“En la literatura como en la vida: en la cancha se ven los gallos” responde Luis Sepúlveda cuando se le pregunta sobre sus detractores nacionales, que en general miran en menos su prolífica obra, que ha actuado como suerte de postal del sur chileno y para cierta parte de la crítica, en el continuador natural de la obra de Francisco Coloane. Apenas le planteamos eso, es tajante su respuesta: “Coloane es muy grande, Coloane es único e inigualable. Disfruté de su amistad y afecto, fue mi maestro, y pongo todo mi empeño en que no dejen de leerlo”.

El autor vuelve a su tierra esta vez como invitado del festival Puerto de Ideas, que se realizará en Valparaíso desde el 6 al 8 de noviembre. En el evento participará en una charla junto al librero Juan Carlos Fau. Además, su conocida fábula Historia de una gaviota y el gato que le enseñó a volar será representada por las actrices María Izquierdo y Elvira López y también presentará la exposición de su gran amigo, el fotógrafo Daniel Mordzinski, cuyas fotos aquí reproducimos.

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Sepúlveda nos contesta desde Gijón, una ciudad asturiana al norte de España y frente al mar Cantábrico donde vive hace largos años. Allí tiene una casa algo alejada de la ciudad, separada del centro por tan solo una caminata de media hora junto al mar. “Me gusta este lugar al que llegamos mi esposa y yo hace ya casi veinte años luego de vivir entre Suecia, Alemania y Francia buscando un rincón de nuestra propia lengua. Me gusta porque ya soy parte del inventario, puedo hablar en castellano o en asturiano sin que nadie me pregunte de dónde soy o cuándo me iré”, cuenta.  En Gijón vive junto a su esposa, la poetisa Carmen Yáñez. Sus hijos ya son adultos e independientes y están repartidos entre Suecia, Alemania, Ecuador y Estados Unidos. Ahora se preocupa de mantener un hogar al que regresan sus hijos y nietos en verano.

Desde España Sepúlveda (66) cuestiona duramente cómo ha sido manejado el país durante las últimas décadas.“No me simpatiza ese Chile en manos del mercado. No puedo estar de acuerdo por una cuestión elemental de ética, que un puñado de grupos económicos sean dueños del mar, del agua, de los caminos, de las posibilidades energéticas. Veo con alarma la desinformación, el deterioro moral de las instituciones, la negación sistemática del desamparo de los mapuches y el racismo de todas las respuestas a sus reivindicaciones. No puedo estar de acuerdo con pensiones de miseria y que se especule con estos fondos, con la educación liberalizada hasta el extremo perverso del negocio o con la salud considerada un privilegio. Sigo creyendo firmemente que otro Chile es posible”, sostiene.

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Quizás en parte por el reconocimiento internacional de obras como Un viejo que leía novelas de amor y la lejanía física con el país fueron tejiendo una resistencia “intelectual” a su trabajo, dejándole el doble vinculante mote de “escritor comercial”. “Alguna vez he escuchado esa opinión, pero no de mis pares, ya que soy muy selectivo respecto de quienes son mis pares. ¿Qué puedo decir a los que opinan así? Escriban un best seller y más aún, un long seller y verán que tener millones de lectores en muchos idiomas es una gran satisfacción”, plantea con orgullo.

Antes de viajar a Valparaíso, Sepúlveda nos adelanta que está corrigiendo su nueva novela y “tirando líneas para un documental que haré el próximo año para el canal de TV franco-alemán ARTE, y algunas otras cosas que avanzan lentamente. Trabajo todos los días de manera bastante disciplinada”.

—¿Cree que muchos extranjeros se motivan a conocer la Patagonia después de leerle?
—No. Aceptar eso sería de una vanidad imperdonable y entre mis defectos no se encuentra la vanidad. Si algunos de mis lectores, luego de leer un libro mío sienten la invitación de la Patagonia, eso me parece fantástico. Simplemente soy un escritor que trata de contar sus historias de la mejor manera posible. La gente que me conoce, mis lectores, saben que cuando hablo de Chile  y de sus gentes lo hago con una pasión similar a la que empleo cuando me refiero a lo que no me gusta de Chile.

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—¿Cómo es hoy su relación con el país?
—Desde mi punto de vista la relación es buena, pero con esa parte del país con la que considero importante mantener una buena relación. Voy todos los años, pasó por Santiago y me largo al sur, a mi casa en Pelluco, una bahía cerca de Puerto Montt y allá mantengo estupendas relaciones con la espléndida gente del lugar, y me muevo y viajo por esos territorios salpicados de ríos, lagos, montes, bosques, fiordos, islas que para mí son los lugares en los que cargo las pilas. Es cierto que no suelo participar del mundo literario santiaguino, pero no es por ser huraño o vanidoso. Mis lectoras y lectores saben, porque me siguen por las redes sociales, que si hay que ir a una escuela y puedo, voy, que si hay que ir a un sindicato y puedo, voy. Tengo grandes amigas y amigos escritores en Chile y los veo cada vez que puedo y los leo con placer, pero soy tremendamente selectivo con los que considero mis cercanos. No soporto a la gente que habla mal de los demás y peor aún si no están presentes. Siempre he sostenido que, como escritor, si me gusta un libro lo comento y lo recomiendo, pero si no me gusta, entonces silencio, porque respeto el trabajo de ese o esa colega, aunque su libro no me guste.