lo cambió todo. Hubo un antes y un después de su más famosa y recordada frase: Who are you wearing? 

Sí. La industria del showbiz —llena de publicistas, productores y  maquetas— con una mujer de la Cuarta Edad agitándole las aguas. No una aparecida, ¡una pionera del negocio! Mentora de muchas y compañera nocturna de un batallón de hombres pesos pesados en el área del stand up. Esos mismos pares, como figuras icónicas del mundo de la moda (Sarah Jessica Parker, los diseñadores Carolina Herrera y Michael Kors llegaron al servicio funerario) presentaron sus respetos a una mujer única. También su adorada ciudad de Nueva York, con la banda de gaiteros de la Policía de Manhattan y fotos en las vidrieras de la 5ª Avenida, se hicieron parte de la despedida.

Se entiende que el cariño en ese país. Lo especial es lo que generó fuera de aquellos límites, incluido Chile. Una empatía inmediata y que fue previa a Twitter u otra red social. Una ‘onda’ que nació desde que la vimos en ‘el cable’. Era la doble espía. Estaba en las dos veredas: la de las estrellas y en la del público sin PhD en diseño, que comiendo un helado de chocolate a cucharadas desde el envase se sentía cercano a ese mundo de ensoñación. Personas que, a lo mejor, no tenían presupuesto, pero sí una opinión.

Ha tratado de ser imitada sin éxito en todos lados (¡para qué decir en las #galarsh de Viña), pero nadie le llega a los talones. Joan era lapidaria, pero no desde un pedestal. Sentía respeto por la palabra glamour, porque lo conoció de cerca y lo vistió. Con más de 80 años y era ‘zorra’. Estaba al tanto de todo y nadie podría pasarle gato por liebre. Y más que buenos chistes (que sobran con ejércitos de escritores), esta cómplice que nunca nos conoció tenía algo tan esquivo y universal: gracia.