“En muchos aspectos hemos reemplazado el sexo por la comida. El sexo se ha vuelto demasiado accesible. Estamos aburridos, y la comida es ahora lo prohibido”, dice Lionel Shriver, escritora estadounidense. Su último libro, Big Brother, habla de eso. De la doble moral de una sociedad que rinde culto al cuerpo y a la vez se compone de aquello que lo destruye: la comida rápida y chatarra, lo inmediato y desechable.

Big Brother (Anagrama), trata sobre Pandora, una profesional que debe hacerse cargo de su hermano Edison, un músico de jazz de medio pelo. Pero en el reencuentro, lo que ve no es a su hermano sino un cuerpo enorme y mórbido que se lo ha comido. Lo que comienza como una breve temporada familiar pasará a ser una tarea personal de Pandora para sanar a su hermano de su gordura y su depresión.

Se ha dicho que Shriver busca retratar a las familias disfuncionales. En el libro, el cuerpo del obeso mórbido se enfrenta al del marido ciclista y fanático de la vida sana. Se ha dicho de la autora también que es “perversa”, y quizás hay algo de eso con su tratamiento sobre los cuerpos. Existe un dilema con los cuerpos obesos, cuerpos que pese a ser tan parte del mercado como las modelos delgadas y los hombres atléticos, son invisibilizados mediáticamente y también comercialmente: se vuelven ciudadanos con necesidades especiales. Incluso en la literatura, los cuerpos parecen ser en su mayoría acordes a la norma, o así los imaginamos a menos que se indique lo contrario. Así como cuando apareció lo queer con un discurso LGBT que partía desde la disidencia y no desde la homogenización, hoy los cuerpos gordos ofrecen esa misma alternativa. ¿Por qué negarlos desde la medicina, desde la salud y no aceptarlos como una de las realidades posibles del mercado?

El gran hermano en este caso presenta esta visión desde la desidia: su gordura es tanta que ni siquiera piensa en corregirla. Se dice de él que así como pensó triunfar en grande, fracasa ahora de la misma manera. Y mientras las razones de la gordura se revelan de a poco en un ambiente cargado del olor a grasa que se cuela desde la cocina, su cuerpo se hace problemático por evidenciar la realidad paralela de un sistema donde la gente no sabe cómo saciarse. El mismo espacio de libertades infinitas que rinde culto al cuerpo y a su conservación presenta también su otra cara, la del exceso. Pero así como ocurre con los residuos del mercado, se ocultan tras las luces del espectáculo para así negar el vínculo. He ahí lo interesante de Shriver, su movimiento es lanzar luz sobre la miseria que nadie quiere ver.