Agatha Ruiz de la Prada siempre viste de Ágatha Ruiz de la Prada. Hoy lleva una pollera amarilla con estampados que reproducen las letras de su nombre en tonos dorados y ocre y un polerón blanco con un gran corazón rojo. En el brazo, una cartera rosada de cuero mexicano. En los pies, zapatos azules con corazones. Una combinación imposible en otra mujer pero que en ella consigue lucir con gracia y estilo.

Agatha es una diseñadora pero al mismo tiempo una marca. Su casa está decorada con sus diseños, dibuja con sus lápices y libretas y cuando se va a dormir, lo hace envuelta en sus sábanas y con uno de sus pijamas de estrellas, nubes o corazones.

La única vez que no está vestida o rodeada de Agatha Ruiz de la Prada es en los funerales. “Soy incapaz de ponerme algo que no sea mío. Cuando tengo un funeral pido prestado un traje negro. Lo paso fatal”, recalca

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La diseñadora llega estos días a Chile para montar una exposición retrospectiva en la Sala de Arte Las Condes que recoge sus 55 vestidos favoritos. La muestra, que viene del Museo de Arte Contemporáneo de Lima, se inaugura el 29 de abril y está compuesta de diseños que cuesta imaginar: en forma de caramelo, de torta de cumpleaños o de estrella. Son fruto de 30 años de carrera en que además de ropa, ha incursionado en objetos tan distintos como azulejos, lavadoras, cochecitos de guagua, mochilas, puertas blindadas y perfumes. En su haber tiene incluso una colección de tumbas.

¿Le queda algo por hacer a Agatha Ruiz de la Prada? “Casi nada”, responde ella. “Sólo quiero concentrarme en hacerlo mejor”.

Se acaba de bajar de un tren que la trajo de Madrid a Barcelona. La noche anterior estuvo cenando con Pierre Cardin y luego se va a Belgrado a montar un desfile. Dice que intenta pasar una semana al mes en su tienda de París, otra en la de Milán y una tercera en la de Nueva York.

“Pero nunca es verdad. No lo consigo porque van saliendo cosas. Estoy moviéndome constantemente. Hago desfiles, presentaciones… Es una locura de vida. Me levanto a las cinco de la mañana y voy siempre cargada a todas partes, con cajas y paquetes, de una tienda a otra. Es una vida bastante salvaje”, dice levantando las cejas para enfatizar sus palabras.

Sus respuestas son entrecortadas porque la están maquillando. Ha venido a Barcelona a participar en la celebración del centenario de Puig con quien comercializa su línea de perfumes. Uno de los secretos de su negocio, considerado uno de los más rentables de España, es haber sido capaz de establecer colaboraciones con grandes marcas. Ella se concentra así sólo en lo que le gusta: el diseño.

Es uno de esos días en que sacrificará la comodidad de la pollera amarilla con la que se levantó en la mañana para ponerse durante unas horas un vestido de fiesta y tacos.

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—Los trajes nuevos me ponen nerviosísima. Me los pongo para una fiesta o una cena, sólo un rato. Para mí lo más importante es ir cómoda, domesticar la ropa. Cuanto más vieja está, cuantas más veces me la pongo, mejor me siento. Esta pollera que llevo ahora tiene siete años y el chándal, cuatro – dice mientras acaricia la tela con cariño, analizando cada letra del estampado.

—¿Cómo se consigue hacer productos tan distintos manteniendo el sello de la marca? ¿Es difícil?

—Para mí no porque todo lo hago yo misma. Tengo un equipo de personas que desarrollan mis ideas pero no hacen nada que no sea mío. Yo tengo un estilo propio. Es algo difícil de conseguir pero yo lo tengo.

—Sus diseños son inconfundibles en España. ¿Pasa lo mismo en otros países? ¿En Chile, por ejemplo?

—En Chile también. Mis colecciones están asociadas a unos valores determinados y la gente los percibe inmediatamente. Mis trajes tienen un lenguaje universal, hablan solos. Cuando la gente entra a mis tiendas, nunca necesita explicaciones. No hay barreras culturales. Esto no quiere decir que agraden a todo el mundo.

—¿Los chilenos entienden a Agatha Ruiz de la Prada?

—Por supuesto. Chile ha sido una de mis puertas de entrada a América Latina. Ahora, para la exposición, ha sido Jorge Edwards quien ha escrito el prólogo del catálogo. Es un lujo.

Agatha Ruiz de la Prada tiene actualmente tiendas propias en París, Milán, Londres, Nueva York, Madrid, Barcelona y Oporto. Todas tienen el mismo look: muros de color fucsia o naranja donde se mezclan el verde limón y el amarillo, colores característicos de sus colecciones.

“Tener tiendas es muy, muy complicado. Es como tener un hijo. Cada día tienes que preocuparte de cada detalle, de la alarma, que faltan etiquetas. Te quita mucho tiempo para crear”, explica.

Se nota que es cierto. Estamos en su tienda de Barcelona y va dando indicaciones y haciendo preguntas sobre cada detalle que se encuentra en el camino. No se le escapa nada. Mientras la recorre, cuenta que ha venido acompañada de su hija Cósima, la que a sus 23 años se ha convertido en la nueva it girl española y en la mejor imagen de los diseños de su madre. “Ella lleva súper bien mi ropa. La mezcla con mucha más gracia que yo, mil veces. Es que tiene 23 años”, dice orgullosa.

Además de Cósima, Agatha Ruiz de la Prada tiene otro hijo, Tristán, de 27 años. Ambos son fruto de su unión sentimental con el periodista y ex director del diario El Mundo, Pedro J. Ramírez.

—La mayoría de diseñadores están marcados por las tendencias. De alguna forma “matan” sus colecciones anteriores para hacer nacer una nueva. Usted hace lo contrario.

—Es lo que intento. Que mi moda no pase de moda. Me gusta hacer prendas que queden en un armario varios años y que se puedan ir mezclando. Tengo algunas que tienen 30 años y que a la gente le siguen gustando. La retrospectiva que presento ahora en Chile tiene algunos vestidos de hace 33 años y al verlos te das cuenta de que hay una coherencia en el tiempo. Esto es quizá lo más importante que yo tengo. Te puede gustar o no pero yo llevo haciendo trajes con ruedas y con aros toda mi vida. Y además me los pongo.

—Hay mujeres que dicen que sus diseños son sólo para niñas o adolescentes. ¿Qué les diría a las “mujeres de negro”?

—Prefiero no decirles nada. Yo hago mis diseños y procuro no dar lecciones. Que ellas compren lo que quieran. Yo nunca diseño nada con negro. Me horroriza. Soy la peor enemiga del negro.

“Coser trajes para una señora riquísima no es lo mío. Me gusta la Bauhaus, que una cosa esté bien y se repita muchas veces”. Agatha Ruiz de la Prada está convencida de que gran parte de su éxito se debe a su empeño en ser lo que ella denomina “una diseñadora democrática”. Algo que en la práctica se traduce en crear prendas y productos accesibles a la clase media. Ella misma no viene, sin embargo, de la clase media.

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Hija de un famoso arquitecto y de una aristócrata catalana, vivió desde pequeña rodeada de una de las colecciones de arte más importantes de Europa. En 2010 se convirtió además en marquesa de Castelldosrius, Grande de España y baronesa de Santa Pau, los títulos más importantes de Cataluña. Fue tras un largo litigio, liderado por ella misma, para que España reconociera la igualdad de hombres y mujeres a la hora de heredar títulos nobiliarios.

—Mi vida no ha cambiado en nada por ser Grande de España. Sigo trabajando igual. Como una loca. Me metí en este litigio sin ganas y fue muy pesado para mí. Lo hice porque siempre he sido feminista y pensé que era necesario hacerlo. Ganamos y ya está. La vida sigue igual.

—¿El hecho de haber vivido rodeada de arte sí la ha condicionado?

—Eso sí, totalmente. Yo quería ser pintora antes de ser diseñadora. La familia de mi madre fue mecenas de Gaudí, pagaron el 90 por ciento de su obra. Esto me influyó mucho. Que mi familia gastara tanto dinero en financiar al artista más universal de Barcelona.

—¿Sus influencias son del mundo del diseño, del arte?

—Vienen del mundo del arte y la pintura. Mi artista preferido es Picasso. Es sin duda el que más me ha influido aunque también Mark Rothko y Andy Warhol. En la exposición que se verá en Chile hay muchas referencias al surrealismo y a Rothko. El que vaya a verla reconocerá este lenguaje. Ni uno sólo de los vestidos es comercial.