Sólo hay gatos y esculturas en la mansión del hombre imaginario. Pero ahí está la casa de adobe, desafiando al tiempo, rodeada aún de los árboles imaginarios, en el valle imaginario, circundado de cerros imaginarios desde los que alguna vez escribió Nicanor Parra su más célebre antipoema. Claro que hoy el paisaje que alguna vez contempló está circundado por hileras de edificios corporativos y un cementerio que bordea buena parte de la Ciudad Empresarial. “Mira, aquí están las ‘irreparables grietas imaginarias’”, exclama Sofía Le Foulon, diseñadora y editora a cargo del libro y la exposición fotográfica Parra 100, que abrirá sus puertas a partir del 19 de agosto en el GAM para conmemorar el centenario del antipoeta y que, según cuentan, se mantiene perfecto gracias a sus sagradas dosis de ácido ascórbico y al descubrimiento realizado en 2010 por su nieto, Cristóbal Ugarte, de una maleta con cientos de  fotografías pertenecientes a su abuelo. “Desde que empezamos este trabajo él revivió. Antes casi no caminaba; le vino un lumbago y estuvo en cama seis meses. Yo pensaba que nunca más volvería a moverse y ahora está totalmente recuperado”, reconoce su nieto.  

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Estamos en una de las cuatro casas más importantes hoy de propiedad de Nicanor Parra. A unos metros, Cristóbal —más conocido como Tololo— se concentra en el lente de CARAS; se instala al borde del destartalado escarabajo azul que alguna vez fue de su abuelo y en el que solía jugar de niño. “Podía pasar horas aquí entreteniéndome”, recuerda el joven estudiante de arquitectura sobre las largas temporadas que pasó en ésta, una de las residencias fundamentales de Parra. Aquí él escribió El hombre imaginario y vivió un tortuoso amor con Ana María Molinare Vergara, hasta hace poco una de las mujeres más misteriosas y enigmáticas del antipoeta y cuya imagen se conocerá por primera vez en esta cronología ilustrada.

Las casas siempre fueron importantes para el hermano de Violeta. “Debe ser porque cuando niño vivió muchas precariedades. El siempre dice que sus abuelos eran pequeños-burgueses pero que la caída vino con la generación de sus padres —advierte Tololo—. Su papá murió a los cuarenta y tantos; era bohemio, bueno para el trago, jugador, solía perder sus empleos. Así vivieron un tiempo en Lautaro, al lado del río Cautín. Después volvieron a Chillán y se instalaron en el barrio de Villa Alegre, entre el cementerio y el ferrocarril; cada día él se trasladaba al Liceo de Chillán, que era muy tradicional, y que se ubicaba en uno de los barrios más pitucos; luego volvía a su casa, donde él y sus ocho hermanos andaban a pie pelado. Como era el mayor, fue el primero en tener zapatos”.

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De ahí —cree Tololo— que nació la obsesión de Parra “por tener un lugar donde caerse muerto”. De hecho, Sofía Le Foulon —que a todo esto es pareja de Pablo Ugarte, el padre de Tololo—, asegura que el antipoeta siempre se ha definido como un “albañil” más que un arquitecto. “Por eso uno de sus más famosos trabajos se llama Obra gruesa. El vive haciendo arreglos a sus casas, descontextualizando objetos, tiene todo un tema con la construcción”.

Hoy, cuatro continúan bajo su poder: la de Conchalí, donde transcurre esta entrevista; la de La Reina, donde vivió en los ’60, primero con Rosita Muñoz, con quien tuvo a su cuarto hijo, Ricardo Nicanor (y que apodó Chamaco); y luego con Nury Tuca, con quien luego tuvo  a Colombina y Juan de Dios; se suma la residencia de Isla Negra que adquirió a principios de los ’70 donde vivió tras su separación de Tuca; y su actual residencia en Las Cruces, donde este físico y matemático se apronta a cumplir sus 100 espléndidos años el 5 de septiembre. 

Fue en La Reina donde Tololo se encontró con su más importante hallazgo: una maleta con cientos de fotografías en las que se registraba la vida del antipoeta y que le permitió reconstruir en imágenes un espacio hasta entonces poblado por la imaginación y las palabras.

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Fue luego del terremoto del 27 de febrero de 2010 que el joven decidió ir a ver la casa donde Parra tenía almacenados buena parte de sus libros. Abrió la puerta y encontró cientos de volúmenes arrumbados en el suelo.

“Muchas veces había estado ahí, siempre mirando a ver qué había. Nunca vi la maleta. Pero detrás de la primera corrida de libros existían otras dos más ocultas, así es que apareció muy rápido. Fue impactante, estaba eufórico”.

Sofía recuerda cuando lo vio llegar con su descubrimiento. “Había que hacer algo con ese material, probablemente un libro”.

Entonces tuvieron que convencer a Nicanor. “Le llevé las fotos —recuerda Tololo—. A él le carga mostrarse. Si le decía oye, queremos hacer un álbum de tu vida…, ¡olvídate! Es pudoroso, en su casa no hay retratos suyos ni nada de él a la vista; tratándose de una figura pública, alguien podría pensar que es ‘creído’. Tampoco tuvo una relación con la fotografía, jamás tuvo una cámara”, comenta Tololo. “El promulgaba el no a la identidad, al yo, lo que se plasma al no querer retratarse —explica Sofía Le Foulon—. Por eso, casi todas esas fotos fueron tomadas por periodistas, fotógrafos, amigos, y él las fue almacenando”.

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Cuando Parra vio las imágenes se impresionó. Habían pasado por lo menos 50 años. “Todos eran momentos que él  tenía grabados en su mente, con lujo de detalles, recordaba incluso las casas, las direcciones. Todo”.

Fueron apareciendo amores, amigos, mujeres, viajes, la familia, cientos de historias escuchadas una y otra vez por Tololo. “Fue como leer un libro y después ver la película. Pero aquí la película es la realidad”.

Así, surgió la imagen de su primera mujer, Ana Troncoso, con quien se casó veintiañero y tuvo tres hijos. Una relación que duró hasta que partió dos años a estudiar a Brown, EE.UU., y luego a Oxford, Inglaterra, desde donde volvió con la sueca Inga Palmer, con quien vivió una década aunque la nórdica no le dejaría hijos. “Ella era la mujer más linda de Suecia”, le contó mil veces a su nieto y por fin lo constató a través de fotos. La relación duró hasta que llegó la escritora Sun Axelsson, con quien tuvo una tormentosa historia. “Ella vino a Chile sin previo aviso, a la casa donde Nicanor vivía con Inga. Fue la ruptura final, aunque el matrimonio ya estaba con problemas”, explica Sofía.

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También surgió la imagen exacta del poeta, capturada en 1969 por el gran fotógrafo Sergio Larraín y publicada por revista Paula que flechó a una jovencita rubia y hippie que no dudó en ir a conocer al poeta hasta su casa de La Reina. Era Nury Tuca, con quien Parra después se casaría y tendría a sus otros dos hijos: Juan de Dios y a Colombina, la madre de Tololo. “De repente una ‘rubia despampanante’ tocó mi puerta y preguntó por Nicanor Parra. Yo dije claro, usted habla con él…”, lo cita Tololo. Conversaron hasta que se hizo de noche. “Ahí mi abuelo le aseguró: lamentablemente no tengo pieza de huéspedes, a lo que ella contestó: no te preocupes, duermo acá en el sofá… Para él eso fue una locura. Se enamoraron y ella nunca más se fue de esa casa”.

Lo que no encontraron dentro del maletín fue la imagen —pero sí el recuerdo— de Ana María Molinare Vergara, la mujer imaginaria. Parra decidió darle por fin una dimensión real al enigma. “El se involucró de tal manera en este proyecto que ante la ausencia de su foto, muy misterioso abrió la billetera que lleva siempre dentro de su chaqueta y extrajo un pequeño retrato. Fue una prueba de confianza”, dice emocionada Sofía. Y Tololo agrega: “No la había mostrado, ni siquiera a mí, y eso que habíamos hablado muchas veces de ella”, asegura el joven sorprendido.

La de Nicanor y Ana María fue, como muchas, una relación difícil. “Era pituca, de muy buena familia, le decía que le podía perdonar que fuera roto, comunista, profesor, pero que jamás pasaría por alto que fuera Premio Nacional, o sea pobre. Por eso lo dejó”.  Añade Tololo: “Además era mujer casada, con dos hijos. Era un amor imposible y por eso mi abuelo se obsesionó. Ana María lo dejó y se fue a Estados Unidos a vivir a una secta”. Nicanor se sanó escribiendo El hombre imaginario y leyendo obsesivamente el Tao Te Ching. Cuando ella regresó, desequilibrada y depresiva, Nicanor era nuevamente feliz. ¿Por qué estás tan bien y yo tan mal?, le preguntó ella, desconcertada. Nicanor le ofreció los manifiestos de El hombre imaginario pero no los recibió. Terminaría suicidándose.

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Porque a Nicanor siempre le gustaron las mujeres atípicas, excéntricas, tanto guapas como difíciles. “En el fondo le interesan los desafíos —dice Tololo—. Podía ser la mujer más linda del mundo pero tenía que costarle. Para él ella debe ser inmanejable, una fierecilla domada, como suele repetir sobre el volumen de Shakespeare que de hecho está ahí, permanentemente sobre su escritorio”, cuenta Ugarte. Y Sofía agrega: “También cita siempre una carta de Portales donde alega por una famosa Señorita Z. De ahí él tomó la expresión de que la mujer es una Señorita Z, una mujer en busca de la conquista, de seducir al hombre”.

Aunque, por si las dudas y considerando que el antipoeta está a días de cumplir 100 años, Sofía aclara: “Pero ahora está retirado de las Señoritas Z. Su espacio hoy es el del anacoreta, que dice no a la familia, no a la mujer, no a los bienes materiales y no a la búsqueda de la fama. Supuestamente esto viene de las Leyes de Manu, el libro de los sabios hindúes que dice que son cuatro las edades del hombre: el neófito, que es el lector de las sagradas escrituras; el galán o fundador de familia; y el anacoreta, que se repliega cuando nace el primer nieto”. “¡Pero  eso fue como hace un montón de años!”, ríe Tololo que ya supera los 22. Y Sofía agrega: “Es que lo vive a su manera. A veces dice en broma anacoreta desde el fin de semana pasado…”, explica sobre la conocida fama de conquistador del antipoeta. De hecho, una de sus últimas mujeres conocidas fue la chilena Andrea Lodeiro, una belleza de ojos felinos que él conoció cuando tenía 78 años y ella 20. Hoy, sin embargo, Nicanor estaría en su cuarto estado: el de la mariposa resplandeciente.

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Aunque no fueron los amores y ni el tenaz recuerdo de las mujeres lo que convenció a Nicanor de publicar los registros de su historia. Fue la evocación familiar, la de su madre —quien al enviudar debió hacerse cargo de sus nueve hijos—, y la nostalgia por su propia descendencia lo que detonó el impulso por preservar su memoria. “Eso fue lo fundamental —reconoce Tololo—. Cuando vio una foto de él con Colombina y Juan de Dios chicos, dijo: esto hay que digitalizarlo, hay que hacer un libro”.

Tololo y Sofía creen que puede haber sido la culpa, tal vez la necesidad de demostrar que fue un buen padre, el verdadero motivo. “El se fue a los 29 años a estudiar a Brown, EE.UU. y tuvo que dejar acá a los tres hijos de su primer matrimonio con Ana Troncoso (Catalina, Francisca y Alberto). “Para ellos fueron cuatro años sin un papá, y eso generó una distancia. Pero era la realidad de la época, tenía que hacerlo —justifica Cristóbal—. Por eso él siente que hoy no tiene tanta cercanía con todos sus hijos; no los ve tanto como quisiera, y al encontrarse esa fotografía con Colombina y Barraco chicos (de su posterior matrimonio con Nury Tuca) recordó la sensación de haber estado con estos niños a quienes considera sus guaguas. Entonces hay nostalgia, pero también el querer mostrar una prueba de que fue un buen papá. Eso es lo que busca este proyecto: un pasaje al lado íntimo, un viaje por la familia, su casa; sentir, a través de todas estas fotografías, a la persona más que al poeta, al hombre antes que al genio”.

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El proyecto, acogido a la Ley de Donaciones Culturales, con el patrocinio de la Corporación Patrimonio Cultural de Chile y el apoyo de la Compañía Minera Doña Inés de Collahuasi, será un recorrido por el Parra íntimo. Uno que, esta vez y como nunca, no tuvo secretos.