La reina alfa es la mujer evolucionada, el tercer eslabón de una cadena que comenzó con las abuelas que esperaban hasta las tantas a sus maridos con el arroz y el bistec servidos en la mesa y siguió con la mujer que irrumpió con fuerza en el mundo laboral  post-década del ’70. La reina alfa es autónoma, independiente, empoderada, segura de sí misma, con carácter.

Son las 5 de la tarde de un lunes de marzo y al frente mío tengo a una reina alfa. Estoy en el Quínoa, un restorán frecuentado mayoritariamente por mujeres que no necesariamente son reinas alfas. Lenka Carvallo está enfundada en una chaqueta de cuero —casi estilo James Dean— y lleva un par de minutos esperando. Son buenos días para ella: Descolocados, su segundo libro, acaba de salir al mercado.

—¿Por qué un libro para desmenuzar el precario estado en el que parece estar el hombre moderno?
—Desde que escribí mi primer libro, Desencantadas…, que hablaba sobre lo que ocurría con las mujeres una vez que se separaban, quedé con las ganas de saber lo que les sucedía a ustedes. Sentía que habían sido injustamente tratados; estaba de algún modo en deuda y quería pagar mi culpa. Pero a medida que fui investigando me encontré con una realidad más profunda, en donde la separación era el síntoma de una sociedad nueva, que a su vez era causa de que las mujeres hubiésemos cambiado: no sólo empezamos a trabajar, nos habíamos empoderado, nos volvimos dueñas de nuestros cuerpos, autónomas económicamente, y decidimos no seguir con el matrimonio cuando no lo pasábamos bien. Pero de tanto pararnos de igual a igual nos convertimos en los nuevos hombres y eso terminó por descolocarlos.

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Descolocados habla, en 152 páginas, del naufragio en el que ha caído la masculinidad fruto de la irrupción de lo que Lenka ha rotulado como las reinas alfas, y de cómo los hombres han tratado de sobrevivir intentando encontrar un discurso, una identidad, una vez derrumbado el icono del macho latino, y todos los que han venido después.

“Siempre les dijeron que los hombres se visten de azul y no de rosado, que les gustaban las niñitas y no los hombres. Pero hoy la realidad es más ambigua. Les dijeron también que los hombres no lloran, pero hoy las mujeres quieren a un hombre que muestre sus emociones. El hombre no puede reivindicar hoy al macho latino, porque es políticamente incorrecto, como declararse neonazi o dueño de una universidad privada; tampoco al cowboy, menos después de Secretos en la montaña. Ya no es el vividor bueno para el trago, porque hace mal para la salud. Y el guatón parrillero no la tiene fácil, debe cuidar la forma y más encima su mujer le exige estar más tiempo con ella. Entonces, el hombre está muy desorientado”, explica Lenka.

Con todo, no se puede decir que el hombre no lo ha intentado. Ha sido metrosexual, ubersexual —aquel que se preocupa por estar bien física y sexualmente—, retrosexual (rudos, de look desgreñado), leñador style y, por último, nuevo salvaje. “El macho sauvage es un hombre que suele usar barba larga, que aparenta rudeza, pero que en el fondo no es más que una apuesta estética, ya que quienes cultivan ese look pertenecen a mundos muy delicados como la arquitectura, el diseño, la fotografía. Es la última tendencia. Es cosa de mirar las páginas de vida social”, agrega.

Con todo, el hombre no consigue llegar a puerto. Y  la mujer tampoco le ayuda mucho. Ahora exige como nunca había exigido, desde la cama hasta la expresión de sus emociones. Pero ella tampoco está demasiado clara respecto de lo que quiere.

“Es que no terminamos de ponernos de acuerdo respecto de qué preferimos, si el hombre rudo o el sensible. En la confusión nuestra también influye el ciclo hormonal: en los días normales queremos al hombre moderno, perfumado, que nos ayude con las tareas de la casa, nos atienda y escuche. Pero en los fértiles ardemos por el troglodita, el macho bien bruto y ardiente que nos haga el amor contra la muralla. Además, nos hemos dado cuenta de que el emocional, ese que tanto reclamamos en su momento, el que es capaz de llorar en el cine, nos toma mucho trabajo. Claro, tienes que brindarle contención y estamos tan atareadas con nuestras cosas que no tenemos tiempo para eso”, detalla.

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La paradoja de todo es que tras esta revolución de la mujer que ha alterado el estado de las cosas y que le ha valido un nuevo estatus en la sociedad, el escenario no es un paraíso para ellas. “No es que nos arrepintamos de lo que hemos hecho y conseguido, pero hay algo que no ha salido tan bien, ya que en el intento por igualarnos a los hombres —en el plano laboral, en el sexual, en el ocio— hemos terminado distanciándonos de ellos”.

El asunto no sólo queda ahí. Hay muchos que se han hastiado de esta mujer tan autosuficiente y poco delicada, que puede competir de igual a igual con cualquiera, que llega a ser intimidante.

“Ricardo Pommer, director de la Sociedad Chilena de Ginecología y Obstetricia, me contaba que hasta su consulta llegaban muchos hombres a ligarse conductos y a congelar espermios porque no les interesaba tener vínculos afectivos con una mujer. Así, si el día de mañana querían tener un hijo, lo iban a hacer pagando por un óvulo fresco, a través de inseminación artificial, con un vientre de alquiler. Y eso es bien elocuente”, comenta la periodista-escritora.

—¿Qué nos depara el futuro?
—La revolución femenina ha sido una herida abierta para los dos. Quiero pensar que hombres y mujeres podemos ser más amigos, complementarios. Que no vamos a tomar el camino de la autonomía, el de las agendas separadas, donde los hombres van a optar por hacer familia solos, y las mujeres harán otro tanto, donde solo nos vamos a juntar para tener sexo y luego chao, si te he visto no me acuerdo. Siento que todos creemos en el amor y que eso de alguna manera va a terminar por orientarnos.

Si lo dice una reina alfa, habrá que apostar por ello.

Adelanto descolocados: Eva y las lágrimas de Adán 

En este nuevo deber ser, los hombres no han sabido calibrar. Van de un lado a otro, al mismo tiempo que intentan confeccionarse una nueva identidad. Abrieron sus emociones y muchas veces se preguntan para qué, si al final el único que los atiende es el psicólogo a cambio de un buen cheque a la semana.

«El hombre está mucho más acorralado que la mujer —me dijo el sociólogo José Olavarría—. Si quieres trabajar menos horas para estar con tus hijos te echan de la pega; le cuentas a tu amigo que con tu mujer ya no pasa nada y él va y se tira a tu mujer».

Tampoco las mujeres se sienten muy cómodas frente a esta criatura que ellas mismas crearon. Despertaron al elefante que dormía en la cristalería y ahora las astillas están por todos lados. Hombres que lloran, que se quejan, que exigen, que de pronto salen con cosas como «tenemos que hablar», que quieren ser escuchados y no ignorados por sus parejas. Que tienen horror a salir heridos. Hombres que huyen cuando se sienten vulnerables. Curioso, la transformación de los machos fue tan potente que tampoco las mujeres saben qué hacer, el asunto las supera.

Eva creó de su costilla a un nuevo hombre y parece que ya no lo tolera tanto. Se cansó de este ser que algunas veces es frágil, inseguro, tan emocional. Un hombre que además es imposible de predecir y, sobre todo, de controlar. La mujer de hoy es potente y quiere a un hombre igual. Pero entretanto —e impulsados por sus parejas—, ellos cambiaron y ahora también quieren que los contengan, sentirse apoyados. Pero se encuentran con mujeres que no los entienden, que están demasiado ocupadas y hasta les hacen la desconocida.

Como esta letra de la británica Amy Winehouse:

Tú deberías ser más fuerte que yo, has estado aquí siete años más que yo… ¿No se supone que tú debieras ser el hombre? 

Siempre tengo que consolarte… pero eso es lo que preciso que tú hagas… ¡acaríciame el cabello!

Todo lo que quiero es que mi hombre cumpla su rol.

Confundidos, llenos de dudas, han empezado a invadir las consultas de los psicólogos.

«Estamos tratando de mostrar fragilidad y nos está saliendo caro; parece que no nos vuelve muy atractivos —me dijo el psicólogo Francisco Pérez Denney—. Me ha tocado harto ver casos de hombres castigados por sus parejas por mostrarse más débiles. La mujer ya no sabe cuidar, no sabe proteger ni contener a este nuevo hombre. No tienen idea cuándo les estamos contando algo o cuándo necesitamos protección. Hay poca visión del otro, una cierta ceguera».

Es verdad. Si algo caracteriza a esta nueva era es que ya nadie se encuentra muy dispuesto a escuchar y menos a perder el tiempo con los asuntos de otro, algo que corre tanto para hombres como para mujeres.

«Estamos probando, expresando nuestras emociones y nos encontramos con mujeres que dicen “ay, tan sensible, ¡si parece mina!”. Perdón, pero ¿es lo que ustedes querían o no?», fue la respuesta de Marcelo, indignado dueño de una tienda de diseño.

Es como si las mujeres ahora desconocieran el resultado de una exigencia que ellas mismas plantearon. ¿No es insólito? Justo cuando los hombres al fin empiezan a abrirse, a decir lo que les pasa, lo único que consiguen de vuelta es el eco. Ecoo. Ecooo. La Reina Alfa está demasiado concentrada en su trabajo, en tratar de cumplir con todo (tanto en su propia vida como con las reglas del mercado, especialmente en ser exitosa), que ya no tiene tiempo. O peor: ni siquiera tiene ganas y hasta empiezan a molestarle las exigencias de este nuevo macho sensible. A lo mejor no quiere escucharlo, no le conviene.

«¿Qué pasó, se cayó la Bolsa o algo así?», le contestó su mujer a uno de mis entrevistados cuando él se encontraba pálido de la pura pena.

«¡Ya basta con tus problemas, yo también tengo los míos!», fue el remezón que sacudió a Jorge. Lo peor es que se lo dijo una mujer con la que estaba recién saliendo.

«Cómo, ¿otra vez te duele la cabeza? ¡O sea que hoy día tampoco vamos a poder tirar!», fue la respuesta de Elisa a su esposo porque desde hacía un tiempo lo único que él quería cada vez que llegaba a la casa era comer y meterse a la cama. Claro, estaba deprimido.

Así, cada día los hombres se encuentran con mujeres que ya no los entienden, que no los escuchan. Mujeres que a todo esto también están cansadas, que tienen bastante con su propia vida para más encima tener que empezar a hacerse cargo de los asuntos de «otros», aunque esos «otros» sean el marido o el hombre con el que pretenden casarse.

El abandono es total.

«Los hombres hoy quieren establecer relaciones mucho más emocionales —me dijo la psicóloga Raffaella di Girolamo, quien de estos casos ha visto varios en su consulta—. Ellos quieren hacer cariño, contener al hijo cuando llora; entran en un espacio mucho más femenino. Pero el conflicto viene cuando se dan cuenta de que su patrón no es su padre ni su madre sino un ideal: “Doy cariño, soy rudo, soy macho, soy mamá, sostengo, contengo”. Entonces llegan a la consulta y dicen: “¡No sé lo que me pasa! No sé lo que siento, no sé si tengo rabia, si estoy frustrado, solo sé que tengo la autoestima por el suelo, que estoy cansado y no entiendo por qué”. Ahí les doy permiso para rebelarse, para salir con los amigos, acostarse temprano y a sus mujeres les queda la escoba porque ellos ya no están bajo su jurisdicción. Obvio que después ellas vienen a verme, desesperadas porque ya no les funciona el libreto, porque perdieron el control. Ahí las mando de vuelta con una tarea: tres veces a la semana espere al marido con la comida, el pisco sour y dos velas, porque eso a él le encanta. El hombre necesita una mujer que lo escuche».

—Que lo escuche, ¿y que también lo atienda como lo hacían las mujeres de antes?

La respuesta de Raffaella debiera quedar grabada en tinta: «El hombre no se enamora solo porque tiene buen sexo, sino cuando se siente escuchado, deseado y admirado por una mujer que lo puede sostener, que lo cuida. Pero si ella es muy potente, él se asusta. El hombre busca siempre el control y hay que dárselo; solo así desea».

Las palabras de Raffaella me hicieron sentido. Si algo importante han perdido los hombres es precisamente el poder. Si antes ellos controlaban todas las esferas de la vida familiar y social, hoy no es así: puede que se encuentren por ahí con una mujer igual de potente, que venga decidida a disputarles su lugar, que hasta podría desplazarlos, y eso les mata inmediatamente el ego y también el deseo. Les gustan las mujeres independientes porque los dejan ser y tienen su propia vida, buscan controlarlas; pero una vez que lo logran y piensan en construir una familia, siguen partiendo de la base que ellos debieran monopolizar la escena. Ser los reyes. Pero si ella también es dominante, se anulan, no saben qué hacer, o se vuelven infieles, o salen corriendo… O todas las anteriores. Por eso no hay que pasar por alto las palabras de Raffaella:  “El hombre busca el control, sólo así desea”. Pero cuando es al revés todo se confunde y empiezan los problemas.