Cuando por costos debió cerrar la revista Antílope en 2014 —tras dos años en el mercado—, Verónica López reflexionó por qué a diferencia de ésta, la mayoría de las revistas que había creado en cuatro décadas, han persistido en el tiempo: Cosas ya cumplió 40 años; Semana —de Colombia— 35; CARAS va para los 30 y Sábado de El Mercurio, casi 20.

“Lo clave es mantener la columna vertebral original; si eso se pierde, se pierde la gente que la sigue”, concluía por esos días. Comenzó así a darle vueltas al tema y pensó que era el momento de contar su experiencia como fundadora y directora de medios, que le han valido varios premios, siendo la primera chilena becada por la Fundación Nieman para estudiar en Harvard. Por casi tres años, Verónica se refugió en lo que fue su vida profesional; conversó largo con historiadores, sociólogos, con quienes conformaron sus equipos de trabajo; se sumergió en bibliotecas y en los archivos de las publicaciones que formó y escribió su reciente libro 40 años de revistas (1974-2014).

Se trata de memorias cargadas de emoción, desafíos y dolores que, de boca de su autora y de los periodistas que cubrían los hechos, dan cuenta de lo que fue hacer periodismo durante la dictadura y en democracia; donde eran habituales las amenazas, golpes bajos y censura política que más tarde se transformó en censura económica. Recorriendo su historia, Verónica vio que el tema de crear revistas venía de su bisabuelo Guillermo Helfmann, fundador de la primera imprenta en Chile (Universo) y creador del primer diario (The Chilian Times) y de la primera revista ilustrada (Sucesos).

Su abuelo Federico le compraría más tarde a Agustín Edwards MacClure la empresa editorial Zig Zag con la que fundaría 55 revistas. “No fue casualidad”, reflexiona la periodista UC, hoy a cargo de la cátedra Gestión en proyectos periodísticos en esa casa de estudios. Genes que la convirtieron en exitosa empresaria, que llevó la delantera y no se amilanó con las presiones, enfrentando en su momento al ex director de la CNI Humberto Gordon y hasta el propio general Pinochet para lograr su cometido de abrir Revista CARAS. DOS VISIONES De alma DC y más tarde parte de los grupos fundadores del PPD, en 1976 fundó Revista Cosas junto a Mónica Comandari, quien era partidaria al régimen militar. Verónica venía de trabajar en Las Ultimas Noticias, Revista Vea, fue jefa de pauta en Teletarde de Canal 13 y directora de la revista Contigo, donde ya había empezado a correr cercos y desafiar a la autoridad con reportajes sobre sexualidad femenina, aborto, divorcio, la mujer y su trabajo. En Contigo, la tensión máxima la alcanzó en plena dictadura con la entrevista de la periodista Olga Kliwadenko a Mary Menchaca, la viuda del general Oscar Bonilla, cuyo helicóptero estalló en el aire el 3 de marzo de 1975.

“Apenas apareció la revista fui convocada al mismísimo edificio donde operaba la Junta de Gobierno por un ayudante del general Pedro Ewing… De inmediato me señaló que la entrevista no se ajustaba a la verdad porque el helicóptero del general Bonilla no había ‘caído envuelto en llamas’, sino que había caído a tierra, producto de una falla técnica… Exigió una aclaración inmediata… No sin antes decir que quedábamos bajo observación”.

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Según detalla en su libro, Cosas cumplió en esos años el papel de revista de sociedad, que apuntaba al segmento alto, con fotografías impactantes, que mezclaba perfecto la actualidad, vida social y artículos de interés. Una combinación entre Gente y Paris Match, donde la periodista se preocupó de que las páginas tuvieran un ritmo y coherencia para que los temas se potenciaran; fórmula que repetiría más tarde en los otros medios que formó. A pesar de cierta reticencia de Comandari, Verónica reconoce que tuvo la voluntad de aceptar los temas duros que solían proponer Raquel Correa, Elizabeth Subercaseaux, André Jouffé y Malú Sierra, que muchas veces les significó meterse en problemas. Como cuando entrevistaron a María Teresa Valdebenito, mujer de Manuel Contreras quien afirmó entonces que no tenía idea de lo que hacía su marido; a Michael Townley, bajo el título: “Me dieron la misión de matar a Orlando Letelier”. Y en una oportunidad hasta se infiltraron en una fiesta de la Dina. “La vuelta de tuerca de los temas tenían que ver con la valentía de los periodistas que se atrevieron. Daban argumentos tan geniales, que era imposible negarse. No era fácil cerrar Cosas por un artículo de una revista que tenía de portada a Carolina de Mónaco. Esas tapas nos salvaron de varios malos ratos; pero no nos amilanamos y publicamos lo que nos pareció relevante”.

A fines de los 80 se complicó la relación con Mónica Comandari. “Eramos socias por partes iguales, lo que implicó una doble jefatura además de la doble visión frente al país y a los hechos”, cuenta en sus páginas Verónica, quien en esos años separada y con dos hijos (Gonzalo y Carolina) decidió que era el momento de un break y aceptó la propuesta de su entonces pareja, el argentino Carlos Montero —que trabajaba para el BID y con quien se casó— de radicarse en Colombia.

En su relato, la periodista cuenta que aprovechó su nuevo destino —al que fue sin sus hijos porque el padre no los autorizó— para introducir Cosas en Colombia, Venezuela, Costa Rica, Panamá, Miami, y detalla cómo fue abrir allá la revista de actualidad Semana —que ya cumplió 35 años— y el proceso de armar el equipo editorial, de administración y de ventas de ese medio convertido hoy en una institución en el país cafetero por sus reportajes duros y cobertura de temas difíciles. “Ahí aprendí lo que era el periodismo”.

En 1985, ya de regreso en Chile y tras vender su parte en Cosas, junto a María Elena Wood e Ignacio Pérez-Cotapos tiraron líneas para una nueva revista. Tras varios estudios de mercado, la conclusión fue que faltaba una con mayor espacio cultural, más entrevistas y reportajes a fondo; más abierta, fina pero chilena. “‘Tiene que ser una grande, como el Interview de Nueva York’, dijo Pérez-Cotapos. ‘Una revista que rescate la cultura, el teatro, los barrios, el cine chileno’, agregó la Manena”, relata Verónica en sus páginas.

En abril de 1986, tras meses de trabajo y trasnoches, con la maqueta lista de la revista que llamaría CARAS y financiada nada menos que por Armando de Armas (dueño del imperio de revistas femeninas en Miami como Vanidades y Cosmopolitan), el permiso de circulación les fue vedado por el gobierno militar. A esa desilusión le siguió ser despedida un día antes de lanzar la revista MasterClub que armó para Sebastián Piñera, presidente entonces de Bancard. Según le explicó él, lo había llamado Francisco Javier Cuadra, ministro secretario general de gobierno, para decirle que esa publicación no podía ver la luz con el nombre de Verónica López como directora. La periodista narra que se enteró por el abogado de RN Ignacio Pérez Walker que existía una carpeta suya en la CNI. Aunque eran palabras mayores, partió temblorosa a pedirle algún tipo de explicación al director jefe de dicho organismo Humberto Gordon. Aunque fue cordial, el militar le aclaró que sus antecedentes no eran buenos.

“Hay declaraciones de personas que la conocen y que no la quieren nada… El ministro Cuadra señala que usted no es una persona a la cual veríamos con buenos ojos que sacara una revista. Y la señora Mónica Comandari, su ex socia, señala que usted insistía en que se entrevistara a personas absolutamente contrarias al régimen”. Tras enfrentar a su ex socia y ella negara lo dicho por Gordon,Verónica hizo que Evelyn Matthei le consiguiera una reunión con Pinochet. Aunque días después se enteró por el propio Gordon que su carpeta en la CNI ya no existía, su objetivo ahora era sacar el permiso para lanzar CARAS.

“‘¿Me puede explicar por qué insiste en sacar revistas? Usted es periodista, puede hacer entrevistas…’ ‘Pero general, es como pedirle al zapatero que arregle cañerías… Lo que yo sé hacer son revistas”, se defendió Verónica. “En esas reuniones sentía mucho miedo, porque piensas que no saldrás de ahí”. Con los días llegó la tan anhelada autorización —por la que también intervinieron las periodistas Patricia Guzmán y Constanza Vergara— y en mayo del ’88, al fin CARAS vio la luz. “Fue maravilloso por el equipo que formamos con Malú Sierra, Elizabeth Subercaseaux, Raquel Correa, Mane Wood, Paula Escobar… Al principio las otras revistas del grupo Armas nos sostenían, pero nos fuimos como avión. Fue clave poner a chilenas en portada y el rescate de la cultura; haber tenido la exclusiva con Antonio Skármeta llegando del exilio y que él se encargara de esa sección por años”.

Verónica cuenta que una vez que ganó el No, vinieron las elecciones y llega Patricio Aylwin, “¡te sientes con licencia para matar! Reporteamos los hornos de Lonquén, las fosas de Pisagua, Villa Grimaldi, Villa Baviera. No había fiscalización, aunque ahí comienza la autocensura. Muchas veces el susto venía de nuestra propia editorial (Andina) y los llamados de atención eran por temas valóricos” Tras diez años, Verónica dejó la dirección de CARAS para irse becada a Harvard. A su regreso, en 1998 fundó revista El Sábado de El Mercurio y en 2012 Antílope que tenía una plataforma comercial digital que no pudo solventarse. “Los dueños de los medios y avisadores se olvidan de que la verdad bien investigada y con respeto es lo que más vende”.

—¿En ese sentido, siente que ha cambiado la forma de hacer periodismo?

—Han cambiado los géneros periodísticos y lo delicado es que hoy por lo vertiginoso, se entiende la pos verdad como verdad. Esos son los riesgos actuales que no es igual a valentía. Mi duda es si existe la valentía de antes, atreverse a hacer cosas que otros no cubren.

—¿Recuerda haber hecho concesiones con los militares, de haber guardado algo?

—Nunca pude guardar una noticia en el cajón. Aunque mi trinchera personal fue siempre armar equipos, combinar reportajes y jugar con las platas para sacar adelante los proyectos.

—¿Cómo está con Mónica Comandari?

—Bien, almorzamos de vez en cuando, hay cariño. Cuando la enfrenté por sus declaraciones a la CNI, se enojó. “¡Estás loca! Como si yo fuera la Clarita Petacci del régimen. Sé que Cuadra te tenía mala”, me dijo. Le creí.

—Aceptó trabajar con Agustin Edwards.

—Por la relación de su abuelo con el mío… El quería hacer revistas y es lo que sé hacer. Le propuse partir primero con una dentro del diario y así nació El Sábado. Y me tiré nomás, sin entender antes la cultura de El Mercurio.

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—¿A qué se refiere?

—Hubo mucha crítica y molestia interna, aunque al final la directiva del diario empezó a incomodarse con algunos artículos nuestros, como cuando publicamos la carta que le escribió el general Prats a Moy de Tohá, ¡justo antes de que lo mataran!, en que hace un mea culpa por ser militar del régimen… Llegó esa carta a mis manos, lo consulté con el equipo, fui con todo ¡y me quedó la escoba! Eso influyó en mi salida. Cuando llevaron a Paula Escobar como editora de suplementos entendí que jamás haría el proyecto por el cual me llevaron que era hacer revistas.

—¿Le pesa no saber calibrar riesgos?

—Es que no alcanzo a darme cuenta; soy media naíf en eso. Era un documento tan valioso para entendernos como chilenos, que guardarlo ¡era de locos! Nunca nadie ha aceptado reportajes o entrevistas que recuerden momentos ingratos de gobiernos o de poderes del que fueron partidarios.

—¿Por qué rechazó la propuesta de Sebastián Piñera de ser ministra del Sernam?

—Siempre he sido DC, no tenía nada que hacer en un gobierno de derecha. Lo bonito de parte de él, es que pagó su deuda. Revisando su trayectoria, confiesa que habría pensado dos veces antes de irse a Colombia sin sus hijos.

“Fue doloroso para todos y ellos lo resienten hasta hoy. Si me hubiera quedado en Chile, tal vez mi vida habría sido distinta, porque a propósito de lo que viví allá tuve los cojones de abrir CARAS antes del plebiscito”.

—¿Le queda alguna revista por fundar?

—No, con mi libro cerré ese capítulo. Tengo muy claro qué revistas sacaría, pero está difícil el periodismo impreso y los valores de la publicidad en digital no paga los equipos de trabajo.

—¿Qué futuro ve a las revistas impresas?

—Tienen la ventaja de que la población que se avejenta es cada vez mayor y van a querer seguir teniendo su revista en papel. Estas deben mantenerse en la línea media y sacar adelante sus plataformas digitales lo mejor posible. Lo clave es que sus páginas tengan un ritmo. El ‘batatazo’ hay que darlo siempre y nunca se debe temer a publicar lo que está pasando. Lo peor es no atreverse, hacer como que las cosas no pasaran.