Hay unos gusanos. El campo argentino. Niños enfermos, aunque no se sabe de qué. Y una distancia, la distancia justa que las madres establecen con sus hijos para poder protegerlos y rescatarlos de todas las amenazas del mundo. A eso la argentina Samanta Schweblin le llama Distancia de rescate (2014, Penguin Random House) y es el título de su nueva novela, la que en poco más de cien páginas toma de la mano al lector y lo desliza por una historia desconcertante, donde el miedo no surge de los monstruos que viven bajo la cama, sino de lo incompleto, de lo inacabado, de aquello que no termina de entenderse.




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Al igual que su coterránea Mariana Enríquez —quien el año pasado fue publicada en Chile por Montacerdos con el volumen Cuando hablábamos con los muertos- Schweblin- se sitúa en el género del terror, dando cuenta de una tendencia de algunas escritoras trasandinas por explorar lo fantástico en su faceta más oscura. Su paisaje: el campo argentino infectado por los agrotóxicos que han contaminado a los niños de forma inevitable. Lo podrido está en todo. No hay médicos y la solución la ofrece una curandera de una casa verde quien separa en dos los espíritus de esos pequeños para salvar sus vidas. Pero los que vuelven de la experiencia no son los mismos y eso es lo desconcertante. Los pasos de los niños no tienen el mismo peso, su humor no es el mismo y unas manchas blancas les cubren la piel.




La novela funciona como una conversación que adquiere distintas intensidades a medida que avanza la historia, un diálogo entre Amanda, una mujer moribunda por razones que no entendemos y David, uno de los infectados. El relato trata de explicar lo inexplicable, pero detrás de todo aparece la verdadera pregunta: en qué momento la distancia de rescate se hace insalvable entre las madres y sus hijos, en qué momento los hilos que unen sus cuerpos se tensan hasta quedar sueltos. Entonces surge el verdadero terror, cuando el rol de protección de las madres se revela como inútil.




No hay nada que se pueda hacer contra los peligros que amenazan las vidas de los hijos, y es quizá la frustración mayor. Llega un instante en que simplemente no hay nada que se hubiese podido hacer mejor. Así, Schweblin entrega un relato plagado de imágenes emocionales, de paisajes cubiertos de esa frustración por lo que no se entiende, por tratar de calmar el miedo y la ansiedad a través de una historia que se cuenta para intentar que, quizás, en el relato, adquiera algo de sentido.