En los últimos 24 años, Nuccio Ordine (55) —filósofo y académico italiano— se ha empeñado en dos cosas. Una: hacerles entender a sus estudiantes que a la universidad no se va a obtener un diploma, sino a aprender a ser mejores personas. “Si no consigues ser una mejor persona, difícilmente vas a poder ser un mejor médico, un mejor abogado, un mejor ingeniero”. Dos: en todo ese tiempo fue apuntando frases y párrafos de los libros que lo maravillaban —de Dante, Cervantes, Shakespeare, Heidegger, Montaigne, Bataille, entre muchos otros—, fragmentos que terminaron por converger en la publicación de su libro La utilidad de lo inútil, un verdadero manifiesto en contra del utilitarismo y del homo economicus, que lo ha puesto en el foco de los medios.

Publicado en Italia y en Francia durante la primera mitad de 2013, y recientemente traducido al español y lanzado en España por Acantilado —en marzo llega a Chile—, La utilidad de lo inútil se ha convertido en un éxito de ventas y ha sintonizado con las voces que han cuestionado los recortes presupuestarios que algunos estados europeos —entre ellos Italia y España— han implementado en detrimento de los programas educacionales y culturales en medio de la crisis.

Pero por sobre todo ha generado una empatía mayor en la gente de a pie. Cuando Ordine presentó su libro en Barcelona, la gente lo abrazaba y le daba las gracias por el contenido de su ensayo. Incluso un estudiante de filosofía y paleografía se acercó para contarle que él había optado por esas dos carreras contra la voluntad de su padre que siempre le preguntaba para qué habría de servirle. “Su libro me ha reafirmado que mi decisión era la correcta”, le dijo el muchacho, según recordó Ordine en una entrevista al diario El País.

La utilidad de lo inútil es ante todo un manifiesto tan urgente como esperanzador en defensa de la gratuidad de los actos y de disciplinas como la filosofía, la literatura, la poesía y las bellas artes.

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“Si dejamos morir lo gratuito, si renunciamos a la fuerza generadora de lo inútil, si escuchamos únicamente el mortífero canto de sirenas que nos impele a perseguir el beneficio, sólo seremos capaces de producir una colectividad enferma y sin memoria que, extraviada, acabará por perder el sentido de sí misma y de la vida. Y en ese momento, cuando la desertificación del espíritu nos haya ya agostado, será en verdad difícil imaginar que el ignorante homo sapiens pueda desempeñar todavía un papel en la tarea de hacer más humana la humanidad”, escribe Ordine.

El diagnóstico del académico italiano es lapidario y toma como ejemplo —de cómo hemos ido perdiendo los valores que hicieron grande a la humanidad para convertirnos en clientes y apóstoles de lo utilitario— a la educación universitaria.

“Hace mucho que en Italia han  comenzado reformas que han destrozado la educación convirtiendo a las universidades en empresas y a los estudiantes en clientes. Aplicar la lógica empresarial a la universidad significa matar el saber, el conocimiento. La situación es trágica si pensamos también en el léxico de las universidades: los estudiantes acuden a recibir créditos y pagar débitos. Este léxico nos hace comprender que en el fondo hoy el estudiante se ha convertido en un cliente. No ocurre sólo en la educación, el problema se extiende también a la salud: los médicos se han transformado en burócratas y los pacientes en clientes. Todo esto aniquila la calidad de un país”, sentencia Ordine.

Cuando en plena crisis el gobierno italiano decidió recortar presupuestos en educación, Ordine sintió en sus oídos las palabras que el propio Víctor Hugo pronunció en 1848 contra aquellos que hace más de 160 años, en los albores de la Revolución Francesa, intentaban hacer lo mismo: “Vosotros estáis talando la excelencia del país. Cada escuela que abrimos es una cárcel que cerramos (…) Habría que multiplicar las escuelas, las cátedras, las bibliotecas, los museos, los teatros, las librerías. Habría que multiplicar las casas de estudio para los niños, las salas de lectura para los hombres, todos los establecimientos, todos los refugios donde se medita, donde se instruye, donde uno se recoge, donde uno aprende alguna cosa, donde uno se hace mejor; en una palabra, habría que hacer que penetre por todos lados la luz en el espíritu del pueblo, pues son las tinieblas lo que lo pierden”.

Ordine apela a la humanidad y a la solidaridad perdida a costa de esta última crisis vivida por Europa. Habla de la crueldad con la que muchas empresas despiden a sus trabajadores y de cómo los gobiernos suprimen los empleos, la enseñanza, la asistencia social a los discapacitados y la salud pública. Pero por encima de todo, a Ordine le duele ver a los seres humanos “entregados exclusivamente a acumular dinero y poder (…) Es doloroso ver a hombres y mujeres empeñados en una insensata carrera hacia la tierra prometida del beneficio, en la que todo aquello que los rodea —la naturaleza, los objetos, los demás seres humanos— no despierta ningún interés”.

En la mirada de Ordine, la sociedad actual promueve el consumismo, lo que no hace más que asentar la superficialidad. En ese estadio, ejercicios como la lectura parecen pasados de moda. Sin embargo, pocas actividades nos llevan en un sentido diferente al consumo: leer es profundizar en el pensamiento humano. Y en ese plan se ayuda de un verso de Hölderlin que reza: “Pero lo que permanece lo fundan los poetas”.

La idea de que lo inútil es fundamental en la vida del ser humano, por encima de aquellas cosas que ofrecen un provecho utilitario, lo resume de manera impecable con un ejemplo Kazuko Okakura, autor de El libro del té.

“Intenta imaginar un mundo sin flores… Desde el punto de vista material podríamos vivir sin flores, pero aunque parezcan inútiles, tienen un papel muy importante en nuestra vida porque son portadoras de la belleza. Kakuzo Okakura, en una bella metáfora, sostiene que la humanidad pasa del estado animal al humano cuando el primer hombre recoge una flor para dársela a su compañera. Este gesto inútil nos hace entender lo que es el arte”, escribe Ordine.

Tenemos necesidad de lo inútil como tenemos necesidad de las funciones vitales para vivir. Y por si hiciera falta más argumentos, Ordine suma uno más en palabras de Ionesco: “La poesía, la necesidad de imaginar, de crear es tan fundamental como lo es respirar. Respirar es vivir y no evadir la vida”.