Roman Polanski volvió a Cannes con la adaptación de una pieza teatral, que a su vez se basa en La venus de las pieles, novela erótica publicada en 1881 por el austriaco Leopold von-Masoch, por quien se acuñó el término masoquismo.

Famoso en vida por sus sofisticadas preferencias, Von-Masoch pedía ser maniatado, fustigado y disfrazado de esclavo…

Famoso en vida por sus sofisticadas preferencias, Von-Masoch pedía ser maniatado, fustigado y disfrazado de esclavo… Llegó a prostituir a una de sus amantes para ser su voyeur. En la novela, Severino se rinde a Wanda, su Venus, que al principio no desea gobernarlo. Dice amar la libertad. Pero él sólo puede amar como sometido, y le ofrece formalizar su esclavitud en un contrato, es decir, le pide ocupar un lugar de poder que termina por ser irresistible. Quizá los acuerdos entre partidos políticos se realicen en similares trances de adoración: “nada enciende más mi pasión que la tiranía, la crueldad, y sobre todo, la infidelidad de una mujer”.

Buen complemento del puritano, reclama sólo para merecer otro azote. Para Von-Masoch, nuestra cultura obliga a ser amo o esclavo, ¿pero qué viene primero? ¿Acaso el pueblo no crea a sus déspotas?

Wanda se convence: “haga usted de mí una déspota de pies pequeños, una tirana para andar por casa”. Es sabido que el masoquista quiere ser controlado y castigado como un niño, incluso fuera de la alcoba. Mientras más caprichoso y omnipresente sea el poder, mejor: ajuste a dietas fatigosas, prohibición de fumar, de beber, de drogarse, ser un burro de carga. Buen complemento del puritano, reclama sólo para merecer otro azote. Para Von-Masoch, nuestra cultura obliga a ser amo o esclavo, ¿pero qué viene primero? ¿Acaso el pueblo no crea a sus déspotas?