El poeta Raúl Zurita (67) abre la puerta de su casa en Pedro de Valdivia norte. Saluda con sonrisa amplia y mirada deslumbrada. Viste de negro, como siempre. Flaco y con la barba que lo acompaña desde los 18 años, su figura de asceta ahora arrastra los pies y su espalda se encorva por culpa del Parkinson. Lo acompaña Bob Dylan, un gato grande y egocéntrico. Hay poca luz en su living, muchos libros, premios, reconocimientos, fotografías, música, más libros. Zurita está entusiasmado con la versión de una canción de Violeta Parra en YouTube, tararea algunas estrofas. Vibra con la música, le gusta cantar y bailar. Por eso, desde 2008 y a partir del libro-disco Desiertos de amor (2011) ha hecho recitales junto a las bandas González y los asistentes y Electrodomésticos. Es rockero y tiene un espacio bien ganado entre los jóvenes. De hecho, sus estudiantes de la Universidad Diego Portales, donde es profesor emérito, lo esperan y siguen sin chistar las maratónicas jornadas en las que concentra su cátedra porque se lo pasa viajando. Perú, Estados Unidos, Alemania, India y España han sido sus últimos destinos. En Italia le otorgaron el Premio Internacional Subito que le entregarán en abril próximo en Venecia y en Chile recibirá en noviembre el premio Iberoamericano de letras en la Universidad de Talca. Suma reconocimientos y su obra está traducida a varios idiomas.

 
—Es un poeta laureado, ¿son importantes para usted los premios?
—Cuando no los tenía sí. Ahora no, solo provocan una sonrisa.
—Pero dan cierta aura.
—O te la quitan, porque acá son chaqueterazos, chaqueterazos, chaqueterazos…
Acaba de inaugurar su última acción poética en la galería Aninat. Veintidós frases proyectadas con luz sobre los acantilados entre Pisagua e Iquique y que solo podrán ser leídas desde el mar.
Wikipedia dice que Raúl Zurita es un poeta chileno que recibió el Premio Nacional de Literatura el año 2000. Sin embargo, él asegura ser “un tipo que trata de no ponerse barreras y de sacar adelante un par de sueños. Un par de imágenes que me han perseguido toda la vida”.
—¿Como cuáles?
—Una cierta visión de lo que debería ser: la preservación de un sueño de igualdad, justicia. Donde toda la evidencia demuestra que eso es una locura: la construcción del paraíso en la tierra.
Un universo que cruza su obra y construyó escuchando a su abuela Josefina que les relataba, a él y a su hermana Ana María, extractos de La divina comedia. Sin embargo, estudió ingeniería en la Universidad Federico Santa María, porque era bueno para las matemáticas. “Como hijo de madre viuda —el padre murió cuando él tenía 2 años— no podía meterme a Letras. Crecí con el fantasma de la pobreza. Mi madre trabajó 40 años y hoy tiene una jubilación de 213 mil pesos”.
Pero fue ahí, entre los números que encontró voz propia. “La poesía en el sentido más profundo la adopté con la desesperación después del Golpe. Porque si no escribía me volvía loco”.

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La mañana del 11 de septiembre, en Valparaíso, camino a la universidad, lo detuvo una patrulla militar. Estuvo en el estadio de Playa Ancha y luego tres semanas en el carguero Maipo que servía de prisión en el puerto. Una vez en libertad le urgía un trabajo, estaba separado de su primera mujer (se casó a los 20 años con la artista visual Miriam Martínez Holger, hermana de su amigo poeta Juan Luis) y ya tenía tres hijos. Solo consiguió empleos precarios. Durante un tiempo sobrevivió robando libros por encargo. En ese mundo marginal desarrolló su arte. Se unió al Colectivo de Acciones de Arte (CADA) donde participaban el sociólogo Fernando Balcells y los artistas Lotty Rosenfeld, Juan Castillo y Diamela Eltit (que se convirtió en su segunda mujer), quienes usaban la ciudad como espacio de creación. En ese periodo Zurita realizó varias acciones artísticas utilizando su cuerpo, entre las más polémicas figuran arrojarse amoniaco a los ojos y quemar su mejilla con un fierro caliente. Era una época de expresarse sin palabras. Más tarde, en 1979, en su primer libro, Purgatorio, hizo verbo todos estos sentimientos. Luego vino Antiparaíso (1982). Y en 1984 ganó la beca Guggenheim y partió a Estados Unidos. Eso cambió su vida.
Hoy su obra sigue remitiéndose al paraíso en la tierra. Y entre sus preocupaciones está el calentamiento global. “Me parece un acto de justicia para esta humanidad que persiste en crímenes atroces, donde no pasa un día en que no hay una ciudad bombardeada, un campamento de refugiados, niños masacrados, alguien que se ahogue tratando de alcanzar una tierra mejor. No sé si esta humanidad se merece la sobrevivencia”.
—Dice que el calentamiento global es una especie de justicia divina.
—No sé. Pero el mundo no se puede medir por los que están bien, sino por los que están mal y son muchos. A lo mejor somos una raza de asesinos. No estoy tan seguro si la humanidad se merece la sobrevivencia, quizá lo justo sería que desapareciera, que hubiera un segundo diluvio sin arca de Noé.

EL LEGADO DE BACHELET
—Dice que creció con el fantasma de la miseria, ¿logró ahuyentarlo?
—Son dos cosas: el fantasma de la pobreza y un optimismo enorme. El gran terror de mi madre era mi futuro porque tenía trabajos precarios y no juntaba para jubilación. De repente me dieron el Premio Nacional de Literatura y lo primero que hice fue llamarla y decirle que tendría jubilación.
—Una especie de milagro.
—Me considero un privilegiado. La pensión que me dan como Premio Nacional es demencial. Demasiada gente lo pasa muy mal. El drama de las poblaciones tomadas por los narcos, la destrucción de la convivencia, imaginar lo que es tener un hijo drogadicto… ¡Qué hace una familia pobre con un hijo así! No tiene ninguna posibilidad, eso es real, le pasa a gente que tiene manos, ojos, nariz, que es igual a uno, sus hijos son iguales a los nuestros. ¡Se habla con un nivel de abstracción feroz! Ni siquiera me da horror que poca gente tenga tanto, sino la indiferencia frente a lo que le pasa al prójimo. Con la poesía he intentado ponerme en el lugar de ese chico drogadicto, ese que es capaz de pegarle a la mamá para sacarle plata. En el lugar de la verdadera desesperación.
—¿Sigue militando?
—Sigo siendo comunista. Estoy inscrito.

—¿Va a votar?
—Claro.
—Como comunista está definido su voto.
Prefiere quedarse en silencio y sonreír. Luego agrega: “Me da tanta tristeza saber que voy a morir en un gobierno de derecha. No tengo ninguna esperanza. La derecha va a gobernar los próximos 40 años”.

—¿Por qué cree eso?
—Es como el tenis: perdió el servicio Piñera y salió Bachelet. Ella tenía la oportunidad de ganar su servicio, pero no lo hizo. El otro empató y ya no se cometerá los mismos errores. Me entristezco porque Piñera representa para mí lo peor: una imagen de país atroz.

—¿Quedará un legado de Bachelet, no se perderá con el cambio de gobierno?
—La derecha va a desarmar muchas cosas, pero ella va a permanecer.

—¿Ve esperanza en los políticos más jóvenes, como los del Frente Amplio?
—Son demasiado centrados en sí mismos, con un gran ego. Es una cosa de la juventud, pero la diferencia con los movimientos de los ’60, es que de la boca para afuera por lo menos, eran altruistas. No darse cuenta que hay cosas más urgentes que la gratuidad, como la pensión de los viejos, la infancia desvalida. Entiendo que para un pequeño burgués es horrible endeudarse, pero qué diablos, no hay otra. Eso no se compara con un viejo abandonado en un hospital.

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Como buen poeta, en la vida de Zurita el amor ha sido una constante. Ha estado enamorado durante 62 años y se ha casado cuatro veces. Tiene cuatro hijos: Iván (arquitecto), Sileba (artista visual), Gaspar (cineasta que vive en Europa) y Felipe (músico). “Siempre he estado en pareja. He sido monógamo sucesivo, pero el único amor que cuenta es el último, todos los demás son borradores. He tenido cuatro matrimonios y mi gratitud y respeto para las personas que me han acompañado. Estoy muy en paz con eso, pero mi vida son estos últimos 17 años que llevo con Paulina (Wendt).
Poco antes de recibir el Premio Nacional de Literatura (2000), mientras bailaba en una fiesta sintió una molestia en una de sus piernas. Meses después la rigidez se acrecentó y le diagnosticaron Parkinson. Hoy la enfermedad es su compañera. “Sería idiota decir que entre tener y no tenerlo preferiría no tenerlo. El Parkinson es un personaje a veces aborrecible y otras particularmente encantador, es una enfermedad que tiene sentido del humor. Es como si yo fuera la profesora de un jardín infantil y los niños se portan pésimo: la mano se va para allá, el brazo para otro lado y tú los gritoneas y no te hacen caso”.

—¿El Parkinson es poesía también?
—He tratado de trabajar mi vida como una obra. Por ello quisiera ocuparme de mi muerte de la misma forma. Y esto es casi una lección no para vivir mejor ni para ser sabio, resignarme, justificarme. Me cuesta moverme cada vez más, el problema de rigidez es progresivo y para darme vuelta en la cama tengo que llamar a una conferencia de prensa. Aviso: “me voy a dar vuelta…”. Hago una serie de cálculos, pero hay unos modelos de sillas de ruedas espectaculares. Me imagino una de color rojo, con un banderín de la Católica bien alto.

—¿Ha pensado en la muerte?
—Hasta cierta edad uno habla de la muerte como una fantasía, piensa que nunca le va a pasar, hasta que se encuentra en vida con ella. A mí me ocurrió en el metro de París, tenía 38 años y vivía en las afueras, cerca de la última estación. Fue muy simple: una noche iba en el último metro para llegar a la última estación y pensé: ‘voy a llegar a la última estación, en un segundo más estaré bajando. Así debe llegar la muerte’. Tomé consciencia. La más grande pesadilla es morir quemado, aplastado, ahogado, en un asalto, con violencia y no tener ese instante final de última estación… Eso sería… Uf… (lanza un gran suspiro).

—Usted dice que su obra en los acantilados de Pisagua será lo último que hará.
—Es la imagen de la muerte, es como morirse, es lo último que pienso hacer en mi vida.

—¿Su última estación artística?
—Es que cuando filmas una película no necesariamente la última escena es la que grabas al final. Esto es lo último, pero no necesariamente lo final de mi vida.