Diario de quedar embarazada (Ediciones B) de Claudia Apablaza ingresa al cliché de la mujer histérica esquivando las construcciones masculinas. La narradora hace un relato que cruza dos momentos en la vida femenina: cuando la idea de ser madre se introduce en su cuerpo en forma de obsesión y cuando, ya embarazada, espera el nacimiento de su primera hija.

El relato de la obsesión ocurre en una residencia en Italia, donde Ana, la narradora, es la única latinoamericana y se ve aislada por la imposibilidad de comunicarse adecuadamente con el resto. Allí el deseo de ser madre abandona todo impulso biológico y se vuelve una racionalidad calculadora que convierte a los hombres disponibles en productores de esperma. Ana hace una lista donde anota cosas como: “Descartado por largo… Por pelado sospechoso… Descartado por viejo… Descartado por hablar sólo de política norteamericana”. Se desvela googleando formas de quedar embarazada con la mínima participación del hombre: pinchar condones, simular que toma pastillas anticonceptivas o simplemente decirle a un hombre cualquiera que quiere tener un hijo.

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Por otro lado, aparece Ana años después viviendo el embarazo como una enfermedad. Su cuerpo sufre una alergia que no la deja dormir. La narración se vuelve totalmente pasional, enamorada de la idea de ser madre. Y aunque entonces la acompaña Gabriel, su pareja, los hombres mantienen su distancia espectadora de un evento donde los personajes principales son la mujer y la hija concebida.

Entre ambos momentos se establece una línea temporal de la histeria, que parte en los delirios de la mujer post 30 que se deja invadir por las presiones sociales que la mueven a los espacios tradicionales en pos de la obsolescencia del cuerpo y la mujer que se sienta a revisar su historia reciente en la espera de su hija. Lo que aparece es el cuerpo de la mujer sujetado a la voluntad del hombre. Los hombres para Ana son reducidos a su utilidad, y ella misma, extremadamente racional, deviene reloj biológico, consciente de su fertilidad, en un registro lunático y al mismo tiempo, frío y calculador. Un relato donde aparecen las distintas identidades que cruzan el cuerpo de la mujer, un cuerpo a su vez sujetado a la voluntad masculina, y la evidencia de que incluso en la decisión personal de ser madre se requiere la aprobación del hombre, o al menos, su participación engañada.