Cuando a mediados del año pasado una de las bancas a orillas del canal de Leidsegracht, en Amsterdam, desapareció, las alarmas se encendieron. No se trataba de un mobiliario cualquiera del ayuntamiento. Era el lugar donde los protagonistas de la adaptación cinematográfica de la novela Bajo la misma estrella —de John Green— se besaban. La historia de dos adolescentes que se enamoraban estando enfermos de cáncer había conquistado la cabeza y el corazón de millones de jóvenes lectores en su versión escrita y la película no hizo más que redoblar el éxito de ese libro juvenil: más de 4 millones de ejemplares vendidos en el mundo; 80 mil copias en Chile. ¿Qué había pasado? Si bien un departamento municipal había retirado la banca para restaurarla, la tesis de que un grupo de fans de la novela se la había llevado como trofeo estuvo circulando por varios días. Y es que el fenómeno de la literatura para adolescentes está tan desbordado que cualquier cosa se puede esperar de sus incondicionales.

Desde que J.K. Rowling publicara en 1997 Harry Potter y la piedra filosofal la industria del libro vio sacudidos sus paradigmas y creencias. La historia del niño que a los once años descubre que tiene poderes mágicos llegó para romper el orden establecido. Si hasta entonces en Chile un libro de Isabel Allende o Pablo Coelho alcanzaba la categoría de best seller con una venta de 20 mil ejemplares, la historia de Rowling vendió cien mil. Y lo mismo ocurrió, a escala, en los mercados mundiales. Pensar que un libro podía vender 450 millones de copias —que es lo que ha vendido a la fecha la saga de Harry Potter— no estaba en la cabeza de nadie. No sólo hizo pedazos los moldes del best seller, también acabó con el mito de que sólo los adolescentes nerds leían, y abrió las fronteras del libro infantil, ya que los adultos se sumaron como ávidos lectores. 

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—Todas las editoriales quisieron colgarse del fenómeno, y aunque las historias no tenían mucho que ver con la de Harry Potter las promocionaban como si fueran extensiones de la misma historia. La saga sobre Artemis Fowl, un niño medio pillo y bueno para la tecnología —escrita por Eoin Cowfl—, fue vendida como el Harry Potter malo; y la saga de Manolito Gafotas, un niño muy poco políticamente correcto —escrita por Elvira Lindo— se publicitó como el Harry Potter español; a pesar de que ni uno ni otro se parecía al personaje creado por J.K. Rowling —cuenta Sergio Tanhnuz, director de publicaciones generales de Ediciones SM.

Las peripecias vividas por el alumno de la escuela de magia Hogwarts marcaron un hito, pero no fueron el fin de la moda. Ocho años después, la norteamericana Stephenie Meyer sorprendió al mercado con una historia de vampiros (y hombres lobos): Crepúsculo —novela a la que siguieron Luna Nueva, Eclipse y Amanecer—. En sus externalidades la receta era parecida: en la senda fantástica, más de 300 páginas y con adaptación cinematográfica. Pero agregaba elementos nuevos: el romance —chica buena se enamora de chico malo—, un acercamiento al erotismo y una estética algo más femenina —de ahí que el grueso de los lectores de las sagas juveniles sean mujeres. 

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Las sagas juveniles se refrescaron tres años después con la irrupción de Los juegos del hambre. La novela de la norteamericana Suzanne Collins potenció el género de las distopías, esas historias que muestran mundos futuristas, tecnologizados, “pero donde hemos retrocedido a nivel social, sometidos por un sistema totalitario frente al que un protagonista se rebela”, dice Stephanie Veas, una de las booktubers más reconocidas de la escena local.

Las distopías tienen sus antecedentes en títulos como 1984, de George Orwell y Un mundo feliz, de Aldous Huxley. Ciencia ficción pura que tras el éxito de las tres entregas de Los juegos del hambre  ha prolongado su racha con títulos como Divergente, de Veronica Roth, y Legend, de Mary Lu. 

Y aunque hasta ahora su reinado sigue vivo —con películas incluidas—, impensadamente le han dejado paso a una nueva variante: la literatura young adult. “Por más que las editoriales hayan hecho sus apuestas era imposible predecir qué iba a venir después de la magia, los vampiros y las distopías, hasta que apareció Bajo la misma estrella. Los lectores adolescentes conectaron con las emociones, con lo sentimental”, explica Tanhnuz.

Con la irrupción de su adaptación cinematográfica, la novela de Green —que a diferencia de los otros fenómenos no es una saga— se convirtió en varios países en el libro más vendido de 2014. Algo a lo que también ayudó la presencia de Green en las redes sociales, territorio que es fundamental para que las sagas juveniles consigan atraer la atención de los lectores.

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“Gracias a su constante actividad y creación de contenidos en redes sociales ha conseguido generar un vínculo con sus lectores”, explica Stephanie Veas.

Qué vendrá ahora. Es difícil saberlo. Por lo pronto, a la novela de Green se han sumado otros autores que han venido a darle consistencia al young adult: Rainbow Rowell, con Fangirl y Eleanor & Park; Jojo Moyes , con Yo antes de ti, y Gayle Forman, con Si decido quedarme.

¿El futuro? Lo desconocemos. Pero sí es un hecho que las sagas juveniles llegaron para quedarse. Ya no se habla de best seller, sino de long seller, éxitos que se prolongan en el tiempo porque los libros van conquistando con rapidez a nuevas generaciones de lectores. Como dicen por ahí, juventud, divino tesoro.