“Me vestí elegante y salí a pasear por la Avenida Montaigne. Ya tenía mi decisión tomada: sería un gran estilista”. Era 1945 y André Courrèges, con apenas 22 años, venía llegando a París después de haberse titulado de ingeniero civil en Pau, su ciudad natal, en el sudoeste de Francia. “Serás ingeniero” le había dicho su padre, y Courrèges le obedeció descubriendo en sus estudios la arquitectura y el diseño.

Instalado en la capital francesa deja de lado los planos y comienza como diseñador para la modesta casa parisina Jeanne Lafaurie. Pronto lo contrata el español Cristóbal Balenciaga, quien en revolucionaba al mundo con sus experimentaciones en torno a los volúmenes en el talle y la espalda. Courrèges se vuelve su mano de derecha y con él aprenderá “cada día una cosa nueva” durante 5 años. Los otros seis, según él “se aburriría”.

En Balenciaga, Courrèges conoce además al que será el amor de su vida, y su alter ego en la moda y la creación: Jacqueline Barrière, más conocida como Coqueline, 12 años más joven que él. “Junto a André teníamos una necesidad de alejarnos de nuestro mentor. Nuestra idea era guardar su filosofía y manera de pensar, pero adaptarlo a algo que pudiera ser accesible a la nueva generación”, explicaba Coqueline sobre la decisión que tomaron en 1961 para dejar Balenciaga y crear su propia casa de alta costura en la Avenida Kleber. Este cambio marcará el inicio de la revolución Courrèges.

El diseñador sacude los cánones de la moda al inspirarse en los avances tecnológicos, la arquitectura y la realidad: impone el pantalón, hasta entonces prohibido en los restoranes en Nueva York. Diseña pequeños vestidos blancos en forma de trapecio y pone de moda las botas planas. En 1964, en el que será uno de sus mayores hitos, sorprende al mundo con su colección Moon girl, cinco años antes de la llegada del hombre a la Luna.

En esa fecha la inglesa Mary Quant reivindica el invento de la minifalda, pero los especialistas y el actual jefe de la casa Courrèges, Jacques Burgent, le dan el mérito al francés de imponerla en la alta costura y hacerla popular.

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En plena emancipación femenina y llevando la contra a varios de sus contemporáneos, Courrèges decide liberar a la mujer de todas sus trabas: corsés, sostenes y tacos pasan a la historia reemplazados por vestimentas de silueta plana y formas geométricas. “Hago ropa, vestidos y chaquetas con talle amplio para que la mujer pueda correr, bailar y vivir intensamente”, explicaba al presentar su colección. “La gran revolución de André es que creó una ‘arquitectura de la ropa’. El entendió los cuerpos y diseñó una moda que se adapta a todos, con formas fáciles de industrializar”, dice Burgent.

“Su colección tuvo el efecto de una bomba”, recordaba hace algunos años el diseñador Yves Saint Laurent mientras que el director de programación del museo de la moda de París, Olivier Saillard, declaraba que “más que cualquier otro creador, Courrèges marcó un antes y un después” en la evolución del diseño. Y su estilo ganó rápidamente adeptos entre los que se contaban la esposa del presidente Pompidou, la escritora y diseñadora Pauline de Rotschild, la cantante francesa Françoise Hardy, la modelo Twiggy así como las actrices Mireille Darc, Catherine Deneuve y Romy Schneider a quien vestirá luego en la película La Piscina. Sus modelos sobrepasan las fronteras francesas y aparecen en la edición estadounidense de Vogue y en Harper’s Bazaar hasta recibir el “Oscar” de la moda entregado por el Sunday Times en 1964.

Su revolución de la alta costura inspiró incluso un artículo del filósofo Roland Barthes en la revista Marie-Claire en 1967 titulado El duelo Chanel-Courrèges: “Para la primera la revolución se detuvo en 1954 y para el segundo, se proyecta hacia el año 2000”, describía Barthes. “Chanel viste a las damas. Courrèges a la juventud. Es un enfrentamiento entre lo chic contra lo fresco”.

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La depuración del armario femenino del francés se extenderá durante casi dos décadas. Courrèges elimina los sombreros e insiste en el blanco y en las formas muy estructuradas así como en el uso de tejidos creados especialmente para él. En 1965 se cansa de que los almacenes copien los modelos de la alta costura y decide no presentar más colecciones. Crea el concepto de prêt-à-porter con Couture Future, su costura del futuro, que produce prendas en serie y accesibles.

Con la llegada del hombre a la Luna, Courrèges da otro giro e inventa la media segunda piel, hecha de una sola pieza que iba de los pies hasta los brazos y que se utilizaba debajo de un jumper o con una chaqueta en vinilo, material que incorpora a los armarios. El blanco clásico de sus colecciones se mezcla con rayas, colores fluorescentes o tableros de dama. Innova también al incorporar a los desfiles la música en directo y crear verdaderas puestas en escena para cada colección. En 1968 llega a invitar a un jugador de los Harlem Globe Trotters y dejó sorprendidos a los parisinos instalando una gigantesca bola transparente en el Jardín de Plantas. En búsqueda constante, desde los ’70 el Le Corbusier de la moda se dedica a diversificar la marca: crea la línea hombre, saca una colección de perfumes, de marroquinería, de anteojos e incluso abre una oficina de diseño y arquitectura. Junto a su mujer tienen energía además para embarcarse en el diseño de autos eléctricos. Pero en los ’80 le detectan el mal de Parkinson, lo que lo aleja definitivamente de la empresa. Coqueline toma las riendas de la marca y él decide dedicarse a la pintura y la escultura, exponiendo incluso en la Feria Internacional de Arte Contemporáneo de París.

“André fue un visionario que no trabajaba sobre el cuerpo, sino sobre una época y con lo humano. Había que tener mucho coraje para ello”, recordaría Coqueline poco antes de ceder la empresa definitivamente en el 2011. El, en cambio, poco habituado a los halagos, declaraba con modestia en el estudio psicoanalítico El vestido de Eugénie Lemoine-Luccion, que “lo que algunos han llamado revolución es simplemente una aceptación del mundo”.

Una marca de pop-luxe. “Les transmitimos lo intransmisible. Nuestra imaginación, nuestro razonamiento y nuestros sueños”. Esta frase fue la única recomendación que André y Coqueline Courrèges entregaron al dúo de empresarios formado por Jacques Bungert y Frédéric Torloting cuando el 2011 le cedieron la totalidad de la marca que habían creado hacía medio siglo.

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Cinco años han pasado de esa conversación y el dúo de empresarios ha logrado poner de pie nuevamente la marca con la supervisión de la inseparable pareja con quien una vez por semana, y hasta antes de la muerte de André, se juntaban para tomar una copa en su casa del exclusivo barrio de Neuilly sur Seine: “Hemos pasado tres años renovando la industria. Coqueline la había cerrado voluntariamente para protegerla, y claro, abrir las ventanas toma tiempo y nosotros quisimos hacerlo lento para realizarlo bien”.

Y aunque siempre ha habido una mujer Courrèges en la moda francesa, había que despertar a esa bella durmiente que estuvo ausente en una de las etapas más importantes en la evolución de la industria: “Esta empresa se perdió el boom del lujo en Francia representado por la llegada de Bernard Arnault (el dueño de Louis Vuitton) que hizo un trabajo increíble en la Avenida Montaigne y la familia Pinaud. Así que tuvimos que rejuvenecer y reabrirnos al mundo. Decidimos concentrarnos en relanzar la ropa, el perfume, y la línea de anteojos y en otros ámbitos haremos colaboraciones. Hoy hay quienes dicen que hay cinco marcas patrimoniales francesas: Dior, Chanel, Balenciaga, Saint Laurent y Courrèges, y yo siento que somos una start-up en medio de gigantes”.

Después de probar a mucha gente, los nuevos dueños contrataron a la dupla de jóvenes diseñadores Sébastien Meyer et Arnaud Vaillant. En septiembre pasado presentaron su primera colección con un show en la Opera Bastille, uno de los imperdibles de la fashion week. “La fuerza de Courrèges y su firma ha sido adelantarse a su tiempo”, describía la revista Marie Claire que habló también de un regreso a los fundamentos, un prêt-à-vivre (listo a vivir) que refleja nuestros tiempos. Según la publicación el alma de Courrèges “impregnó cada pieza, desde el vinilo en los pantalones, la minifalda y el vestido trapecio, como si los códigos de un pasado futurista estuvieran más que nunca de actualidad”.

¿Quién es la mujer Courrège hoy? Es universal. “André era ingeniero y siempre puso ese razonamiento detrás de su trabajo, una voluntad de pensar a las mujeres en su necesidad de juventud, de seducir, en su vida. El buscaba cambiar el mundo y la sociedad, poner color en la vida y en la calle. Es una marca cercana, y por eso me gusta calificarla de pop-luxe”, concluye Bungert.