Sigue soltera y en introspección. Esa última era una de sus principales tareas hace seis meses. Aún las aguas no se aquietan para Pilar Sordo (52). A su rutina de 15 días en Chile y el resto del mes viajando por Latinoamérica en charlas y talleres, hoy suma su proyecto de mudanza permanente a la cabaña que tiene camino a Ensenada. Habla de vejez, escribir sus próximos libros frente al Lago Llanquihue, de muerte y hasta tiene listo su epitafio: “Quiero que escriban: Aquí murió una peregrina”.

Se ríe cuando le digo que va a poner su imperio en pausa. Y responde que está lejos de eso: vive en un departamento alquilado con sus hijos veinteañeros (Cristián y Nicole), maneja un par de créditos hipotecarios que se están arrendando. “No tengo apego a las cosas. Soy simple para vivir. Y si puedo diseñar una vejez, quiero que sea consecuente con esa simpleza”.

Cuando no está en su conocida actitud articulada de respuesta cuidada y baja la guardia, pareciera que estuviera despidiéndose. Pero aclara que es parte de su reseteo emocional. “He avanzado mucho en nutrirme y a conocerme en esta década de los 50, en que cambian muchas cosas”.

—¿Le pegó más fuerte que cruzar a los 40?

—No es eso. Soy muy agradecida de cumplir años. Y cuando llegué a los 50 empecé a planear qué tipo de vieja quiero ser.

—¿Planifica su senior suite?

—No. Partí con lo de mudarme al sur. Amo el frío y la lluvia. Soy sureña y muy provinciana (nació y creció en Temuco). Entonces, me gusta el silencio y la soledad.
Nueva pareja (tras su ruptura con Juan Fabri) no hay. “Estoy en un período de mucho goce interno. En una de las etapas en que me siento más bonita de mi vida, no sólo desde lo estético, sino que también de energías. El amor de la vida es una”. Ni hablar de abrir Tinder en el extranjero, pone cara de espanto. “Ya postulo a sacerdotisa de lo virgen que estoy”, bromea.

Su foco está en actualizar su best seller ¡Viva la diferencia! (2005), que recoge su análisis de lo distinto entre hombres y mujeres sobre la base de datos de Chile y Latinoamérica. “Es una investigación que partió en 1995, el siglo pasado”, explica sobre la necesidad de refrescar ese contenido y lanzarlo en noviembre.

“Con la aparición del Me Too, Ni una menos y esta resucitación fuerte del feminismo sentí que había que revisar el libro. Hay cosas de ¡Viva la diferencia! que han cambiado mucho”.

—¿Cómo ve a este nuevo país?

—Se ve una resignificación de los contenidos. Si hablo con gente sobre los 60 años todavía encuentran que ¡Viva la diferencia! es una Biblia. El tema cambió hacia abajo en edad. Todo lo distinto que se describe hoy está más mezclado. No se puede generalizar ni polarizar; si bien aún hay tendencias que se mantienen, cada vez hay más espacios de interconexión e intersección entre ambos géneros.

—En 2005 logró una conexión que transformó al libro en fenómeno. Ahora toca la ola feminista con esta actualización. ¿Teme quedar fuera de sintonía?

—Para nada. Voy a aportar lo que pueda a quien esté dispuesto a recibir la revisión. Está interesante en lo que son los desafíos masculinos en cuanto a este proceso. Hay un tema con desexualizar la relación hombre-mujer en lo público. Ahí está el mayor reto, porque antropológicamente las calles siempre le pertenecieron a los hombres y cuando las mujeres entramos, ellos todavía sintieron que eran los dueños.

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—¿Desexualizar la relación o el espacio?

—Desexualizar el contacto. Debe sexualizarse sólo cuando hay consenso. Que no exista esta sensación de que soy objeto de deseo o que el otro lo es para mí. Hay que aprender a mirar personas y no sexos. Sólo dejar la sexualización, erotismo, la conquista y seducción cuando haya consenso. Y es súper complicado desde la estructura de lo masculino, porque significa que pierden poder en esos espacios. Hoy deben estar desconcertados y no saben cómo moverse, pero son los costos propios de los avances y tendrán que bancársela. Pero para allá vamos: hacia una sociedad sin género, en la que valdremos como personas. Y de acuerdo a eso y nuestras capacidades nos pagarán sueldos, analizarán las isapres y todas las instituciones sociales.

—¿Dónde queda el poder del sexo? Hay lecturas feministas que rescatan el uso de éste por Marilyn Monroe.

—Así como los hombres tienen que entender que ya no conquistan por sexo ni por plata y deben desarrollar algo que las mujeres hemos hecho por siglos: ser encantadoras. Pienso que todas las reglas de poder para establecer pareja van a quedar caducas. Cualquiera que sean: hijos, sexo, dinero. Hay una rebelión para romper esos esquemas.

—En ¡Viva la diferencia! da valor a lo femenino —invita a las mujeres a bordar, a clases de cocina— y ahora hay una sanción a esos rasgos. ¿Cómo revisita ese punto?

—Eso tenía un fundamento absolutamente probado: que la ansiedad femenina se elimina a través de las falanges de los dedos. No es incompatible que una mujer quiera bordar o amasar pan y al mismo tiempo ejercite sus derechos por su independencia, autonomía e igualdad de sueldo.

—En el libro aseguraba que la mujer requería sentirse necesitada, ¿ese punto queda obsoleto?

—No, simplemente se intercambiaron las cosas. Hoy los hombres quieren sentirse necesitados y nosotras admiradas.

—¿Hay una hipersensibilidad en el movimiento?

—Esa hipersensibilidad va ir cediendo. Espero que esas conversaciones no se queden en la elite y se traspasen a todas las mujeres. No le tengo susto a la radicalización, es parte de la curva. La gente no es tonta: sabe con qué quedarse, qué toma y deja de lo que escucha.

—En la edición de 2005 le señalaba a las mujeres que todo se puede arreglar “con encanto y ternura”, ¿cómo se llega a una solución en 2018?

—Hablando directamente de lo que se necesita.

—¿El encanto y ternura para la casa?

—No. Pero ya no se necesita como mecanismo social. Hoy eso se acabó rotundamente.