Fermín Perlassi, ex estrella del fútbol y actual dueño de la estación de servicios de O’Connor, un pueblo de la provincia de Buenos Aires convence a sus amigos de comprar comunitariamente la avícola La Metódica, fábrica abandonada donde ve un futuro de trabajo mancomunal. Propone que todos sus amigos pongan dinero para reactivar el espacio como una bodega agroindustrial, pero con la condición de no generar ganancias, sólo trabajo. Así quizá vuelve la gloria perdida de la provincia frente a la capital. 

La noche que surge la idea,  Argentina entra en el 2001, año de una de sus peores crisis económicas.

La historia privada se topa con la que se escribe con mayúsculas. El corralito financiero dará el pie para que Perlassi y sus amigos sean estafados. El depósito del dinero en la cuenta corriente de un banco que les permitirá acceder a un crédito para efectuar la compra se verá retenido por la orden de no retirar fondos. Es el corralito financiero que hizo desaparecer los ahorros de miles de argentinas y argentinos en la época. Lo que para el país deriva en pánico colectivo y la huída de un presidente en helicóptero de la Casa Rosada, para el grupo de Perlassi será el fin prematuro de un sueño. 

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Perlassi y su grupo planificará una revancha que buscará recuperar la plata, y quizás, algo de la dignidad. La noche de la Usina recoge el último estertor de un proyecto país que terminó de ahogarse con la muestra clara de dependencia al capital transnacional. Mientras la épica de la novela es otorgarle al grupo de viejos una aventura tipo Gran Estafa, por fuera el relato es apenas un cuento de hadas alimentado de nostalgia.

Ante la amenaza de lo nuevo, ¿qué es lo que se busca preservar? La novela de Eduardo Sacheri, cuyo nombre saltó a la palestra de los más vendidos luego de la fama que le dio la adaptación al cine de La pregunta de sus ojos, se queda en esa rememoranza que perpetúa un relato donde la viveza y los ideales socialistas parecen ser componentes esenciales de lo nacional, pero también los relatos masculinos donde las mujeres son acompañantes, secundarias, subalternas. La noche de la Usina tiene el aire de un cuento de hadas, pero ¿para quién? ¿Para la clase trabajadora retratada o para la burguesía urbana que sigue pensando en la provincia de manera romántica?