“El escritor es hijo de su experiencia. Un escritor sin experiencia es un ente inconcebible”, dijo Manuel Rojas luego de lanzar en 1936 su tercera novela, La ciudad de los césares, donde un grupo de jóvenes busca y encuentra una ciudad mítica del cono sur. Para Rojas, la ficción parecía ser una especie de pecado. El mismo se travestía con el héroe de Hijo de ladrón, Aniceto Hevia, un argentino-chileno errante, hijo del día a día, que hablaba de un viaje muy similar al que el escritor emprendió a sus 16 años, cuando partió desde Mendoza a pie, cruzó la cordillera y llegó a Santiago.

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En un Chile donde las contradicciones eran aún más agudas que las que se ven hoy, en un mundo donde el fascismo era una alternativa, el anarquismo respondía con ganas. En España, los republicanos peleaban la guerra civil y en Latinoamérica, sus representantes habitaban la intelectualidad. Rojas dedicó su literatura a héroes cuyos valores residían en lo marginal. En Lanchas en la bahía, su primera novela publicada en 1932 y hoy reeditada por Tajamar Editores, está el germen de lo que representaría su literatura: Eugenio es un joven que vive en Valparaíso. Trabaja de nochero. De su origen, poco se sabe. Sus amigos son otros hombres del puerto que valoran el trabajo no como una forma de enriquecerse, sino como un medio para crear lazos con otros que son como ellos. No tienen planes a largo plazo porque no tienen nada. Se enamoran de prostitutas que son tan pobres como ellos; y que, como ellos, valen lo que valen sus cuerpos.

En Manuel Rojas está un realismo alejado del criollismo, uno que se hizo cargo de los personajes que hasta ese momento en la historia nacional, no figuraban en el primer plano de la foto, sino en otro mucho más lejano, al fondo, junto al montón. Manuel Rojas habló desde este lugar, junto a otros como Carlos Droguett o José Santos González Vera, y le dio profundidad al que era considerado roto. Sin embargo, Rojas no negó esta rotura: En Hijo de ladrón, Aniceto Hevia sufre de una herida en su pulmón, una lesión metafísica de la que habla en uno de los apartados de la novela dando paso también a la fragmentación y a la corriente de la conciencia. Lo interesante de Rojas, y una de las razones por la cual sus textos tienen sentido hoy es eso: dibuja al pobre como un personaje fragmentado y errático, sin otro lugar donde estar que no sea todo el mundo. Y además, lo sitúa lejos del salvajismo o de la incivilidad. Los rotos de Manuel Rojas reconocen la herida y hablan desde ella de compañerismo, sindicalismo, anarquía y revolución.