Pilar Sordo firma y sonríe. Firma y vuelve a sonreír en un ritual que un extraterrestre bien podría confundir con un rito chamánico de traspaso de poderes, de energía.

Hace calor y su stand es lejos el más visitado de la Feria del Libro de Santiago. Estamos en 2017 y, además de un autógrafo, los lectores exigen una selfie junto a su escritor favorito. Un poco más allá, otro bestseller chileno –aunque no tan exitoso– se levanta de su improvisado escritorio para averiguar quién le robó la popularidad. Empinado detrás del gentío, observa a la sicóloga–autora y vuelve resignado a su lugar. Sus fans lo esperan.

La terapeuta, famosa por sus charlas motivacionales y masivo éxito en Latinoamérica, acaba de presentar el octavo libro de la saga más vendida de la literatura de autoayuda en habla hispana. Eso sí, ella prefiere hablar de textos “de investigación” y está convencida de que el aura conservadora que envuelve su trabajo es culpa de los prejuicios de quienes “no se molestan en preguntar”.

Y, claro, los estereotipos funcionan porque cuando responde que su pensamiento está más cerca del socialismo, descoloca al interlocutor que se atrevió a hacer la pregunta. ¿Qué le pasó a Pilar Sordo?

En esta conversación da pistas de este viraje que ella llama “un reflejo de mi propio crecimiento en un año muy doloroso”. Es también una historia de terapias y transformaciones espirituales, donde aparece como un protagonista importante su nuevo libro Educar para sentir, sentir para educar. Aquí habla de la urgencia de enseñar a niños y adolescentes el mundo de las emociones en una sociedad que las re y –paradoja– exige cada vez más competencias personales (empatía, liderazgo, trabajo en equipo) en la etapa laboral.

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“Nos preocupamos tanto de la excelencia académica que se nos olvidó la del alma. Los contratos de los colegios y de las universidades son para llorar de la risa: todos te dicen que entregan una formación integral, que quieren niños autónomos, libres, creativos. Y no pasa nada. Educar para sentir… es también una forma de pedir disculpas a nuestros niños sobreexigidos en esta supremacía de lo cognitivo por sobre lo emocional. Es mi humilde forma de pegarle un raspacacho a cada uno de los estamentos”, dice convencida.

—Su libro trata de los niños y jóvenes, ¿cómo ha sido 
criar a sus dos hijos?

—Un camino largo (Ríe y se tira para atrás). A ver (respira y se acomoda en el sillón). He cometido muchos errores, como cualquier mamá, pero estoy muy orgullosa de los hijos que tengo. Son dos muy buenas personas y es lo que más me importa. Con eso, siento que me puedo morir tranquila. Me da lo mismo si saben más o si saben menos. Probablemente, cada uno se va a equivocar en cosas que puedo intuir como mamá, pero me da lo mismo porque tienen las herramientas para pararse. Tienen la fortaleza, la valentía, son osados para experimentar la vida. Es algo que ellos tomaron de mi testimonio como ‘peregrina permanente’, que es como me gusta definirme.

—Explica que los niños actúan según lo que ven que sus padres hacen y no según lo que dicen.

—¡Claro! (Ríe), si no mis hijos serían perfectos.

—¿Y qué les ha mostrado usted?

—Creo que mi valentía, la honestidad conmigo misma. O sea, no mentirles y mostrarles algo que no es real. Lo otro tiene que ver con lo positivo, con el valor de la energía y su traspaso; con creer en la abundancia y en que las cosas siempre se resuelven, que hay un aprendizaje en este proceso.

—Plantea una idea de Rousseau, en el sentido de que el hombre nace bueno y la sociedad lo corrompe. También está lo de la pulsión de muerte de Freud.

—La sociedad quiere seres nobles, pero no los está educando para eso (…) Es cierto que tenemos una pulsión de muerte, pero hay otra pulsión de lo luminoso que necesita ser estimulada. En el libro planteo que hoy existen muchas cosas en nuestra cultura que atentan contra esta ‘pulsión de luz’. Por ejemplo, la tendencia a bloquear las emociones. Eso de que no nos podemos reír a carcajadas o no podamos llorar cuando queremos. Si una mujer –o cualquiera– llora, altiro le dicen que está frágil. La frase “no llores” es un clásico.

–¿Había antes en Chile más espacio para mostrar las emociones?

–Había más espacios… ¡porque había menos medicamentos! (Abre los ojos). No existía tanta industria que las mostrara (a las emociones) como un problema que hay que anestesiar. En América Latina hay una tendencia a idealizar el dolor como única fuente de crecimiento y esto es producto, en parte, de nuestra herencia judeo-cristiana. Es la idea de que todo nos tiene que costar porque si no es superficial. La gente se siente culpable por estar contenta y, si pasa por un periodo estable de bienestar, siente que debe pagar por ello. Todavía en Chile existe una frase que dice que si uno “ríe un martes, llora un viernes”.

—¿Cómo afecta a los niños y jóvenes no ver a sus padres reír a carcajadas? Usted hace una conexión con la drogadicción y el alcoholismo.

—Esta es una generación de niños, de adolescentes, que no ve a sus padres matarse de la risa ni tampoco llorar demasiado. Entonces, como no saben cómo producir un estado de euforia desde adentro, lo tienen que producir desde fuera… y para eso consumen algo. No hay carrete sin copete porque es éste el que produce el disfrute. Nuestra generación aprendió a reírse de la nada –lo que para un joven de hoy puede parecer perno– a diferencia de esta que necesita estar todo el tiempo arriba de la pelota.

—Somos el segundo país del OCDE con más suicidio juvenil, ¿tiene relación con la represión de las emociones?

—Al igual que el alcoholismo y la drogadicción, se trata de un fenómeno mucho más completo que no se pueden sólo explicar desde la visión que doy en el libro. Sería muy reduccionista analizarlo de ese modo. Tiene que ver con todo, por ejemplo, con la pérdida de sentido. Hoy siento que el gran desafío humano es buscar sentido; que para eso por lo que yo me levanto en la mañana, tenga sentido.

—Dice que el mundo laboral exige cada vez más competencias personales (no le gusta hablar de habilidades blandas), pero la educación parece ir en sentido contrario. ¿Prevé un colapso?

—No. Siento que lo que va a pasar –que no es algo que me agrade– es que las empresas se encargarán de nivelar lo que debiera ocurrir a nivel técnico profesional, universitario, escolar o familiar. Es lo que me pasa, por ejemplo, en las charlas de investigación de la felicidad que es la que más me piden y que tiene que ver con una necesidad empresarial de darse cuenta de que hay gente con déficit emocionales severos.

—La empresa puede usar esta debilidad de manera instrumental.

—Hay muchas empresas donde de verdad lo que les importa es que el empleado esté bien. Pero hay otras –y lo menciono en el libro– que me generan mucha molestia porque piden esa charla suponiendo que van a aumentar la productividad.

—Usted pone nombre a algunos estereotipos de personas que restringen emociones. El “cara de culo”, por ejemplo.

—Es que desde ahí se desprende el tema de la imposibilidad de la risa. Se sobrevalora al “cara de culo” como un ser intelectualmente superior, reflexivo, creíble, culto, hasta consistente. Versus el otro que puede andar muerto de la risa, que es súper optimista y positivo, pero que es considerado “livianito”, con poco contenido.

—También habla de nuestra sospecha del éxito.

—Se sospecha porque en Chile nos da mucha rabia la gente con fuerza de voluntad. El mejor ejemplo es cuando una mujer se pone a dieta y la campaña que se monta entre sus cercanos para que la rompa.

—¿Le ha tocado?

—Lo que a mí me da risa es esa cosa de los prejuicios y que, en mi caso, algunos asuman que soy millonaria. Me da risa porque vivo endeudada, justamente, porque no puedo tener auspiciadores. Si los tuviera, no podría contar lo que descubro libre y soberanamente.

—¿Y el prejuicio de…?

—¿De ser livianita?

—¿Le molesta?

—No, me da risa, porque son prejuicios que sólo existen en Chile.

—En 
la 
Feria
 del
 Libro 
de 
Buenos 
Aires,
 la 
novelista 
argentina
 Carolina 
Aguirre 
la 
acusó
 de
 ser
 “peligrosa”
 porque
 su
 discurso 
sería 
conservador,
“meteculpas”…

—…dijo que yo era machista, homofóbica… Fue un tuit y no tengo idea de quién es.

—¿Por qué la idea de que sus libros les gustan a los poderosos?

—En este libro aparecen varios poderosos hechos pedazos (dice y abre los ojos). Lo que pasa es que la gente no pregunta y entonces asume que, quizá, soy más conservadora de lo que soy.

—En el libro se autodefine como de pensamiento más socialista…

—Absolutamente. Con la derecha no me siento identificada casi con nada. No me parece que el crecimiento económico lo explique todo en la vida. Conozco el Chile real y tengo claro cuáles son las necesidades del país en términos concretos. De una forma u otra los estereotipos funcionan y porque tengo una carita como dulce, entonces la gente como que… no sé, a veces las cosas físicas pueden determinar.

—¿Cree que es su libro menos conservador?

—Hay otras cosas, además. Fue el libro más difícil de escribir y, de hecho, fue tema de terapia porque tuve que sacar a una Pilar Sordo que me cuesta mucho sacar y que es la Pilar Sordo enojada. Me cuesta mucho enojarme… y yo tenía que enojarme para escribir este libro. Tenía que enojarme con los papás, con las escuelas, con los ministerios, con los empresarios, con las universidades porque de otra forma no iba a tener el peso que yo quería que tuviera. En este libro hablo más, por ejemplo, de la adopción homoparental, de la identidad de género. Probablemente, ahora explicito un montón de cosas que he pensado toda mi vida y que, cuando la gente me las pregunta, siempre las aclaro. Pero no es más que eso.

—¿Le asusta mostrar una Pilar Sordo que muchos desconocen?

—No, porque me tendría que asustar de mí misma. Creo que es parte de la evolución de la vida y de cómo han ido cambiando las cosas. Además, el tema del libro ameritaba que tomara posturas o si no iba a quedar un libro merengoso. Y yo no soy merengue para nada en la vida. Educar para sentir… además requería un coraje distinto y creo que escribirlo en este año que ha sido muy doloroso para mí es, de alguna manera, reflejo de mi propio crecimiento.
Budas y cojines se reparten por el living del departamento que la sicóloga ocupa desde que en diciembre se separó de su segundo marido, Juan Fabri. El lugar es luminoso y la decoración mezcla elementos que se podrían entender como parte de la evolución personal que cuenta en esta entrevista. “He tenido un popurrí de dolores …Quizás el trance más difícil fue acompañar y la posterior pérdida de Oscar (Letelier, su pareja que murió de cáncer). Pero hasta el día de hoy creo que tuvo un sentido; que él llegó para transformar muchas cosas en mí y yo, para acompañarlo antes de irse”, dice y mira directo a los ojos.

Esa mañana aparece maquillada por una amiga y empinada en tacones sobre el piso marmolado del departamento. Coqueta, piropea al fotógrafo y posa con su nuevo título. “El más difícil de todos”, repite.

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—¿Cómo nacen los temas de sus libros?

—Para escribir me tiene que pasar algo en la guata. O sea, a nivel emocional. Y como los libros los financio pidiendo créditos bancarios, el tema me tiene que gustar tanto como para endeudarme (Ríe y se tira para atrás). Cuando se vende pago los créditos y me vuelvo a endeudar para comenzar otro. Así me la llevo.

—Oídos sordos lo escribió después de una crisis de estrés que la enfermó. Cambió sus hábitos, su dieta. ¿Sigue todavía el plan?

—Esa investigación la actualizo diariamente porque he sido súper estable en la alimentación, en tiempo para mí y en buscar espacios de silencio. Pero todavía fallo con el ejercicio físico. Aunque camino y me muevo todo el día, me falta constancia. En ese sentido, me declaro inconsecuente.

—Hay
 varios 
budas 
en 
su
 casa, 
cojines. 
¿Medita?

—Lo intento también. Estoy viviendo un proceso de transformación desde lo religioso –lo católico– a lo espiritual. Agarrando formas de crecimiento desde cualquier lugar que me haga sentido. ¿Sabes? Estoy muy entretenida conmigo misma y me estoy redescubriendo.

—¿Vivió algo en particular?

—Me separé en diciembre del año pasado. Ha sido un año súper duro, doloroso, pero también de los más hermosos de mi vida.

—¿Cómo es eso?

—Por primera vez me hice cargo de mí. Empecé con terapia, y si bien lo hice antes, ahora es muy estructurada. También me siento muy acompañada: pedí ayuda a personas maravillosas que menciono en el libro.

—¿Aprendió a estar sola?

—Ya lo había hecho. Lo que no había sentido es el disfrute conmigo porque siempre me autoexijo mucho. Soy obsesiva, impaciente, ansiosa.

—¿Con quién vive ahora?

—Con mi hija (Nicole) que está terminando el internado de fonoaudiología, tiene 23 años. Mi hijo (Cristián), de 26, trabaja en el sur.

—Es la segunda separación en su vida, ¿vivió un duelo?

—Creo que he estado todo el año en eso. Por lo mismo, quise entrar a terapia para revisar algunas cosas y entender otras.

—¿Qué aprendió, aparte de pasarlo bien con usted misma?

—A pedir, a recibir cuando se me entrega. También a tener una alegría sin causa. Siento que no necesito razones para estar contenta. Cumplí 52 años la semana pasada y estoy orgullosa del camino recorrido; muy agradecida de todo lo que me ha pasado.

—¿Está abierta a una nueva relación?

—En este momento estoy entendiendo que el amor de mi vida soy yo. Si aparece alguien que me quiera acompañar en este camino, genial.